El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 13. Ni por todo el oro del mundo
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CAPÍTULO 13. Ni por todo el oro del mundo

A rgentis se encontraba delante del árbol que había frente a la casa de Beril.

Llevaba un vestido blanco con encajes e incrustaciones de plata. Era de corte sencillo, dejando al descubierto en parte su espalda inmaculada. Los zapatos de tacón que vestía para aquella ocasión la hacían parecer casi igual de alta que él.

El vestido la hacía brillar con luz propia bajo los destellos de la cúpula de Alasdain.

*

En el recibidor del salón, el Namak vestido con un elegante traje reluciente daba la bienvenida a los que iban llegando al evento.

Beril lo saludó silenciosamente con una inclinación de cabeza y dejó que Argentis lo guiara entre la gente.

El salón se encontraba en el lateral de la casa donde residía el Namak. Estaba lleno de plantas y flores que trepaban por las paredes y estantes, colgaban incluso del techo, ofreciendo aromas increíbles al pasar. Todo estaba lleno de vivos colores gracias a las flores recién colocadas.

Beril tuvo la impresión de estar en un lugar mágico.

No podía dejar de observarlo todo. Las mesas estaban dispuestas con innumerables bandejas repletas de pequeños bocaditos de colores y sabores extravagantes.

—Las bebidas son a base de fruta y licor, ten cuidado con ellas —dijo Argentis riendo entre dientes—. Más de uno sale siempre tambaleándose.

Beril rio con ella. En ese momento encontraron a lo lejos a Quarzo y a Opal que hablaban con un grupo de gente que él conocía de vista gracias a la noche en el círculo.

Cuando se acercaron lo presentaron.

—Él es Galium —dijo Argentis señalando a uno de ellos mientras se acercaban—, y ella se llama Sélica.

La joven frente a él era delgada y muy alta, con el cabello negro que le descendía ordenadamente a lo largo de su figura hasta casi su cintura. Lo miraba con unos profundos ojos rasgados llenos de curiosidad.

—Estuvimos en su grupo en la primera misión, son del tercer nivel.

Los saludó con una sonrisa y una leve inclinación de la cabeza.

Llegó otro hombre también joven que saludó a Galium y a Sélica.

Miró brevemente y con desinterés a Beril y después fijó toda su atención en Argentis.

—Espero que bailes conmigo esta noche —dijo, más afirmando que preguntando.

—Beril, él es Ax... Es... un amigo de mi hermana.

—También soy un fiel admirador tuyo —dijo sin dejar de mirarla.

—Sí, claro —dijo Argentis con sonrisa nerviosa.

—No tenía idea de que se bailara en esta fiesta —dijo Beril cambiando de tema.

—No te preocupes, no es necesario bailar. Yo lo odio —respondió alguien desde detrás de Beril.

Aramen apareció de entre la gente sin previo aviso con su andar despreocupado enfundado en un traje demasiado serio y algo estrecho para él. A Beril le sorprendió lo cambiado que estaba sin la media barba habitual y vestido elegantemente. Aramen no era amigo de formalidades.

Olivin apareció poco después.

—Beril, ¿me acompañarías a por algo de beber? Tengo una sed horrible... —dijo cogiéndolo del brazo sin dejarle alternativa.

Argentis la miró algo molesta, pero no se atrevió a decir nada.

Cuando se acercaron a la mesa donde estaban las bebidas Beril sirvió dos copas y pasó una a Olivin.

—Odio las multitudes —dijo ella exasperada.

—Ya somos dos.

Beril hizo chocar los cristales mientras la miraba y apuró su copa de un solo trago. Olivin rio y lo imitó.

Observaron cómo los salones se llenaban de gente joven y no tan joven, todos vestidos con elegantes vestidos y trajes.

Habría cientos de personas en la fiesta cuando Eilean llamó la atención de los asistentes.

—Queridos amigos —comenzó—, estamos aquí de nuevo para celebrar, juntos una vez más, el aniversario de la creación de esta compañía que ha salvado a millones de personas a lo largo de su historia.

La gente aplaudió las palabras de Eilean.

—Este año es el quinto centenario desde que el primer maestro Namak vio que había personas con ciertas habilidades destinadas a ayudar a los demás.

Los reunió y les dio un objetivo que desde entonces seguimos por encima de cualquier coste y sacrificio.

Proteger nuestra tierra, servir y ayudar a las personas.

Él abrió un pasadizo en la impenetrable roca, un material que nadie más en la historia ha conseguido tallar.

Y nos guio a la que hoy es… nuestra casa. Alasdain.

Se paró y cogió una copa que alguien le ofrecía, levantándola sobre su cabeza en dirección a sus oyentes.

—Y hoy quería deciros, que brindo por cada uno de vosotros: por vuestro empeño y sacrificio que hace que Alasdain continúe siendo lo que es. Así que, de nuevo, gracias.

Cada uno de los presentes alzó la copa, también Beril y Olivin.

A lo lejos, en una esquina de la sala vislumbró a Argentis, acompañada por un rubio alto y bien parecido. Se encontraba bajo una lámpara de velas con lágrimas de cristal cuyo reflejo emitía luces doradas sobre su vestido, sobre su pelo y su piel.

Ella le devolvió la mirada y levantó ligeramente la copa en su dirección.

Él la imitó y se volvió hacia Olivin.

—¿Quién es el tipo que la acompaña? —le preguntó señalando ligeramente con la cabeza hacia donde había visto a Argentis.

—¿A quién? —preguntó Olivin.

Beril miró de nuevo hacia la esquina. Argentis y su acompañante ya no estaban allí.

Al poco rato comenzó la música y bastantes parejas se dirigieron a la pista de baile.

Vio a Argentis pasar con Ax, el joven que le había pedido el baile al inicio de la fiesta.

Aparecieron Aramen, Quarzo y Uvarovi.

—¿Os divertís, tortolitos? —preguntó el primero.

Olivin se sonrojó de la cabeza a los pies. Miró a Beril, quien no le devolvió la mirada, fingiéndose absorto en dos parejas que habían chocado sobre la pista.

—Me encanta esta música. ¿Quieres bailar conmigo, Aramen? —dijo ella, dirigiéndose directamente al saco de músculos oscuros apretados en el traje de su amigo y extendiendo una mano hacia él.

Este la miró con una mirada gélida y despectiva que no parecía la suya.

—Ni por todo el oro del mundo.

Ella apartó la mano, lo miró con la cabeza ladeada y los ojos empequeñecidos y se dio media vuelta, alejándose.

Aramen se volvió hacia Beril, que lo miraba sorprendido por el tono de la contestación.

—No me mires así. No encuentro ningún motivo que me tiente a un pasatiempo tan estúpido como el baile.

La rabia con la que dijo aquella frase se contrarrestaba con la intranquilidad de su expresión perdida en el infinito.

—Pero podías haber sido más amable de todas formas —le recriminó Beril.

—No hace falta que me des una lección. Para Don Amable ya te tenemos a ti —le soltó.

Pocos segundos más tarde vieron a Olivin con Galium dirigiéndose juntos hacia el centro de la sala. Olivin bailaba con soltura.

Aramen se escabulló en dirección contraria sin decir nada.

—También yo adoro esta música —dijo Uvarovi, incómoda por la situación.

—No te importará que te dejemos solo un momento... —dijo Quarzo dirigiéndose a Beril.

—No, claro que no. Divertíos —respondió este.

Quarzo ofreció gentilmente un brazo a Uvarovi, mezclándose con la gente que bailaba.

Beril vagó por las salas repletas de gente y descubrió una gran vidriera que estaba abierta y daba paso a un jardín.

Salió de la casa y se encontró al aire fresco de la noche.

No vio a Aramen por ninguna parte. Su comportamiento había sido extraño y quería preguntarle si se encontraba bien.

El barullo del interior lo había aturdido.

Comenzó a pasear tranquilamente por el interior del laberinto formado por arbustos perfectamente cortados.

La luna iluminaba con resplandor tenue el exterior de la casa.

Paseando vio a muchas parejas que habían tenido la misma idea de tomar un poco el aire.

Pasaba junto a ellos discretamente intentando no perturbar su intimidad.

Continuó caminando. Bajaba por un entrante de terreno cuando se encontró en un sendero solitario, que corría al borde de un riachuelo.

El camino estaba rodeado de vegetación y vagaba entre las rocas.

De repente escuchó unas voces que discutían acaloradamente. Miró a su alrededor, pero no consiguió ver a nadie. No había nadie en el sendero. Caminó guiándose por su oído y llegó a una abertura de la roca de dónde salía un ligero destello.

Se pegó a la pared de roca e intentó entender lo que decían las voces.

—...no podrás continuar así mucho tiempo...

—No lo pretendo —respondía una voz ronca de mujer.

Siguieron los ruidos de un forcejeo y por último el sonido de loza que se caía.

—Tendrás que hablar algún día...

La voz de mujer se hizo tremendamente dulce.

—No sé qué pretendes teniéndome así encadenada de esta manera. No puedo escapar de aquí, casi no puedo ni moverme. Si fueras tan solo un poco amable conmigo... yo...

—Tú...

—Yo podría recompensarte el día que salga de aquí... dejándote vivir.

—Tú no saldrás de aquí nunca, ya me han advertido de tus trucos.

Beril se acercó al borde de la estrecha abertura. Miró hacia dentro sin conseguir distinguir a ninguna de las personas que había oído en el interior.

Vio un viejo escritorio de madera y una cama destartalada.

No tuvo ninguna duda de que se trataba de una prisión.

La mujer hizo una pausa y su risa sonó divertida.

—Tú no sabes nada —susurraba—. No eres consciente de quién tienes ante ti... ni a tu alrededor.

Hizo una pausa breve en la que Beril contuvo la respiración, aunque estaba seguro de que no podían escucharle.

—Pero yo sí que lo sé... yo lo veo. Lo siento todo tras estos muros... —decía, aspirando ruidosamente el aire.

El guardia se había alejado pensando que la mujer estaba divagando y se había escabullido de la celda. Escuchó cómo varios cerrojos y candados atrancaban una puerta.

—¡Cállate! —le gritó el ahora valeroso carcelero a través de la puerta.

La mujer se dirigió hacia la abertura mientras canturreaba.

"Tenía el cabello rojo tenía el rostro encarnado rojo como la rosa como la sangre sobre su pecho..."

Beril se estremeció alargando la mano hacia el lugar de donde provenían aquellos versos melodiosos, sintiendo la condensación sobre la dura superficie.

En ese momento un grupo de jóvenes se acercó armando jaleo.

Beril retrocedió cuando escuchó al guardia salir de un pliegue en la roca aledaña y se escondió entre las sombras, junto a una pequeña caída de agua.

—¿Quién está ahí? —gritó.

Proveniente del grupo, que no había prestado atención a la abertura en la roca, se escucharon algunos murmullos.

El guardia, viéndolos en el sendero, se dirigió a ellos.

—¿Qué demonios hacéis aquí?

—Estamos dando un paseo… venimos de la fiesta —dijo uno de ellos.

Reconoció la voz de Galium.

—Esta parte del sendero está prohibida al paso. ¿Cómo habéis entrado?

—No hemos encontrado ninguna advertencia —respondió Galium de nuevo, convirtiéndose en portavoz del grupo—. ¿Quién dice que está prohibido?

El guardia gruñó algunas palabras que Beril no consiguió entender.

En pocos segundos otro guardia salió de una puerta cercana a donde estaba Beril, que retrocedió instintivamente, metiendo los pies en la corriente de agua helada. Ahogó una exclamación y el guardia se giró hacia él.

—Camun os acompañará hasta la fiesta y se asegurará de que la verja permanezca cerrada.

El grupo se alejó, pero el primer guardia permaneció en el balcón, de manera que Beril tuvo que alejarse con los pies dentro del agua que borbotaba, despacio, pegado a la roca oscura.

Cuando llegó a la puerta de la verja vio que, efectivamente, el guardia Camun la había cerrado con cadena y candado.

La observó con aprensión. Los barrotes eran altos y terminaban en una punta de lanza.

Una barra horizontal le sirvió de apoyo para los pies. Cuando llegó a lo alto se encaramó a la roca para ayudarse a atravesar las puntas de hierro, con la mala suerte de que las suelas mojadas de sus zapatos resbalaron y cayó de espaldas, dolorido pero indemne y al otro lado de la verja.

Escuchó acercarse al guardia corpulento con paso lento y pesado. Se levantó de un salto y se deslizó hacia el aromático laberinto de espinos del jardín que había recorrido momentos antes.

Entró en la sala pensando aún en la mujer que había escuchado en el sendero. Estaba seguro de que había notado su presencia y que la canción era un mensaje que iba dirigido a él.

Pero: ¿cómo podía saber quién era él?

—¡¡Beril!! —sonó una voz aguda a su espalda.

Se giró para ver a Argentis que lo miraba con cara pálida.

Aparecieron también Aramen y Olivin.

—He.… salido a tomar el aire un par de minutos —dijo confundido.

Ella lo miró con cara de enfado.

—Has desaparecido casi una hora —dijo Aramen riendo—, pero creo que puedo hacerme a la idea de dónde has estado... aunque no imagino con quién —dijo señalando con fingido disimulo el pelo de Beril.

—Estábamos preocupados —dijo Argentis, aunque su tono no respaldaba exactamente lo que referían sus palabras.

Beril se pasó la mano por el pelo y descubrió que estaba lleno de trozos de hojas y hierba.

—¿Te… apetece bailar? —preguntó dirigiéndose a Argentis, cambiando tema.

—Lo siento, estoy ocupada ya —dijo ella, resoplando y volteándose para dirigirse hacia donde la esperaba Ax, dejándolo plantado en el sitio. Aramen hizo una mueca a Beril y también él se adentró en el salón hacia la mesa de las bebidas.

La vio bailar alegremente con Ax y sintió una punzada en el estómago.

—Ven, te acompaño a casa. Es mejor que te cambies esos zapatos mojados o cogerás una pulmonía —dijo Olivin sin pedir más explicaciones, y lo agarró del brazo llevándole hacia la puerta de entrada.