El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 12. La realidad nos habla mediante signos
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CAPÍTULO 12. La realidad nos habla mediante signos

A l día siguiente, cuando abrió la puerta de casa para salir corriendo, se chocó inesperadamente con Argentis. Sin querer, el impulso la lanzó al suelo y Beril tropezó con sus propios pies al intentar no pisarla, cayendo al suelo también él.

—¡Argentis!

Se miraron desde el suelo mutuamente sin decir palabra. A pesar del fresco de la mañana, Beril sentía un calor inesperado.

Ella sonrió y apartó la mirada.

—Venía a decirte, antes de que hagas o digas nada, que nos ha quedado claro a todos que ha sido un desafortunado incidente.

—Argentis, yo...

—No, no digas nada aún, escúchame. Quiero ser sincera contigo… o al menos en parte —lo miró un segundo, tomó aire y continuó—. Sé perfectamente lo que te ocurrió antes de venir aquí. Sé que te recordé a alguien que viste ese día... y sabía que existía la posibilidad de que te lo tomaras así.

Hizo una pausa en la que Beril no dijo nada.

—No puedo imaginar lo que sentiste... y lo siento. Quería simplemente ayudarte, no hacerte daño.

—¿Y por qué lo hiciste entonces?

Argentis calló un segundo, y extendiendo sus manos, dijo:

—Esto es lo que soy, Beril. No puedo esconderlo. Y es lo que eres también tú.

—No, hay una diferencia. Yo no creo de la nada un puñal. Creía que vosotros ayudabais a las personas... y eso no es lo que vi cuando mataron a mi madre. Fue uno de vosotros, ¿verdad?

Ella se detuvo, mirándolo sin saber bien qué responder.

—Escucha. A veces necesitamos de un arma para proteger a las personas. No la usamos contra la gente inocente, sino para defenderlos de quien pretende hacerles daño.

Beril le sostuvo la mirada con intensidad.

—¿Gente como mi madre?

Argentis dio un respingo como si las palabras la hubieran golpeado.

—Beril, ninguno de nosotros habría lanzado un arma con la intención de dañar a tu madre.

Pronunció esas palabras muy despacio. Beril se frotó la cara y comenzó a ponerse en pie. Ofreció una mano a Argentis, que ella aceptó para levantarse.

—De cualquier forma, siento haber pensado mal de ti. No has hecho más que ayudarme desde que estoy aquí. Y siento mucho la reacción de ayer. No me sucederá de nuevo. Te lo prometo. No haría nada que pudiera dañarte, Argentis.

—No te preocupes, entiendo que hay muchas cosas que aún no comprendes. —Frunció el ceño y soltó su mano para empezar a caminar más alegremente, como era típico de ella.

—Entonces podrías explicármelas tú.

Ella lo miró con una pequeña sonrisa.

—No puedes entenderlo todo de golpe. Necesitas vivirlo para comprenderlo. Si no, sucedería de nuevo lo mismo de ayer.

* * *

Durante las tardes Caolín había insistido en que se quedara entrenando con él hasta avanzada la noche.

A veces le explicaba cosas sobre los elementos, o le hacía pasar horas enteras en silencio con los ojos cerrados a “escucharlos”.

Él no notaba mucha diferencia y se le hacía tremendamente aburrido estar ahí, solo con Caolín, escuchando la lección.

También notaba en sí mismo una creciente impaciencia que le molestaba.

—Quizá os habéis equivocado —le dijo un día—. Probablemente no tengo ninguna de las habilidades necesarias, ni tengo un elemento, ni nada en absoluto. Quizá no debería estar aquí. Al fin y al cabo, todo se trata de una coincidencia.

Caolín lo examinó sorprendido.

—Yo dije lo mismo cuando la gente de mi edad empezaba a descubrir su elemento...

Yo tardé un poco más, pero eso también me ayudó a ser quien soy hoy.

A ser quien está delante de ti ahora. Durante todos estos años he podido comprobar que nada se trata de una coincidencia.

Cada uno de nosotros está llamado a ser quien es y a desempeñar una función en este mundo.

—¿Destino?

—Sí, destino. Pero es un destino que cada uno tiene que aceptar libremente. La realidad nos habla mediante signos. Cuando la escuchamos, ocupamos el lugar que nos corresponde.

—¿Y si alguien no quisiera escuchar esos signos? ¿Y si se negara a ocupar ese lugar que le corresponde?

—En ese caso la realidad continúa enviándole signos para retomar el camino correcto. Quien no escucha estos signos va en contra de sí mismo, hacia la autodestrucción, y se convierte en una oscuridad, para sí mismo y para los que lo rodean.

—Y ¿cómo saber que estás en el lugar hacia donde señalan esos signos?

—Porque nadie es feliz sino en el lugar que le corresponde.

Tras decir esto, el anciano dio media vuelta y se fue, sonriendo, mientras decía:

—Y nadie en su sano juicio se niega a ser feliz, ¿verdad?

* * *

Había llegado el frío también a Alasdain, y las corrientes de aire y lluvia se colaban entre los pequeños orificios que calaban el cielo abovedado de minerales.

Su grupo había empezado a entrenar con sus elementos y aprendían a atacar, sincronizándose con estos. En esos largos ratos, Beril pasaba el tiempo mirando cómo el suelo irradiaba partículas de todos los colores que brillaban y formaban verdaderos remolinos alrededor de sus amigos.

—Hoy comenzaremos a probar vuestras conexiones. Cuando consigáis una conexión entre vosotros pasaremos al entrenamiento con otros atacantes.

—¿Qué es una conexión? —preguntó Beril, que se había acostumbrado ya a hacer todas las preguntas posibles apenas escuchaba algo que no entendía para intentar alcanzar el ritmo de sus compañeros.

—Una conexión es una unión con otro elemental que permite que uno de vosotros esté pendiente de la defensa mientras el otro se puede concentrar únicamente en el ataque —respondió Caolín.

—Y, ¿por qué se llama así?

—Porque no se consigue con cualquier persona. El nivel de compatibilidad debe ser tal que permita tener una conexión con la mente de la otra persona, para conocer sus puntos débiles. Y sus posibles movimientos.

—¿Y cómo se forma una conexión?

—Eso iba a explicarles también a tus compañeros. Para formar una conexión haréis pruebas entre vosotros. Se reconoce fácilmente, porque se advierte una comunicación especial con la otra persona y un aumento de fuerza debida a la focalización de las habilidades de cada uno.

Se miraron entre ellos, preguntándose por sus posibilidades.

—Bien, empezaremos por una primera prueba entre Argentis y Aramen.

Ambos se situaron en el centro del grupo, un poco avergonzados y sin saber qué hacer.

—Aramen, intenta crear un campo de fuerza alrededor de Argentis. Argentis, tú atacarás.

—¿A quién? —dijo la aludida.

Pero no le dio tiempo a seguir preguntando. Caolín se convirtió sin previo aviso en una figura oscura de donde emergía una grandísima energía que los obligó a doblarse sobre sí mismos para no caer.

Aramen brilló del color del fuego y mil chispas volaron a su alrededor.

Era difícil ver claramente lo que ocurría entre ellos debido a las partículas que chocaban y volaban en todas direcciones.

A duras penas consiguió ver que Argentis esquivaba flechas negras intentando lanzar alguna en dirección de Caolín, pero el maestro, moviéndose con parsimonia las eludía sin problemas.

Aramen se concentraba, serio como jamás lo había visto, intentando seguir los movimientos de Caolín y de Argentis, e intentando no herirla a ella con el supuesto campo de fuerza que venía atravesado por Caolín cada vez sin el menor esfuerzo y que Argentis esquivaba a duras penas, sin control.

La unión de ambos elementos no funcionó.

Después del primer intento les tocó a Amonina y Uvarovi, que no tuvieron mejor resultado.

Quarzo y Olivin se hirieron mutuamente y Opal lanzó una explosión de mil colores que terminó haciéndoles caer a todos, incluida a sí misma.

Cuando tocaba el turno a los últimos dos Beril se alzó dispuesto, pero se dio cuenta de que nadie esperaba que tomara parte.

Caolín rompió el silencio.

—Vista la ausencia de resultados positivos lo dejaremos por hoy.

Beril se sintió decepcionado y enfadado consigo mismo.

—Tengo un encargo que encomendaros —dijo mirándolo el maestro—.

Cada uno de vosotros, por turnos, se ocupará cuatro horas antes del alba intentando que Beril descubra cuál es su elemento.

La forma en la que lo intentéis es totalmente libre...

excepto durmiendo —dijo mirando significativamente a Aramen, que canceló su sonrisa.

—Y anticipo que habrá una recompensa para aquel que le sirva de ayuda.

Todos asintieron sin decir una palabra, pero Beril entendió que era un gran sacrificio. Se levantaban cada día al amanecer. Eso equivalía a decir que mientras él no se pusiera a la altura, ellos trabajarían desde poco más de medianoche para ayudarlo.

—Por último, os recuerdo que esta noche es la fiesta del aniversario de Alasdain. Confío en que os comportaréis como es debido en una situación como esta en la que estaréis junto a elementales expertos que vienen por este motivo.

Dicho esto, dio por zanjada la cuestión, giró sobre sí mismo y se fue con paso ágil.

* * *

—¡¡Qué desastre, tío!! —decía Aramen—. Nos vas a hacer madrugar. ¡Ya te puedes poner las pilas!

Beril resopló. No le hacía mucha gracia ser una carga para sus compañeros.

—Bueno, si lo piensas tú vas a madrugar un día de cada semana. ¡¡Él va a madrugar todos los días!! ¡Vete a la cama pronto! —Rod le dio una palmada en el hombro y terminó diciendo—: ¡¡¡Me pido el último!!! ¡Quién sabe si me libro!

Todos rieron, incluido él. Siempre encontraban la forma de no dejarse llevar por las circunstancias negativas. Estando con ellos era difícil ser pesimista. Era cuando estaba solo cuando le asaltaban los pensamientos oscuros.

—No es mala idea que fijemos los turnos —dijo Argentis.

—Yo me ofrezco para el turno de mañana —respondió Olivin.

Algunos se miraron entre ellos significativamente o se dieron un codazo disimulado.

—No lo dudábamos —dijo Aramen intencionadamente y sin disimulo.

—Bien, entonces Aramen será el segundo —dijo con una sonrisa maliciosa Argentis que hizo sonreír a Beril mientras Aramen se quejaba ruidosamente.

—Olivin, Aramen, Opal, Amonina, Malaquio, Quarzo, Uvarovi, Argentis… ¡y yo por último! —rio de nuevo Rod—. ¿Todos de acuerdo?

—Ok —dijo Argentis. Los demás asintieron también.

—Y espero que, como aliciente, Beril nos prepare un buen desayuno a cambio en cada turno.

—Por supuesto —dijo.

—¡Y que gane el mejor! —gritó Rod, saliendo disparado por el prado.

Esa noche era la fiesta. Beril lo había olvidado totalmente. Por fortuna había comprado ropa presentable la semana anterior.

Y así cada uno se dirigió a su casa con la intención de descansar un rato antes de la fiesta.