El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 11. Bañada por la luz dorada del sol
25%

CAPÍTULO 11. Bañada por la luz dorada del sol

S e había acostumbrado a despertarse con el alba y a desayunar casi sobre la marcha. Caminaba velozmente por la ladera de la colina sabiendo ya dónde debía pisar para ir más rápido.

Llegó puntualmente a la lección de la mañana, pero aún no había nadie en la explanada. Únicamente Caolín esperaba sentado sobre la hierba. Se acercó algo tímido a él. Nunca se habían encontrado a solas, sin ninguno de los demás del grupo.

Se sentó frente a él, adoptando la misma posición, y, como él, cerró los ojos con las manos apoyadas sobre las piernas.

Se concentró en su entorno, respirando suavemente, aguzando sus sentidos para no recibir un garrotazo.

Reconoció la respiración cercana de Caolín, que meditaba a su lado buscando una paz interior.

Notó el viento que movía la hierba y producía un sonido relajante.

De repente, se dio cuenta de que pasaban los minutos y nadie se acercaba. Abrió los ojos y miró a su alrededor.

—No van a venir —dijo Caolín.

Cuando se volvió hacia él vio que lo estaba estudiando minuciosamente.

—Hay una cosa que debo explicarte.

—Le escucho —dijo.

Caolín se tomó su tiempo antes de continuar, pero Beril no lo notó apenas. El anciano no parecía tener prisa nunca.

—Tus compañeros están llevando a cabo una misión en estos momentos.

—¿Una misión? —preguntó como si no comprendiera.

Le tomó otro buen rato el comenzar a hablar de nuevo.

—La existencia de este lugar... está ligada al objetivo de proteger a la gente, como ya sabes, de guiarla cuando está perdida, ayudarlos...

—Sí, lo sé. Es la razón por la cual sigo aquí.

Se arrepintió súbito de la interrupción. El maestro tardó un buen rato en continuar.

—Hay muchas maneras de hacer esto. Muchos niveles de dificultad...

—Miró a Beril a los ojos directamente antes de continuar—.

Hay pequeñas cosas que vosotros, incluso los del primer nivel podéis llevar a cabo y que son de gran ayuda para las personas.

A esto nosotros lo llamamos misiones. Normalmente en los niveles bajos las misiones son totalmente seguras, carentes de peligro.

Al subir de nivel, la responsabilidad aumenta, y el riesgo también.

—¿Están arriesgando la vida en esta misión? —preguntó Beril preocupado.

—No... al menos no más que otras veces que hayan salido.

—¿Por qué yo no estoy con ellos? Pensaba que éramos un equipo… y podría serles de ayuda.

—Han partido esta madrugada.

—Ayer no me dijeron nada... —dijo Beril.

Caolín no respondió. Cerró los ojos de nuevo para continuar su meditación. Beril se impacientó. Sus compañeros estaban ahí fuera, ayudando a la gente, y él estaba ahí, sentado inútilmente con el viejo letárgico.

Comenzó a levantarse.

En menos de un cuarto de segundo Caolín hizo un movimiento con su bastón y Beril cayó a tierra de nuevo sentado.

—Cada uno tiene su lugar.

—Y, ¿cuál es el mío si no puedo ir con los demás a cumplir con la misión de auxilio, que es la razón por la que estoy aquí? —preguntó Beril, enfadado.

Caolín lo miró largamente.

—¿Cuál dirías tú que es tu lugar ahora?

—¡¡Con ellos!! —dijo rápidamente sin vacilar. El anciano sonrió.

—La siguiente vez entonces, irás con ellos. Pero recuerda que cada cual tiene su lugar, y uno no puede abandonarlo, porque abandonándolo pone en riesgo la vida de los demás a quienes tiene a su lado. Alguien pensaba que no estarías preparado para un momento difícil aún.

—Eilean —musitó—. ¿Y a dónde han ido hoy?

—Te lo dirán ellos mismos cuando vuelvan. Ahora levántate y olvida el rencor, aprovecha el momento como mejor puedas hacerlo. Comencemos.

Y diciendo esto se acercó rápidamente, blandiendo su bastón en movimientos agilísimos que Beril esquivaba rápidamente con los ojos cerrados.

Saltaba, se plegaba sobre sí mismo, retrocediendo y avanzando.

Podía sentir el aire a su alrededor silbando al contacto con la rigidez del bastón de palo que parecía tener vida propia; la vibración de la tierra con los movimientos de su adversario y el crujido de la hierba.

* * *

Estuvo solo todo el día. Cuando pasó por la ciudadela de mercaderes se dio cuenta de que había menos gente de la habitual.

Se quedó despierto hasta tarde y se durmió sobre los libros de minerales, esperando que Aramen pasara por ahí al volver para contarle lo que había ocurrido, dónde habían estado... Pero no llegó nadie, ni ese día ni al siguiente.

Al atardecer del tercer día alguien lo llamó abriendo la puerta de casa.

Al incorporarse en la silla que le había servido de cama esos días vio a Argentis. Estaba llena de polvo y el cansancio se advertía claramente en su cara.

—¡¡Argentis!! ¿Estás bien? —preguntó alarmado.

—Sí, sí... No te preocupes. Solo quería decirte que hemos vuelto.

Y quería pedirte perdón por haberte dejado aquí.

No nos permitieron avisarte. Nos despertaron durante la noche; un volcán entró en erupción sin previo aviso y descongeló un glaciar que formó una ola de fango que cayó sobre un poblado.

Argentis comenzó a llorar y se apoyó contra el pecho de Beril. Cogido por sorpresa, Beril se quedó un segundo paralizado por el contacto tan cercano de ella, pero la abrazó acariciándole la espalda, imaginando la desolación a la que había asistido.

—No queríamos ir sin ti...

La guio para sentarse en el sofá a su lado y sostuvo su mano. Ella seguía llorando mientras hablaba.

—Murió mucha gente, estaban todos enterrados. Había niños...

Volvió a abrazarla. Imaginaba lo que le contaba y sentía no haber estado allí para ayudar. La siguiente vez estaría... pero la impaciencia ahora había desaparecido. Abrazó a Argentis hasta que se quedó dormida sobre él.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, ella ya no estaba.

* * *

Llegó tarde a la explanada. Allí estaban todos, al completo. Después del entrenamiento se le acercó Malaquio.

—¿Has descubierto ya tu materia, Beril? —le preguntó.

—¿Mi qué? —respondió.

—Ya sabes, tu materia... Tu elemento.

Se le quedaron mirando todos.

—No sabía que tuviera que...

Lo interrumpió Quarzo, chocando la mano con Rod.

—¡¡Te lo dije!! ¡¡No lo sabe!!

—Sé que a veces os llenáis de… algo.

Olivin también rio.

—Cada uno de nosotros tiene una relación con una materia, con un elemento... Un único elemento.

Olivin volvió a reír antes de seguir hablando.

—Ok, no podías saberlo... Cuando descubrimos nuestro elemento, así lo llamamos, podemos convocarlo y viene a nosotros en pequeñas partículas, que están siempre presentes naturalmente y se agrupan a nuestro alrededor. Con el tiempo y el entrenamiento conseguimos dominarlo.

Beril tenía la boca abierta por la sorpresa. Creía haber visto a Argentis hacer algo así. Y claro que se había dado cuenta de que algún tipo de materia aparecía a veces alrededor de ellos, pero no sabía que fueran ellos los que lo hacían aparecer. Ni que estuviera relacionado con cada uno de ellos.

—¿Me estáis diciendo que todos vosotros tenéis un elemento que conseguís hacer aparecer, como por arte de magia? ¿Desde cuándo? —Se volvió hacia Argentis con mirada acusadora.

—Yo he estado siempre aquí, y conozco mi elemento desde hace mucho... —replicó—. Pero tranquilo, no todos lo saben tan pronto. Mi hermana por ejemplo… bueno, ella tardó algo más.

—Y cuando descubrimos nuestro elemento... algo después comenzamos el aprendizaje, si Eilean considera que estamos preparados —dijo Aramen interrumpiéndola bruscamente—. ¡¡Creo que tú eres el único de la historia que estás entrenando sin conocer su elemento!!

La mirada de incomprensión hizo que casi todos rieran.

—Pero… ¿cómo?

—Argentis, hazle una demostración —sugirió Malaquio.

Argentis se levantó y se empezó a mover despacio, con las puntas de los dedos en dirección a la tierra.

Miles de gotas minúsculas se alzaron formando un viento a su alrededor que hacía brillar el aire.

Poco a poco las partículas se unieron, su cuerpo se recubrió de una capa metálica argéntea que se le pegaba al cuerpo como un guante y en sus manos, que se recubrieron de un brillo metálico fue tomando forma una daga.

La melena ondeaba siguiendo los movimientos armónicos.

Beril notó cómo su propio cuerpo se volvía rígido, fuera de control, y saltó sobre sus pies.

Un nudo se le formó de repente en la garganta.

Mientras la miraba le asaltó la visión de una mujer pequeña y delgada como ella, envuelta en un fortísimo brillo dorado que hacía aparecer en su mano una lanza de oro.

Se llevó la mano al pecho, el corazón le latía tan fuerte que le parecía poder oírlo.

En ese momento Aramen lo agarró por los hombros arrojándolo con violencia al suelo y Quarzo lo bloqueó.

Ante él, Argentis resplandecía bañada en plata, brillando bajo la cúpula bañada por la luz dorada del sol. En su mano una daga fina y afilada, en su rostro un gesto terriblemente inquietante.

—No va a hacerte daño, Beril —le decía Quarzo.

—Beril, soy yo... soy Argentis...

Ella soltó la daga y se arrodilló a su lado. Al acercar la mano a su brazo Beril se sobrecogió involuntariamente. Ella no se atrevió a tocarlo.

* * *

Ya en casa de Beril, tumbados sobre la hierba del jardín, Beril hablaba con Aramen y Quarzo.

—Se te han cruzado los cables. Estabas tan tranquilo y al momento siguiente ibas como una furia hacia Argentis... —dijo Quarzo.

—Sí... tío, yo siento haberte tirado al suelo, pero es que no tenías una cara muy amistosa. ¿Qué se te ha pasado por la cabeza? —Aramen se incorporó sobre su brazo para mirarlo.

Estaba avergonzado. Había atacado sin un ápice de sentido común, como si no pudiera controlar su voluntad.

—No lo sé... —mintió apartando la mirada.

No quería decirles a sus compañeros que cuando Argentis había empezado a moverse y su cuerpo brillaba, había tenido un vivísimo recuerdo de la asesina de su madre.

Había tenido la sensación de encontrarse de nuevo frente a ella, y la ira se había apoderado de nuevo de su cuerpo.

Se volvieron a tumbar mirando hacia la bóveda que brillaba con cambiantes destellos de arcoíris.

—Pues me temo que alguien va a tener que dar explicaciones a Caolín —dijo Quarzo.

Lo miró de mal humor.

—No sabía que teníais que contarle todo. ¡No ha tenido ninguna repercusión! —dijo alzando la voz.

—No, no la ha tenido, pero por un pelo. Si no te llegamos a parar...

—Probablemente me habría herido ella, y el único en arrepentirme habría sido yo, ¿no?

Se miraron entre ellos y le pareció reconocer en la mirada de Quarzo un gesto de sorpresa.

—A lo mejor deberías ir a hablar con la señora Flora... y con Eilean también, de paso.

—¿Para decirle que casi ataco a su hija? No quiero que se arrepienta de tenerme aquí.

Beril se levantó de un salto y empezó a entrar en la casa, pero a sus espaldas escuchó a Aramen decir a Quarzo por lo bajo:

—En realidad, en estos momentos ya estará bien arrepentido...

Se volvió con el ceño fruncido.

—No volverá a ocurrir. Mañana me disculparé con Argentis —dijo entre dientes.