CAPÍTULO 10. Como el día y la noche
R ecobró el conocimiento en el suelo. Argentis le había colocado un paño humedecido con agua fría sobre la frente.
—¡Ey! ¿Qué te ha pasado?
Intentó levantarse y sintió su estómago como si lo hubieran apretado dentro de un puño.
—Estate tranquilo, respira profundamente. ¿Quieres un poco de agua?
—Gracias. No sé qué me ha ocurrido... el olor de la sangre…
—No te preocupes.
Argentis se levantó y fue a por un vaso de agua. Beril se incorporó con precaución.
Bebió un sorbo de agua y se encontró algo mejor.
Se alzó despacio y se sentó en el sofá.
—¿Qué tal estás? —le preguntó.
—Bien, mejor... No sé qué me ha podido pasar.
—Aún estás algo débil, imagino... Con todo lo que has pasado últimamente.
—Sí, puede ser —dijo, mirando en dirección a la carne—. ¿Te importaría cortar tú la carne? Yo me encargaré del pan.
—Claro.
Terminaron de cocinar en silencio. Beril notaba las miradas furtivas de Argentis.
Al rato el aroma de los panecillos inundaba la casa.
Llamaron a la puerta. Era Olivin, acompañada de Opal y Rod.
—¡¡Hola!! ¡¡El postre!! —exclamó, mostrando una bandeja a Beril.
Lo empujó ligeramente entrando en la casa.
Se encontró de frente con Argentis y se paró en seco.
—¡Ah! ¡Argentis! Veo que has llegado temprano —comentó con expresión de sorpresa mirando el delantal manchado de harina, volviéndose hacia Beril, que aún estaba invitando a pasar a los otros dos—.
¡Pero si habéis hecho ya de todo! ¡Podías haberlo dicho!
—dijo observando intencionadamente también la harina aún en las manos de Beril.
—Estábamos... —empezó a decir Beril.
—Es mejor que no digas nada, tío —le susurró Rod, dándole una palmada en el hombro amistosamente, pero con una gran fuerza.
Momentos después aparecieron por la puerta, aún abierta, Quarzo, Malaquio y Amonina. Aramen y Uvarovi venían por detrás hablando y riendo.
Parecían haberse dado cita todos juntos en casa de Beril, lo que resultó muy cómodo para ayudar a llevar lo que habían preparado.
Encaminándose entre las rocas del acantilado por un sendero oscuro Argentis se situó cerca de él. Lo hizo disimuladamente, pero a Beril no se le escapó su preocupación por el episodio en su casa y le sonrió agradecido.
Pasaron a través de una apertura en la roca profunda y oscura.
La playa lindaba a una decena de metros con un bosque de árboles altos de un aroma penetrante.
—Eucaliptos —le informó Aramen—. Procura no adentrarte demasiado en ese bosque. Es muy engañoso y podrías perderte, sobre todo de noche.
La gente se había agrupado en un extremo de la playa. El atardecer empezaba a teñir las nubes del cielo sobre el mar.
Beril se agobió en un primer momento delante del grupo de elementales que reía y se reunía en torno a unos troncos caídos de forma irregular.
Algunos estaban en el centro y bromeaban mientras encendían una hoguera.
—¡Aramen! ¡Ven a echar una mano! —llamó uno de ellos.
Aramen se giró hacia Beril y encogiéndose de hombros cómicamente se alejó en dirección a ellos.
—No sabéis hacer nada sin mí, ¿eh?
Beril cedió lo que había preparado a un grupo que empezaba a apoyar algunos bártulos sobre un tronco cortado por la mitad que hacía las veces de mesa y se acercó a Aramen.
—Beril, imagino —dijo, acercándose a él uno de los dos que se afanaban en las ascuas.
—Sí —dijo, visiblemente incómodo intuyendo que todos lo conocían.
—Ya —dijo con un gesto elocuente—. Eilean te presentó delante de mi grupo, pero probablemente no recuerdas a todo el mundo. Es más fácil recordar una sola cara nueva. Me llamo Cerus, soy del tercer nivel.
Una llama ascendió crepitando repentinamente y Cerus, el otro chico y Aramen estallaron en una exclamación de victoria.
—Un día nos tendrás que descubrir cómo lo haces tan rápido —le dijo Cerus a Aramen empujándolo amistosamente.
—Lo sabes ya, es uno de mis dones —reía Aramen.
La llama en efecto parecía haber surgido inesperadamente de la nada, y Aramen se sonreía complacido.
Beril notó que un fino polvo anaranjado brillante le cubría ligeramente las puntas de los dedos y recordó las chispas sobre su torno de trabajo en Mulg, sonriéndose.
—¡Pásame más de esa carne con salsa y las patatas por favor!
—Te lo cambio por las verduras.
La algarabía era notable durante la cena. Cada uno cogía lo que le apetecía de la mesa improvisada mientras charlaba con compañeros y amigos. Algunos se sentaban cerca del fuego y otros más apartados sobre troncos o sobre la arena de la playa.
—¡Qué pan tan rico, Beril! Pero sabes que se puede comprar ya hecho, ¿verdad? —le dijo Olivin.
—Bueno, ¡este no! —rio Beril.
—¡Está buenísimo! —decía Opal— ¿Qué hacías antes de venir aquí? ¿Eras panadero?
—No, no, qué va. Pero mi madre hacía un pan diferente cada mañana, desde que era niño.
A su alrededor se hizo el silencio. Algunos se miraron entre ellos. Malaquio sacudió la cabeza mirando furtivamente a Aramen, pero Beril lo vio.
—No pasa nada, me podéis preguntar lo que queráis.
Hubo de nuevo intercambio de miradas antes de que Olivin rompiera el silencio.
—Nos hemos preguntado de verdad qué es lo que hacías antes de entrar. Sabemos poco de ti antes de tu llegada.
Beril asintió despacio con una sonrisa nostálgica.
—Pero no queremos causarte melancolía.
—No, no pasa nada. Es normal que tengáis curiosidad. Trabajaba las gemas y piedras preciosas recién llegadas del yacimiento.
—¿Trabajabas con piedras? —preguntó Malaquio, con un gesto de incredulidad en su sonrisa.
—Sí. Bueno, a veces trabajaba con algunas aleaciones de algunos metales. A veces hierro, o plata, oro…
Se quedaron en silencio, pero de nuevo vio intercambios de miradas.
—Y, ¿quién te enseñó ese oficio? —curioseó Aramen, distraído en chuparse las puntas de sus dedos manchadas de chocolate de la tarta de Olivin.
—Era el oficio del padre de... de una persona de Mulg. He sido su ayudante desde que tengo uso de razón. Al irse él me hice cargo del taller, sin más.
Todos callaron y Beril aprovechó el momento.
—Bueno, ahora me toca a mí preguntar. ¿Qué hacíais vosotros antes de entrar aquí?
La pregunta pareció sorprenderlos bastante.
—¿A qué te refieres? —preguntó Malaquio.
—¿Habéis estado siempre aquí?
—No, ¡qué va! —dijo Quarzo.
—No habláis mucho de ello, parece que este sitio fuera vuestra casa desde que habéis nacido.
—No exactamente —respondió—. Pero por lo general, los que nos encontramos aquí somos protegidos de algún tipo de elementales. O acogidos desde la primera infancia. Muy pocos son hijos naturales de elementales.
—¿Por lo general? ¿Qué quieres decir? —preguntó.
Quarzo hizo una pausa en la que lo miró fijamente. Después pareció decidirse y comenzó a hablar.
—Yo vivía en la costa, mi padre era pescador.
Mi madre lo ayudaba a la vez que se hacía cargo de la mitad de los niños de la zona, sobre todo de aquellos que estaban siempre en las calles, robando y pidiendo limosna.
Tenía muy buen corazón. Vivíamos en una zona muy pobre.
Un día mi padre zarpó del puerto a pesar de las advertencias de la gente, había un gran temporal.
Pero mi padre no podía permitirse no salir aquel día, porque no teníamos nada de comer...
Y no era la primera vez, ya lo había hecho otras veces.
Un silencio denso llenó el ambiente.
—Solo que aquella vez no volvió. Pocos días más tarde un chico de los más pequeños protegidos de mi madre fue acusado de robar a un hombre importante. Mi madre se interpuso, protegiéndolo. La mataron a golpes, de una paliza.
La mayoría analizaban el plato con simulada atención. Aramen miró a Beril y dijo:
—Yo soy el niño al que protegió su madre. No tengo recuerdos de mis padres. La madre de Quarzo se hizo cargo de mí desde siempre.
—Después de eso una pareja de espíritus elementales que vivía en la zona nos acogió —aclaró Quarzo—. Y al poco nos trajeron aquí.
No se había esperado esta respuesta.
—Todos vosotros habéis perdido a...
—No... no todos, claro. La mayoría, pero no todos. —Fue Olivin quien habló.
Argentis miró a su alrededor. Todos la observaban.
—Yo no. Mis padres están vivos...
—Su padre es Eilean —terminó Olivin.
Esta información lo dejó tan sorprendido como la historia de Quarzo.
—Gracias, Olivin —dijo resaltando las palabras—. Sí, mi padre es Eilean. Mi madre vive también aquí.
—¿Siempre has estado aquí? —preguntó Beril.
Argentis miró al suelo con algo que le pareció tristeza.
—Siempre.
—Y, ¿estás en el primer nivel aún? Quiero decir, si siempre has estado aquí...
Unos cuantos se echaron a reír. Argentis los miró mal con un gesto cómico.
—Es el Namak quien decide cuándo es el momento de comenzar tu entrenamiento, qué habilidades intuye en ti y de qué nivel. El Namak es Eilean, como ya sabes. Mi padre decidió que Auris… —se paró en seco y miró a Beril—. Bueno... que mi hermana estaba preparada bastante tiempo antes que yo.
—¿Tienes una hermana? —preguntó Beril abriendo de par en par los ojos. Le parecía estar sobrecargándose de información importante.
—Sí... ¿por qué te sorprende tanto? Quarzo y Aramen son prácticamente hermanos también —preguntó. Se echó para atrás haciendo vacilar el tronco seco donde estaba sentada—. Pero nos parecemos tan poco como ellos, somos como el día y la noche.
Todos rieron.
Beril miró a estos dos últimos. En efecto eran como el día y la noche. Quarzo tenía la piel completamente traslúcida, los ojos de un azul cristalino y el pelo muy corto y casi blanco. Podría haber dicho que su hermano adoptivo era su total opuesto.
—No me sorprendería tanto si no fuera porque no te había oído nunca hablar de ella.
La vio nerviosa y no quiso seguir preguntando delante de todos, así que cambió de tema rápidamente.
—¿Qué edad tenéis?
Olivin y Uvarovi rieron ahogadamente mientras el gesto de Argentis se volvía sombrío.
—Ese es un tema escabroso, amigo —le susurró con fingida preocupación Aramen.
—No me importa admitir que soy la mayor de este grupo —bufó Argentis.
—¿La mayor? —preguntó Beril sorprendido.
—Sí, he cumplido hace unas semanas 24 años. Malaquio, Quarzo y Opal tienen 23, y los demás tienen 22...
—¡¡Yo 23!!
—Ah sí, perdón, Rod ha cumplido 23. Los demás tienen 22, menos Olivin...
—Que tengo 19 —añadió esta.
Beril estaba impresionado de que Argentis fuera la mayor de todos. Olivin sonreía radiante, evidentemente orgullosa de estar ya en el entrenamiento a pesar de su temprana edad.
—Bueno, ya no eres la mayor del grupo entonces —dijo Beril sonriendo a Argentis—. Yo tengo 24 también, así que, si son tres niveles llegaré al final del recorrido a los 27.
Todos rieron como si hubiera hecho una broma, y Quarzo dijo:
—No, no funciona así. Puede ser que estés en el primer nivel toda la vida y que termines el entrenamiento siendo un elemental de primer nivel, o que llegues al último nivel en unos meses... Claro que en tu caso creo que hará falta un poco más de paciencia —bromeó.
—Y tampoco son tres niveles. ¡Son seis! —dijo alguien que se encontraba algo alejado del grupo.
—¿Seis? —Beril se pasó la mano por el pelo.
En torno a ellos algunos se habían sumado a la conversación y el desconcierto de Beril proporcionó algunas risas.
Después la conversación fluyó hacia temas más ligeros.
En un cierto momento algunos se separaron del fuego para dar un paseo por la playa.
Otros habían empezado a cantar algunas canciones que proporcionaron a algunas parejas la oportunidad de bailar aquella noche. Beril los observó con nostalgia.
—¿Cansado? —le sorprendió la voz de Aramen detrás de él—. ¿Volvemos? Creo que es suficiente para tu primer Círculo.
—Es bastante tarde —dijo Olivin—, voy con vosotros.
Echó un vistazo a su alrededor y no vio a Argentis. Le habría gustado despedirse de ella, pero se levantó igualmente. La divisó a una decena de metros, bailando y riendo con alguien que no conocía.
Se dio media vuelta sobre sus talones repitiéndose que no le importaba.
Lo guiaron a través de la roca y lo acompañaron a casa. Después de saludarlo, lo dejaron solo para que descansara.