El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 9. El cuchillo afilado se hundió en la carne
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CAPÍTULO 9. El cuchillo afilado se hundió en la carne

A l día siguiente se despertó con alguien aporreando la puerta. Se desperezó rápidamente y miró alrededor hasta que recordó dónde estaba. Saltó como un resorte de la cama mientras alguien lo llamaba desde la entrada de la casa. Se puso rápidamente algo de ropa mientras bajaba las escaleras y abrió.

Ahí estaba Aramen con cara de preocupación.

—Oh, menos mal, creía que no estabas. Estaba a punto de ir a...

—¿Me he dormido?

—¡¡Sí!! ¡Es tardísimo! Caolín me ha mandado a buscarte cuando ha visto que no llegabas. Por cierto: no cierres la puerta con llave la siguiente vez, aquí nunca lo hacemos. No sé ni por qué tienen cerraduras.

Beril asintió extrañado y terminando de vestirse rápidamente salieron al trote de la casa, atravesando la pradera empinada y resbalando por el camino, con Aramen guiándole demasiado rápido.

Llegaron hasta la pradera. Estaban todos alineados. Beril se colocó al lado de Argentis como el día anterior. Esta vez totalmente sin aliento.

—Descansa, Beril —le dijo Caolín.

—Yo, lo siento... quiero disculparme... no he oído... pensaba que... —balbuceó.

—No importa. Un minuto y comenzamos. Hoy recuperaremos durante la pausa.

Pensó que a los demás les molestaría que su impuntualidad les impusiera trabajar continuamente sin parar, pero nadie se lo hizo notar.

Caolín empezó a golpear el suelo con el bastón como el día anterior. Todos comenzaron a seguir su propia coreografía como hacían tantas veces.

Se avergonzó de toda la prisa que se había dado... para nada. Él no entendía aún lo que hacían ni por qué se movían como lo hacían. Se quedó parado mirando a los demás, cada vez de peor humor. Alguien podía haberle explicado esto antes de dejar que estuviera ahí quieto como un idiota.

—Beril —escuchó a sus espaldas.

Era Caolín.

—¿Qué te ocurre?

—Es que yo no sé realizar esos movimientos... ni siquiera entiendo para qué sirven.

—Beril, cierra de nuevo los ojos. Recuerda los pesos de ayer sobre tu cabeza y el equilibrio que intentabas mantener, cómo sentías cada movimiento sobre ti.

Beril lo miró con desconfianza, pero hizo como le dijo, cerró los ojos. Tenía muy presente lo que había ocurrido la última vez que había estado delante de ese hombre con los ojos cerrados.

Inesperadamente Caolín le golpeó en la espalda. Beril a pesar de todo no se lo había esperado y cayó de bruces sobre la hierba.

Se giró apenas a tiempo de vislumbrar el bastón del viejo volando a gran velocidad, golpeándolo en el pecho esta vez.

Cuando levantó de nuevo el bastón Beril se incorporó mientras el anciano descargaba otro golpe.

Esta vez falló por poco. Beril se apartó de nuevo con toda la velocidad que le permitían los dolores a través de todo su cuerpo.

«Este sitio acabará conmigo en menos tiempo del que se requiere para aprender lo necesario para sobrevivir» —pensó.

En ese momento lo alcanzó de nuevo el bastón en una pierna, haciéndole apoyar una rodilla en el suelo.

Se dio cuenta de que necesitaba de toda su concentración para esquivar el siguiente golpe.

Caolín paró, pero esta vez Beril no bajó la guardia, se mantuvo a la espera.

El viejo rio discretamente.

—Veo que lo has entendido. Aún eres muy torpe, te falta concentración, destreza, agilidad y saber escuchar tus sentidos.

Pero aprendes muy rápido. Cuanto más entrenes estas cuatro cosas, más hábil serás en el campo.

¡¡Ya puedes comenzar a entrenar con los demás!

! Cierra los ojos y escucha, sigue los movimientos de todo lo que te rodea, ¡sobre todo si es algo que te puede propinar un buen golpe!

* * *

Unas semanas más tarde, después del entrenamiento, Olivin se acercó a Beril.

—Beril, ¿qué llevarás al círculo?

La cara desconcertada de Beril fue suficiente respuesta.

—¿Qué?

—¿Es que nadie te ha hablado del círculo?

Comenzaron a caminar hacia donde se encontraban las casas de los demás miembros del grupo. Argentis se les unió en silencio.

—Es un encuentro de todos los que habitan en Alasdain. Bueno, a quien le apetece ir, no es nada obligatorio.

—¿Te refieres a una especie fiesta?

—Sí, más o menos. De vez en cuando uno de los grupos se organiza para llevar algo de comer y de beber allí.

—¿Allí donde? —preguntó Beril con curiosidad.

—Se hace una gran hoguera en la playa cerca de las rocas de Alasdain. Casi en la entrada de la cueva de las naves.

Beril negó despacio con la cabeza mirando a Olivin. Argentis carraspeó incómoda.

—Ah, claro, tú no sabes dónde está.

—Podemos quedar en casa de Beril para preparar juntos algo de comer, ¿os parece? —dijo mirando a Argentis.

—Por mí de acuerdo —dijo Beril.

—Muy bien —respondió Argentis, y a saltos ligeros se alejó hacia la zona de su casa.

Olivin la miró desaparecer.

—¡Nos vemos allí entonces a media tarde! ¡Yo me encargaré de llevar el postre!

Y se alejó también ella. Beril se dio media vuelta y comenzó el regreso a casa solo.

* * *

Los entrenamientos ocupaban gran parte del día y el programa de aprendizaje lo decidía en cada momento el maestro Caolín. A veces les hacía leer libros de historia, literatura, astronomía o incluso botánica y poesía. Y estudiaban diferentes idiomas.

En otros muchos momentos el entrenamiento era físico. Era entonces cuando a Beril le costaba de verdad seguir el ritmo del grupo, igual que cuando practicaban los movimientos de defensa y ataque.

Pero había hecho grandes progresos en muy poco tiempo.

Sacó el asado del horno. Se había anticipado a la llegada de Olivin y Argentis en el caso de que llegaran demasiado tarde.

Había seguido una receta que había hecho mil veces. Se acordó de las horas de cocina junto a su madre.

La echaba infinitamente de menos... y las noches eran tan largas sin Ferin. A veces le daba la impresión de estar viviendo una vida distinta. Como si su vida anterior fuera solo un producto de su imaginación, un sueño. Una antesala de su propia existencia.

Alguien llamó a la puerta, interrumpiendo sus pensamientos.

Dejó la carne encima de la pequeña encimera de la cocina.

Abrió la puerta y se encontró de frente a la joven de cabello cenizo.

—¡Argentis!

—¿Llego en mal momento? —dijo ella ante la expresión de Beril.

—Ehhh... No, no..., es que pensaba que vendrías con Olivin. Ella no ha llegado aún.

—Si tardamos más no nos dará tiempo a preparar nada... Aunque por el aroma que me está llegando no nos has esperado para cocinar.

—No —sonrió Beril algo avergonzado—, he empezado hace un rato, pero no he hecho gran cosa.

—¿Puedo pasar? —dijo señalando hacia el interior de la casa.

—¡Sí, claro! Perdona —dijo apartándose del hueco de la puerta para dejarla pasar.

Al entrar llenó la sala del perfume dulce y fresco de las higueras al comienzo del verano. No pudo dejar de notar el ligero vestido gris claro que resaltaba perfectamente su figura delgada.

—Estás muy... elegante.

—¡¡Gracias!! —rio ella, algo incómoda.

Argentis se acercó a la cocina y miró por encima lo que Beril había preparado: una pieza de carne asada con especias, unas patatas hervidas que esperaban a ser trituradas y unas verduras cortadas y condimentadas extendidas sobre la bandeja del horno.

—Mmmm... pero si ya casi has acabado. ¡¡Parece todo delicioso!!

—Sí, en realidad solo queda meter la bandeja en el horno. Y el postre lo trae Olivin.

—¡¡Ah, fantástico!! —exclamó cogiendo la bandeja y acercándose para meterla en el horno caliente.

Beril sonrió.

—Espera, está demasiado caliente para meter las verduras. Acabo de sacar la carne. —Le quitó la bandeja de la mano.

—Cuidado con el horno que lo dejo abierto, ¿ok?

—Sí, sí.

Agarró el delantal y acercándose a ella se lo pasó por la cabeza, colocándoselo después alrededor de la cintura e inclinándose sobre su hombro lo anudó ajustado en la espalda casi con un abrazo.

—No querría que te mancharas... —dijo a modo de disculpa con media sonrisa.

—Gracias —dijo ella—. Beril... yo… quería preguntarte... Bueno, en realidad... esperaba que me pudieras acompañar a la fiesta del aniversario de Alasdain.

Beril la miró sorprendido, recordando la reciente conversación con Aramen y Quarzo. Se separó de ella instintivamente.

—No me refiero como pareja. Solo como acompañante.

—Oh. Sí, claro. Es solo que…

Argentis se sonrojó de la cabeza a los pies.

Y Beril se sintió culpable, aunque se recordó que no estaba haciendo nada malo.

—Si tienes ya acompañante o si no quieres venir conmigo... —dijo observando su expresión.

—No, no es eso —le sonrió—. Es que no sabía que hubiera una fiesta...

—¡¡Ah!! —exclamó aliviada—. Sí, en realidad es dentro de unas semanas. Es obligatoria para todos los aprendices.

Beril asintió incómodo.

—¿Vendrás conmigo entonces?

—Sí... claro. ¿Por qué no?

—¡¡Genial entonces!! Gracias.

Beril hubiera querido decirle que ya no le gustaban especialmente esas ocasiones, pero no quiso decepcionarla. Estando con ella se sentía a gusto y conseguía hacerle olvidar las penosas circunstancias que lo habían llevado hasta ahí.

—Bien, y ahora… visto que pareces tener todo planeado: ¿qué hago?

Beril cogió un recipiente que estaba sobre la mesa y se acercó.

—¿Qué es?

—Es una masa de pan, tienes que meter dentro estos ingredientes y amasarlo un poco más, luego te ayudo a darle forma y los metemos en el horno con las verduras, ¿vale?

—¿Aceitunas? ¿Un pan con aceitunas? —Miró el resto de los ingredientes que él le había dejado alrededor: pequeños tomatitos, ramitas de orégano y romero...— ¿Todo esto tengo que meter en el pan? ¿Estás seguro?

Él rio, pero no contestó y se dispuso a cortar la carne en finas lonchas.

Pero cuando el cuchillo afilado se hundió en la carne y un hilo de sangre corrió por la tabla, sintió una fuerte palpitación en el pecho, un escalofrío le recorrió el cuerpo e incontrolables temblores lo agitaron.

Le costaba respirar y se le nubló la vista.

Oyó a Argentis que le hablaba desde muy lejos.