CAPÍTULO 8. Unos ojos de un profundo gris
L e habían limpiado los cristales, había lavado la camisa y cubierto las heridas. Aun así, Caolín no había necesitado ni siquiera mirarlos para saber lo que había pasado.
Beril no supo cómo, pero lo sabía.
Los había hecho formar en una hilera y pasaba frente a ellos como un general ante su ejército.
—Os he confiado una misión. El más débil de entre vosotros, al menos aparentemente, debía ser protegido y ayudado, instruido... Esta primera misión no la habéis cumplido en ninguno de sus aspectos. Quiero que uno por uno deis un paso al frente y asumáis vuestra responsabilidad.
Quarzo fue el primero. Dio un paso al frente sin dudarlo. Lo que ocurrió después dejó a Beril sin respiración. Caolín se movió ágilmente sobre sus pies agitando su bastón con fuerza. Sobre Quarzo apareció un enorme bloque oscuro que él sostuvo sin moverse, en equilibrio sobre su cabeza.
Acto seguido fue Aramen quien dio un paso al frente.
También él se convirtió en una figura inmóvil, concentrado en mantener el equilibrio bajo la pesada carga del Maestro.
La siguiente en dar un paso al frente fue Argentis, pero Beril se anticipó situándose al frente de todos, sorprendiéndolo su preocupación por ella.
—Maestro Caolín, me gustaría asumir toda la responsabilidad de lo sucedido por cada uno de ellos. La culpa de que discutieran entre ellos es únicamente mía.
Caolín lo observó con tranquilidad. Beril miraba al maestro con intensidad y su cuerpo se llenó de adrenalina porque sabía lo que se le avecinaba.
—¿Estás dispuesto a asumir tú la responsabilidad por todos ellos?
—Sí —respondió Beril, casi arrepintiéndose.
—¿Por todos?
—Sí —repitió.
—¿Incluido Quarzo? —Beril lo miró. ¿Cómo podía saber que había sido él?
—Incluido.
—¿Por qué?
—No creo que antes de mi llegada hayan tenido un motivo de discusión como el que tienen ahora, ni una carga como la que tienen... —respondió Beril, mirando de reojo a Quarzo, que casi dejó caer el peso que sostenía sobre su cabeza por mirarlo de soslayo.
El maestro del grupo pasó delante de ellos nuevamente.
—Vuestra carga se ha convertido en vuestra fuerza como grupo. Gracias, Beril, creo que serás muy útil en el lugar que has elegido. —Miró a los demás cuando añadió—: Yo me sentiría afortunado de tener al lado a un compañero así...
Y volviéndose de nuevo hacia él, dijo:
—Arrodíllate y extiende los brazos en cruz.
Tras el discurso había esperado que todo se hubiera quedado en una advertencia, pero aceptó las consecuencias de su decisión hasta el final.
El primer bloque le pareció más pesado de lo que esperaba y sobre todo complicado de mantener en equilibrio sobre su cabeza. Cerró los ojos.
—Quarzo —dijo el maestro.
Sonó el bastón contra el suelo de nuevo y con la aparición del segundo bloque notó la tirantez de las heridas apenas curadas.
—Aramen.
Algunas de las heridas empezaron a sangrar de nuevo con los músculos tensándose.
—Argentis.
—Olivin.
La tercera y la cuarta sobre sus manos le desequilibraron momentáneamente. Notó que alguien le ayudaba a retomar el equilibrio arrodillándose frente a él y sosteniéndole las manos. Abrió los ojos para encontrarse con otros a pocos centímetros de los suyos. Unos ojos de un profundo gris.
—Respira despacio y siente la fuerza que se mueve ligeramente. Síguela —dijo la voz de Argentis cerca de él.
El quinto bloque lo dejó unos segundos sin aliento.
—Rod.
Un sexto y séptimo aparecieron casi simultáneamente mientras escuchaba los nombres de Amonina y Uvarovi, y el peso le produjo un dolor sordo. Tras el octavo, no solo las suyas sino seis pares de manos sostenían unidos el peso de todos aquellos bloques.
El grupo entero de elementales al que acababa de entrar a formar parte se agolpaba a su alrededor. Argentis frente a él proporcionándole la base de su equilibrio, con la frente apoyada en la suya.
—Malaquio —terminó el maestro.
Y al desaparecer los bloques Caolín lo miró con una vaga sonrisa en los labios.
—He acabado. Por fin estáis preparados para comenzar —dijo el maestro, satisfecho.
Sus compañeros lo rodearon para ayudarlo a levantarse. Algunas heridas de la espalda sangraban de nuevo, y un leve hilo de sangre asomaba también de la herida del pecho.
* * *
Distinguió la casa a lo lejos por la descripción que le habían hecho de ella.
Era una casa pequeña, de un solo piso con un porche cubierto y rodeado de un exuberante jardín.
“Una montaña de plantas y árboles que parecen estar a punto de engullir una pequeña cabañita”.
Sonrió. La explicación de Aramen no podía haber sido más precisa.
Llamó a la puerta tímidamente. Al poco tiempo esta se abrió y vio a una niña de poco más de diez años.
—¡¡Hola!! —dijo esta, despreocupada.
Beril no había esperado encontrarse a una niña pequeña. Es más, desde que había llegado no había visto ningún niño en los alrededores. Sabía que los había, sí, pero no sabía dónde.
—Hola —le contestó—. Estoy buscando a la señora Flora —dijo agachándose hasta quedar cara a cara con la niña—. ¿Sabes dónde está?
Ella lo miró ladeando la cabeza.
—Tú eres el chico que ha llegado hace poco malherido, ¿verdad? Del que todos hablan...
—Eh… sí, imagino que sí —respondió, ligeramente avergonzado.
—Mamá estaba muy preocupada por ti, ¿sabes? No sabía si te salvarías —dijo.
Entonces, aquella era la hija de la señora Flora. Tampoco sabía que nadie allí tuviera hijos.
—Tardaste mucho en curarte y de repente estabas ya bien... Dijo que eres muy fuerte.
—¿Eso dijo? —le preguntó Beril sonriendo de medio lado, inseguro, mientras recordaba la fuerza de Quarzo y la resistencia de Argentis.
—Sí, también dijo que eres muy guapo y que tienes algo muy especial dentro.
—Ah, ¿sí? —Beril rio ante la pequeña indiscreción.
—Sí... y ya veo por qué lo decía. Deja que te lo enseñe —dijo. Y apoyándole una mano en el pecho le alargó la palma de su otra mano.
Beril miró a la niña sin comprender. En ese momento, como de la nada, en su mano brotó una margarita con los pétalos rosados.
—¿Ves? —dijo ella, contenta.
Beril se quedó de piedra.
—¡Mira! ¿Con quién hablas? —la llamaron desde el interior.
La voz sonó detrás de la puerta, y casi al instante apareció la señora Flora en el umbral.
—Cuántas veces te he dicho que... ¡Oh! ¡¡Beril!! ¡Qué sorpresa!
La niña tomó la margarita de su mano y se la alargó a Beril, quien la sostuvo algo confuso aún. Mira se estiró hacia él, dándole un beso en la mejilla.
—Gracias —musitó, sonriéndole sinceramente, y ella escapó hacia el interior de la casa a pequeños saltos.
Beril se alzó mirando aún la margarita con curiosidad.
—Ella ha... —dijo indicándole la palma de la mano.
—Sí, ya lo sé... Ha heredado la misma habilidad que yo heredé de mi madre.
Flora lo hizo pasar al interior de la casa.
—Hace siglos que este don ha pasado de madre a hija.
—Entonces usted también…
Flora lo miró con atención.
—Cada persona en el mundo tiene un tipo diferente de don.
Al igual sucede aquí. Tal como algunos tenéis dones útiles para afrontar batallas, nosotras —señalaba hacia donde se había ido Mira— tenemos un don particular.
Hacemos brotar vida interpretando lo que hay en el interior de una persona…
Cada uno tiene sus particularidades, que reflejan el alma de una persona...
y pueden ayudarnos a sentirnos mejor cuando lo necesitamos, o a curar heridas.
O pueden causar alucinaciones, e incluso matar.
Pero nosotras nunca lo usamos para eso, sería deshonrar nuestra misión en este mundo.
Cogió la margarita delicadamente y la alzó.
—Bellis Perennis ... —dijo sintiendo su aroma—. Su sencillez la hace bella sin igual... Tiene su sentido, ¿no?
Cogió la mano de Beril poniendo la palma hacia arriba, donde posó la suya.
De ella surgió una especie de helecho de pequeñas hojas alargadas.
—Mimosa púdica... Este don nos ayuda también a conocer a las personas. A veces las plantas, como las personas, parecen corrientes, comunes…
Tocó ligeramente el dorso de las hojas y estas, para sorpresa de Beril, se comenzaron a mover cerrándose unas contra otras.
—Pero ninguna lo es...
Beril la miró sin saber bien si se refería a las personas o a las plantas.
—Beril, eres una persona excepcional, fuerte y valiente. Necesitas únicamente aceptarlo…
—Ya… No me ha servido de mucho con Caolín.
Le explicó lo sucedido mientras la buena mujer resoplaba a la vez que sonreía.
A pesar de estar claramente en contra de los métodos utilizados por el maestro no emitió palabra al respecto.
Le aplicó una pasta sobre las heridas masajeándolas cuidadosamente.
Sorprendentemente se encontró mejor al momento.
Le agradeció las curas y salió de su casa más tranquilo, como si su ánimo se hubiera apaciguado cerca de ella, con su voz suave y su característica tranquilidad.
* * *
—No sé qué le ha pasado por la cabeza... Es verdad que desde hace tiempo tiene fama de ser el más descabellado de los maestros, pero de ahí a aplastarnos literalmente ... —Aramen estaba indignado.
—Cállate, tonto. A ti y a mí nos ha ido bastante bien. Es Beril quien se ha llevado la peor parte —dijo Quarzo.
—Gracias por precisar —dijo Beril.
Los tres estaban tumbados en el jardín de Beril.
—Eres un idiota —dijo Quarzo. Aramen afirmó con la cabeza y rio.
—Me alegro de que hayáis apreciado mi gesto —le picó Beril, ácido—. Pero ¿de verdad habría castigado de esta forma a todos... y a todas? —preguntó Beril después de un momento de silencio.
—No lo sé... —respondió pensativo—. Imagino que sí.
—Beril, aquí quienquiera que seas, hombre o mujer, el compromiso es el mismo. Y la misión es la misma. Por lo tanto, las consecuencias también. Por eso una de nuestras normas es no ligarse emocionalmente entre nosotros... a menos que se haga definitivamente. —Quarzo lo miró con intención.
—Venga, tío —rio Aramen—, no te pases. Esa era una norma antigua, hoy en día no es real.
Únicamente se aconseja no distraerse durante el periodo de entrenamiento.
Pero no lo sigue nadie y no está controlado para nada...
Obviamente no estamos hablando de una unión definitiva, sobre eso hay que pensárselo mejor —reía Aramen.
—Ya, pero a lo mejor en algunos casos debería observarse —dijo dirigiéndose a Aramen.
Aramen pareció entender algo que Quarzo había querido insinuar. Los dos miraron a Beril al mismo tiempo y Aramen le dijo:
—Sí, es un buen consejo. —Y se aclaró la garganta continuando—: Beril... es mejor que te mantengas lejos de Argentis.
—¿Cómo dices? —La seriedad de la afirmación lo pilló por sorpresa. Aún más viniendo de Aramen.
—No te conviene complicarte con ella en ese sentido... Créeme, lo digo por ti.
—Gracias por vuestra preocupación, pero no me interesa en absoluto. No de esa forma, quiero decir.
—Ya, ya... Claro.
—La conozco solo de hace pocos días, y no tengo intención de “complicarme con nadie”... No puedo...
Quarzo y Aramen se miraron entre ellos y comenzaron a reír.
—¿Y eso qué narices quiere decir? —preguntó Quarzo.
—No creo que me interese nunca más tener una relación. —Se aclaró la garganta, incómodo—. Yo...
—Dirás que por ahora no te interesa, pero no te conviene después tampoco… —comenzó a decir Aramen, pero algo en la expresión de Beril los hizo dejar de reír.
Silencio.
—Ya... —Se pasó las manos por la cara y continuó diciendo, en tono ya más casual—: Además me parece haber visto que ella tiene cierto interés en algún otro... —Al decir esto miró a Aramen, quien en un primer momento no se dio por aludido.
—Quién, ¿yo? Jajaja. ¡¡ No !! ¡¡Argentis es como mi prima!! Jajaja no, no... para nada. ¡Te lo aseguro!
Beril lo miró, pareciéndole que la negación de su amigo confirmaba sus suposiciones.
Cuando se hubieron ido se metió en la bañera repleta de agua caliente y se relajó. Había sido un primer día complicado y bastante duro.
Cuando bajó se encontró en la mesa una cena caliente preparada por alguien anónimo. En una nota se leía con letras brillantes: “Bienvenido a Alasdain, Beril Arcomayor.”
Sonrió pensando que tendría que acercarse a agradecérselo de nuevo a la señora Flora.
Si todos los días iban a ser como aquel, iba a necesitar mucho empeño y fuerza para seguir adelante. Pero ahora sabía que no iba a renunciar, pasara lo que pasara.