CAPÍTULO 7. Tu lugar
A travesaron la pradera de nuevo pasando por delante de la pendiente que llevaba a su casa, pero no lo tomaron, esta vez siguieron de frente.
Atravesaron un bosque, dejaron atrás la fuente derruida y llegaron a la explanada donde el día anterior había encontrado al grupo del que supuestamente formaba parte.
Un denso musgo acolchaba la tierra en ese lugar, dejando un aroma fresco a cada paso que daban.
—Buenos días, Maestro Caolín.
El grupo entero se giró en su dirección.
—Ah, aquí estáis por fin... —dijo uno entre ellos que parecía el mayor. Al volverse hacia ellos, Beril vio que se trataba de un anciano. No lo habría adivinado jamás por su figura y su postura.
—Buenos días —dijo también Beril, mientras observaba al hombre—. Soy Beril Arcomayor, y creo que...
Se detuvo notando el gesto del hombre que tenía delante. Lo observaba atentamente. Hubo un murmullo de fondo.
—Eres peculiar, sí... —susurró. Y se movió con delicadeza a su alrededor, como llevado por el viento—. Al entrar aquí te has despojado de tu apellido... serás únicamente Beril. Beril… Beril… curiosa elección, tu nombre.
Alzó la mano nudosa e hizo ademán de tocarle la cara. Beril se apartó rápidamente, pero no consiguió evitarlo. El viejo parecía saber con antelación cómo se movería. La mano le inmovilizó la cara y la acercó a la suya, mirándole fijamente a los ojos.
Beril le sostuvo la mirada al principio con sorpresa, más tarde con desafío... Aunque sospechaba que habría sido inútil intentar deshacerse de esa mano.
—Beril... —Los ojos de un profundo negro le resultaron familiares y reconfortantes.
Con la rapidez con la cual lo había agarrado, lo dejó libre, diciendo:
—Veremos qué es lo que sale de dentro de ti, Beril ...
Todos los miraban. Se encontraba algo perdido, no sabía a qué se refería. De nuevo, había partes de la imagen que desconocía.
—Perdone... soy nuevo aquí y no sé muy bien qué es lo que se espera de mí.
—No me interrumpas y ve a tu sitio. —Obtuvo por toda respuesta.
—Lo haría —barbotó para sí mismo—, si tan solo supiera cuál es mi sitio...
El anciano se giró de nuevo hacia él.
—Bien, eso es lo que tienes que buscar para empezar... —Y con esto, comenzó a golpear el suelo con su bastón, alejándose.
A su alrededor todos se movían silenciosamente, realizando movimientos que él no comprendía, todos distintos unos de otros.
Nadie le prestó atención mientras los observaba, concentradísimos en sus gestos.
Entre ellos reconoció a Argentis, que se movía con los ojos cerrados, como una chiquilla que baila al compás de una música imaginaria. Destacaba entre todos los demás del grupo con su piel casi transparente bajo la luz blanquecina de aquella bóveda.
No sabía bien qué hacer. Caolín no parecía verlo mientras estudiaba atentamente a sus discípulos al moverse.
Prestó atención a Aramen, también él se concentraba en seguir unos pasos concretos.
Se dio cuenta de que estaba descalzo. Todos lo estaban.
Se agachó y se sentó en el suelo mientras se quitaba los zapatos, que tiró hacia un lado.
Se puso de pie cerca de Argentis, cerró los ojos e intentó escuchar una melodía que todos parecían oír, menos él.
Los golpes del bastón cesaron de repente y cuando abrió los ojos vio que todos habían interrumpido su movimiento y lo observaban.
El maestro estaba de nuevo mirándolo fijamente.
Temió haber hecho algo mal, aun no habiéndose movido.
—Veo que has encontrado tu sitio, Beril —decía el anciano con gesto duro.
—Bueno... si quiere me puedo poner en otro.
—Basta de dudas, Beril. Cada uno decide dónde quiere estar. La vida está hecha de millones de elecciones que nos van mostrando quiénes somos. Si este no es tu lugar, lo sabrás pronto, y te moverás tú solo. Sentémonos un momento.
Todos le obedecieron y comenzó a hablar.
—No es habitual tener en el grupo a un discípulo como Beril, tan atrasado...
—Beril se sintió algo ofendido, pero no dijo nada—.
Esto podría retrasar al grupo por entero, por tanto, es responsabilidad de todo el grupo que él alcance el nivel de los demás y adquiera la destreza y la sabiduría necesarias para poder avanzar todos juntos, de otra forma no estaréis listos para ninguna misión cuando sea necesario.
Beril, todo el grupo depende de ti. Tengo la sospecha de que pronto conseguirás estar a la altura de seguirlos.
Ellos te ayudarán y tú a ellos. Por esto, te pido que hagas el esfuerzo de seguir a todos tus compañeros de grupo, aunque muchas veces no comprendas...
Que imites lo que ellos hacen para poder entenderlo...
—No querría retrasar a nadie, antes preferiría...
—Has aceptado y llegarás hasta el fondo con todas las consecuencias… que como bien sabes, no afectan solo a tu persona.
Beril miró a Argentis. Ella le devolvió la mirada solo con el rabillo del ojo, apretando los labios mientras ahogaba una sonrisa.
—De acuerdo —respondió.
—Bien. Ahora cerrad los ojos y centrad la atención en vuestra respiración.
La voz del anciano era ahora tranquilizadora, suave y armoniosa, casi hipnótica Intentó hacer lo que decía.
—Una respiración pausada, el aire que pasa a través de la nariz y llega hasta los pulmones, refresca nuestro cuerpo y nos renueva, vibra dentro de nosotros y nos deja tantas cosas a su paso.
Notó las manos firmes del anciano que corregían su postura, enderezando su espalda mientras tiraba hacia atrás de los hombros. Notó crujir sus huesos y le dolieron los músculos. Se centró nuevamente en la respiración.
—Notad cómo el cansancio desaparece y nos llenamos de calma y fortaleza. Y dejamos ir el aire exhalando partículas de nuestro propio ser. Sentid el aire que nos envuelve, la luz que nos ilumina, el terreno que tocamos... en el que vibra cada elemento con una nota diversa.
Permanecieron así largo tiempo, los músculos de Beril dejaron de dolerle y la posición le proporcionaba efectivamente calma y tranquilidad.
La voz de Caolín dejó de sonar sin más y todos empezaron a levantarse a su alrededor. Silenciosos como si despertaran de un sueño. Caolín había desaparecido.
Se levantó también él y vio que se le había acercado Argentis.
—Argentis, quería decirte que anoche yo…
—Sssshhhh... Sé lo que vas a decir. Olvídalo, por favor, no te preocupes —lo frenó seriamente, colocando suavemente las yemas de sus dedos sobre los labios de Beril—. Creo que ya has conocido a Aramen. Bueno, no te fíes demasiado de él, ¿eh? Es un bromista de campeonato.
—¡¡Ehhhhh!! —protestó el aludido desde detrás de Beril. Se intercambiaron entre ellos una mirada de complicidad.
—Y… te presento a los demás que aún no conoces. Este es Malaquio, la cabeza de nuestro grupo… hasta el momento —bromeó guiñándole un ojo.
—Y también el más aburrido —añadió Aramen acercándose a su oreja, pero sin moderar la voz para que Malaquio lo escuchara, el cual rio entre dientes.
—Y ellos son Rodio y Quarzo.
—Llámame Rod —dijo el primero.
Todos se acercaron y le estrecharon la mano.
—Y.… las que van por allí son Uvarovi, Amonina y Opal... y... ¿Dónde está...? Olivin. —Una chica que parecía poco mayor que Argentis se acercó y ella la agarró por el brazo—. Olivin hace el mejor bizcocho de chocolate que hayas probado jamás. Recuérdalo, ¡créeme, es importante!
—Encantado —dijo mirándola. Olivin le fijaba unos bonitos ojos casi transparentes, pero de un verde más intenso que los suyos propios.
—Sí... algo me dice que os llevaréis bien —dijo Argentis, y luego dio un golpecito con el puño sobre el hombro de Olivin.
—Te hemos preparado una comida de bienvenida —dijo Rod—, porque imaginamos que no estás aún muy familiarizado con la vida de aquí. Bueno, y porque Aramen dice que tienes la despensa con telarañas —rio.
El aludido le dio un puñetazo amistoso en el brazo.
—Sí, ¡pero además vive lejísimos! —aclaró Aramen, sonriendo como siempre—. No os imagináis las carreras que se va a tener que dar, además en la parte más alta de la colina.
Algunos rieron también y comentaron la novedad de que uno de ellos viviera tan lejos.
El entusiasmo de todos sacó a flote la timidez de Beril. Él nunca había sido muy sociable, y se encontraba un poco sobrepasado con todas estas amistades inesperadas.
Lo arrastraron hacia un grupo de casas cercano, que bordeaba una pared rocosa.
Sentados a la mesa, comieron unas tortas saladas hechas con verduras y un pollo asado.
Mientras comían hablaban con toda normalidad de la vida que llevaban. A Beril le parecía una escena irreal, y lo más irreal de todo era que él se encontrara en ella.
Le preguntaron con curiosidad por qué había hablado así al Maestro Caolín.
—¿Hablado cómo?
—Cuando le preguntaste cuál era tu sitio parecía que lo estuvieras desafiando.
—No... no lo pretendía. Es solo que no entiendo qué es lo que estabais haciendo.
Se miraron con preocupación entre ellos. Fue Malaquio, quien parecía ser el mayor de todos, quien rompió el silencio.
—Beril, te debe parecer muy raro todo, ¿verdad?
—Bueno... bastante —dijo con sinceridad.
Todos rieron mirándose entre ellos.
—Como sabes, nosotros estamos aquí para aprender a defender a las personas como tú de… algunos peligros que a decir verdad pueden ser… terribles.
—¿Personas como yo? —preguntó Beril.
—Técnicamente —interrumpió Aramen—, personas como la que eras tú antes de… bueno, antes de hoy.
Se hizo el silencio.
—Entiendo, gente común y corriente.
—¡Exacto! —exultó Aramen, contento de que Beril lo hubiera entendido, sin advertir al inicio la ironía con la que había dicho las últimas palabras.
Se volvieron mirándose inquietos los unos a los otros.
—Beril, somos solo personas que entrenan algunas habilidades para ayudar y proteger —explicó Malaquio.
—Guardáis algunas diferencias importantes, por lo que yo veo.
—Físicamente somos casi iguales. La única diferencia reside en que nuestra vida está dedicada a observar el mundo. A conectarnos con él, con su naturaleza, de la que todos formamos parte, para proteger y ayudar a los que la habitan.
La respuesta de Argentis le dejó sin palabras.
—¿A conectaros con la naturaleza? —preguntó.
—¡¡No puedo creerlo!! —estalló Quarzo dando un puñetazo sobre la mesa—. ¿Cómo es posible que ignore absolutamente todo ? No podremos ponerlo al día de una vida de cosas. ¡Nos retrasará demasiado!
—¡¡Quarzo!! —lo reprendió Olivin, y algunos de los que estaban sentados a la mesa se tensaron.
Los demás callaron, lo que indicaba que en el fondo a todos se les había pasado por la cabeza la preocupación de Quarzo.
—Yo creo que esta situación será peligrosa a largo plazo. No puede…
Aramen se echó a reír.
—¿De qué te ríes? —exclamó Quarzo, agresivo.
—De tu estupidez, hermano ¡respondió, aún entre risas, en su ataque de hilaridad.
Quarzo saltó de su silla haciéndola caer y empujó la mesa hacia el lado donde se sentaba Aramen, arrastrando a todos los que estaban en su trayectoria. Aramen cayó de espaldas al suelo y al levantarse todos sus músculos estaban crispados.
—¡¡Basta!! —gritó Opal. Refulgió de todos los colores con una explosión.
Todos se calmaron al instante—. No tiene sentido pelearse por esto.
No está en nuestras manos. Afrontémoslo y sigamos adelante.
Si no, nos quedaremos bloqueados en esta situación.
Esto lo comprendemos todos, incluido Beril —dijo, mirándolo con algo de reprobación—.
El grupo está ahora al completo y es necesario que colaboremos todos por igual.
La mitad de ellos se había levantado de la mesa. Argentis había llevado aparte a Aramen para calmarlo. Y Quarzo los miraba de reojo.
—Beril, no debes juzgarnos por ser lo que somos —dijo Malaquio—. Porque, por lo visto, lo que somos nosotros lo eres tú también. A ninguno se nos ha escapado que tienes una habilidad muy concreta, por mucho que esté totalmente cubierta de... —señaló a Beril por entero— materia bruta.
—¿¿Qué?? —Beril no podía creer que lo llamara materia bruta.
—¡¡No pretendía ofenderte!! —se anticipó Amonina, extendiendo las manos hacia Beril—. Es solo que… —comenzó, indicándolo.
—¡Bizcocho de chocolate para todos! —interrumpió Olivin, viendo que la discusión estaba a punto de volver a estallar.
Aramen se echó a reír de nuevo, Quarzo se abalanzó sobre él, seguido de Opal, Amonina y Uvarovi que lo agarraron justo a tiempo.
—¡¡Dejadle, dejadle!! —gritaba Aramen por encima de Argentis, mientras Rod lo paraba con el brazo.
Malaquio seguía la escena desde fuera sin intervenir, sacudiendo la cabeza con escepticismo.
De repente Quarzo apartó de un manotazo a los tres elementales frente a él.
Antes de que su mano llegara a Argentis, que se encontraba entre los dos, Beril se interpuso apoyando todo su peso contra Quarzo, cuyo tamaño estaba cerca de doblar el suyo.
Lo miró directamente a los ojos e intentó que no avanzara, pero antes de darse cuenta de sus movimientos, Quarzo había agarrado su muñeca, y aprovechando todo su impulso lo lanzó contra la mesa, que cayó con todo lo que tenía encima, incluido el bizcocho de chocolate de Olivin, entre platos rotos y cristales de colores.
Se hizo el silencio. Beril sintió algunos cortes sangrando en la espalda. Abrió los ojos y vio nueve personas que se inclinaban sobre él. Quarzo le ofreció la mano y lo alzó como si de una pluma se tratara, con los ojos muy abiertos.
Como si no le doliera ya el cuerpo por todos los acontecimientos vividos últimamente, se le añadieron unos cuantos cortes más.
—Disculpadme, no pretendía hacer daño a nadie. —En la voz de Quarzo se escuchó una nota de arrepentimiento, al darse cuenta de lo que había provocado—. Es solo que a veces…
—¡Explotas! —exclamaron unos cuantos al unísono.
—Creo que si sobrevivo aquí una semana, estaré lo suficientemente entrenado como para hacer frente a todos esos peligros de los que habláis... —dijo Beril en un susurro.
Todos rieron.
Olivin volvía con gasas y agua. Argentis le quitó la camisa y todos hicieron un gesto de preocupación al ver la sangre.
—Nos van a matar —dijo Aramen, que había dejado de reír.