El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 6. Nada a cambio
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CAPÍTULO 6. Nada a cambio

A la mañana siguiente Beril se sentía como si le hubiera pasado una manada de elefantes por encima mientras dormía. Le dolía la cabeza, por no hablar de los brazos y las piernas, que le molestaban con cada movimiento.

Había dormido toda la noche sin despertarse, y por primera vez desde que llegara a Alasdain, no había tenido pesadillas que le alterasen el sueño.

Quizá el mérito de esto fuera el tónico que Flora le había hecho beber antes de acostarse.

Le sonaban las tripas cuando alguien llamó a la puerta. Salió a abrir, comprobando que la señora Flora no estaba por ningún sitio.

Era Aramen. Traía con él una bolsa de papel que sostenía en los brazos.

—¡¡Buenos días, dormilón!! —dijo, echándole una mirada llena de simpatía.

—Hola.

—He imaginado que no tendrías nada en la despensa aún.

Pasó de largo y se dirigió al ángulo opuesto, donde estaba dispuesta una pequeña cocina visible, integrada en un entrante detrás de una columna.

—Yo... —dijo, rascándose la cabeza distraídamente—. La verdad es que no sabía ni siquiera que tengo una despensa.

Hasta ahora no había tenido que preocuparse por nada de eso, y ni se le había pasado por la cabeza, pero tampoco sabía cómo hubiera podido hacerlo.

—Ok, ok... —dijo Aramen—. Poco a poco. Para empezar un buen café y unos buenos huevos revueltos, ¿ok? ¡Yo aún no he desayunado tampoco y me muero de hambre!

—Emmm... gracias —dijo Beril algo confuso. Aramen se dio la vuelta y le sonrió mientras manejaba una sartén que había encontrado en uno de los armarios. Con un gesto de la mano le dio a entender que no se preocupara.

A los pocos minutos, sobre la mesa circular de la sala, Aramen dispuso unos platos con comida y unas tazas de café con leche. Se sentó en una silla y empezó a comer rápidamente. Beril se sentó también y probó los huevos. No se había dado cuenta de que tenía un hambre voraz.

—Mmmmm... —Aramen dio un sorbo al café y levantó la vista hacia Beril.

—Ahora empezamos a razonar, ¿eh? —reía estrepitosamente con carcajadas contagiosas.

—Muchas gracias… por todo esto. Yo... no sabía que tenía que haber... —balbuceó sintiéndose torpe.

—Sí, sí... Tú no te preocupes, ya me lo imagino. Para que lo sepas: aquí cada uno es responsable de sí mismo, de su casa y de su comida.

—¿Su casa? —preguntó Beril.

—Veo que nadie te ha explicado una sola palabra. Pero también es normal —reflexionó en voz alta.

—Bien. Empecemos entonces desde el principio, si te parece...

—Sí, me sería útil, gracias —dijo Beril, aliviado.

—Ok... a ver. Esta —señaló a su alrededor— es tu casa, como has podido comprobar.

La puedes modificar como quieras, porque creo que vivirás en ella, al menos mientras permanezcas en Alasdain.

Lo normal es que lleguemos aquí siendo niños.

De hecho —dijo, de nuevo riendo—, hay una zona en Alasdain en la que es mejor no entrar a no ser que sea estrictamente necesario, allí las normas no tienen validez aún.

Su gesto le pareció cómico y risueño mientras hablaba.

—Pero tú esa etapa te la has saltado. Así que tienes que asimilar mucha información rápidamente. Cuando el Namak observa ciertas características en nosotros y calcula que estamos preparados, empezamos el entrenamiento.

»Entonces se forma un grupo, nos trasladan y nos empezamos a entrenar.

Y vivimos cerca de la gente del grupo, con la que solemos estar, nuestros amigos y tal...

Tú entrenarás en mi mismo grupo, aunque hayas llegado a destiempo y en unas circunstancias algo...

diferentes. —Aramen normalmente reía mientras hablaba, pero mientras decía esto miró al suelo e hizo una mueca—.

Por eso te asignaron esta casa, que no está precisamente cerca de los que estamos en el grupo del primer nivel.

Imagino que terminarán cambiándote de casa...

Al menos sería más fácil, pero no lo sé.

—¿Y dónde estáis vosotros?

—¡¡¡Pfffff!!! ¡¡Al otro lado de Alasdain exactamente!! —reía—. Cada grupo se entrena con los miembros de su grupo, cerca de las casas que habitan... —Gesticulaba con las manos mientras hablaba—. Mi casa está cerca de la pradera, donde nos visitaste ayer con Eilean mientras esperábamos al maestro...

—Ah.

—Sí. ¡Eso quiere decir que cada vez que entrenemos tendrás que correr para llegar puntual! —Y reía de nuevo.

A Beril no le importaba despertarse algo antes para llegar a tiempo.

—¿Y qué grupo es el que está en estas casas?

—Emmm... Pues estás entre las casas de los elementales de tercer nivel...

Pero no me preguntes por qué te han puesto aquí...

—Una sombra le cruzó casi imperceptiblemente el rostro—.

¡¡Imagino que creían que no estarías mucho tiempo!

! —Se burló amistosamente, y su expresión hizo reír también a Beril.

Al fin y al cabo, él tampoco había esperado estar mucho tiempo allí.

Aramen se irguió como si escuchara algo, se puso serio y giró la cabeza.

—Vamos —dijo de repente—, se hace tarde y tengo que explicarte aún unas cuantas cosas. Venga.

Bebieron el café a grandes sorbos, de pie, antes de salir por la puerta del jardín apresuradamente.

Se podía decir que Aramen corría más que andaba y Beril notaba cómo le tiraban todos los músculos de su cuerpo.

—Vamos a dar una pequeña vuelta por el mercado, porque si no morirás de hambre...

—¿El mercado?

—Claro, ¿o creías que te llegaba sola la comida a casa? —dijo, riendo de nuevo.

La claridad no era tanta como cuando había atravesado aquel campo con Eilean, o eso le parecía. Pero quizá solo se estaba acostumbrando a la luminosidad de la cueva.

Bajaron por el prado inclinado como había hecho el día anterior, pero giraron a la derecha al llegar a la explanada. Al girar un grupo de casas se encontraron con una pequeña muralla de caliza de un color amarillento y grisáceo, coloreado de verde por el musgo en algunos puntos.

—Este es el mercado. En realidad, es un pequeño poblado de comerciantes, como verás.

—Y ¿qué hacen aquí?

—Bueno, ¡trabajan! —Por la expresión de Aramen dedujo que para él la respuesta era obvia.

Pasaron por un arco y se encontraron de lleno en un mercado bullicioso repleto de pequeños puestecitos donde se amontonaban artículos de toda clase y color, desde verduras, especias y carnes hasta ropa e incluso instrumentos musicales. Era increíble la variedad de los artículos que ofrecían.

—Si quieres puedes comprar un par de cosas que te hagan falta, pero rápidamente, así después pasamos por tu casa para dejarlas al vuelo y corremos al campo de entrenamiento.

—Ya... solo que yo no tengo dinero para comprar nada.

—¿Que no tienes dinero? —preguntó Aramen extrañado, aunque era una pregunta de la cual ya debía conocer la respuesta.

—Verás, justo cuando toda mi vida estaba en ruinas y herido, yo estaba precisamente pensando en recoger mis ahorros para poder venir aquí a comprar souvenirs en vuestro mercado —dijo irónicamente.

Aramen rio, lo que hizo sentir a Beril un poco fuera de lugar, por lo que alzó los ojos al cielo, se dio media vuelta y empezó a caminar de nuevo. Pero Aramen lo alcanzó en dos pasos y lo frenó agarrándolo por el brazo. Beril intentó desasirse, pero Aramen lo sostenía con una fuerza extraordinaria.

—Escucha… —barbotó plantándose delante de él, cerrándole el paso.

Beril se detuvo en seco y miró los ojos oscuros de Aramen.

—Yo no tengo nada. Todo lo que tenía ha quedado en la ciudad de donde vengo.

—Perdona. Me he explicado mal. No tienes que preocuparte por eso, los mercaderes que ves aquí trabajan para traer lo necesario a nuestra población y a cambio reciben elementos que nosotros les proporcionamos.

—Pero yo tampoco tengo… —comenzó a lamentarse Beril.

—Lo sé, pero no tenemos que preocuparnos por ello… Al menos por el momento. Ellos te darán lo necesario, no te pedirán nada a cambio. No a ti.

Meditó un momento sus palabras antes de continuar su explicación.

—Nosotros somos aprendices de primer nivel. Llevamos a cabo los entrenamientos, poco a poco nuestra habilidad crecerá y podremos realizar pequeñas misiones... cada uno dependiendo de sus habilidades.

—¿Cómo...?

—Por el momento es mejor que te centres en el entrenamiento... —zanjó.

De nuevo se enderezó y giró la cabeza como escuchando algo.

—Bueno, entonces dejamos las adquisiciones para otro momento, ¿ok? Vamos, o llegaremos tarde a tu primer entrenamiento.