El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 5. Alasdain a medianoche con luna llena
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CAPÍTULO 5. Alasdain a medianoche con luna llena

En sus sueños recorría un campo de olivos con gente que dormía a su alrededor...

Y en el centro, sobre la fuente derruida, Argentis bailaba rodeada de gotas plateadas que poco a poco adquirieron tonos bronceados.

El escenario comenzó a parecerse al patio anterior de su casa, y un segundo después la Argentis que había conocido había cedido su lugar a la mujer dorada que bailaba murmurando una canción.

Parándose en seco delante de él, le clavó de nuevo la lanza de oro con los ojos de metal fundido mirándolo fijamente. “…tu madre eligió su destino...” le susurraba al oído, “...ahora tú has elegido el tuyo, Beril Arcomayor...”

Se despertó bañado en sudor y respirando agitadamente.

¿Había de verdad aceptado seguir allí?

No podía.

Realmente no podía seguir en aquel lugar, rodeado de gente que le hablaba de cosas extrañas que no tenían nada que ver con él y con su vida, en la que todas las personas que amaba habían dejado de existir.

Se levantó de golpe y salió despacio de la habitación, esperando encontrar a la señora Flora. Pero no encontró a nadie. La puerta no estaba cerrada con llave y salió sin ninguna dificultad.

En la ensenada una luz completamente plateada invadía todo con pequeños brillos.

Sobre su cabeza la bóveda de gemas centelleaba como millones de estrellas.

La belleza de todo lo que le rodeaba lo dejó paralizado por un momento.

Valía la pena estar allí solo para admirar cada noche aquel espectáculo.

Pero no podía quedarse.

Siguió caminando instintivamente. Bajó la pendiente, siguiendo el único camino que conocía. Pero ¿cómo saldría de allí? ¿Dónde estaba la salida?

Se sintió encerrado en un espacio inmenso.

Sus pasos errantes lo llevaron al acantilado.

Un fuerte rumor de agua cayendo lo atrajo al precipicio. Se acercó titubeante al borde para avistar un arroyo caudaloso que brotaba de la misma roca sobre la que él se encontraba. No recordaba haber oído el torrente cuando había venido con Eilean.

Podía percibir ahora la pequeña vibración bajo sus pies, el agua que pasaba entre las rocas.

Se acercó más aún, asomándose al borde. La noche era clara y el agua reflejaba el color de las gemas que pendían sobre él.

El acantilado encerraba un profundo círculo de agua oscura.

Comenzó a recorrer el borde con cuidado.

En algunos puntos de la roca pudo ver estrechos senderos oscuros.

Una estrecha playa rocosa en el lado opuesto a la caída del agua que hacía elevarse una pequeña nube de diminutas gotas y se precipitaba de nuevo hasta encontrar la superficie del lago.

Tras él lo sorprendió un rumor amortiguado. Al girarse pudo ver a Argentis. La terrible pesadilla de momentos antes parecía tomar forma, porque ella tenía una expresión dura y grave en lugar de su habitual gesto ligero, y una voz triste que susurraba.

—Qué haces aquí...

No parecía una pregunta, más bien una reflexión propia. Parecía tremendamente seria.

—Yo no soy como tú...

Ella acusó el golpe invisible de sus palabras.

—Beril Arcomayor...

Ella se acercó con el ceño fruncido y adelantó una mano, decidida a agarrarlo, pero Beril retrocedió instintivamente. Sus pies se enredaron, tropezando entre ellos, y notó lentamente cómo perdía el equilibrio al borde del acantilado.

Se abalanzó hacia delante pero no consiguió retenerlo.

Tras una caída que le pareció eterna su cuerpo chocó dolorosamente contra el agua. Una segunda figura rompió limpiamente la dura superficie cerca de él.

Ella, bañada por la luz plateada de la luna, lo agarró bajo el agua para intentar ayudarlo a subir. Beril intentó zafarse de sus manos, pero ella actuó firmemente y no pudo evitarlo. Salieron a la superficie braceando y tomando profundas bocanadas de aire. Nadaron juntos hasta la orilla afilada.

—¿Estás bien? Tenemos que llegar hasta la playa —dijo ella señalando en la dirección opuesta—. ¿Podrás hacerlo? Si lo necesitas puedes apoyarte en mí.

Beril miró la playa que no le pareció tan distante, al otro lado del lago, y empezó a nadar hacia allá. Ella lo imitó a poca distancia.

Cuando no habían llegado aún a la mitad del camino, Beril se detuvo.

—Está demasiado lejos —tuvo que admitir entre bocanadas dificultosas de aire.

—Lo imaginaba... —Argentis miró preocupada a Beril—. Deja que te ayude.

Beril no hubiera querido admitir necesitar ayuda, pero no era tan tonto como para ignorar que se sentía enormemente cansado.

Seguramente la herida había sido más grave de cuanto había imaginado y la corriente del agua demasiado fuerte.

Recordó cómo Argentis le había demostrado estar en forma en todo momento la tarde anterior.

Probablemente estaba entrenada para ello.

Cuando ella lo agarró sin esfuerzo, Beril notó un calambre que le recorrió el cuerpo desde el punto donde ella le había tocado. Comenzaron a avanzar lentamente, respirando rítmicamente, sin agitación.

De repente una voz les sorprendió desde arriba llamándolo.

—¡¡Beril!!

La cara de la señora Flora asomó en lo alto del barranco.

—Oh, gracias al cielo ... —escuchó—. Pero quién... —Se llevó ambas manos a la boca al verla a ella también en el agua.

—¡¡Estamos aquí!! —gritó.

Beril se soltó de Argentis y apresuró el ritmo para llegar lo antes posible. Vio cómo la señora Flora bajaba por las sendas excavadas en el acantilado.

Cada vez estaban más cerca las rocas. Empezó a sentir un calambre en el pecho, pero no se detuvo.

—Beril, estás agotándote. Agárrate a mí —le repitió Argentis.

Ignoró las palabras de ella. Estaban a punto de llegar, apenas diez metros y estarían en la orilla.

—Beril detente... Estás débil y a partir de aquí la corriente se hará mucho más fuerte.

Beril ladeó un segundo la cara para mirar a Argentis. Tenía el pelo totalmente empapado, los labios de una tonalidad azulada le indicaban que tenía frío. Temblaba. También él estaba helado, el agua debía estar a una temperatura bajísima. Pero era él la causa de que ambos estuvieran allí.

—Estoy bien, no te preocupes... —le aseguró.

—Beril... —Ella pareció contener una emoción profunda—. Déjame ayudarte, por favor…

Pocos segundos más tarde comenzó a notar lo que ella había querido decir.

Una corriente de agua aún más fría los rodeó y se angustió al no conseguir mantenerse a flote como al inicio.

Tragó una bocanada de agua de un sabor bastante amargo.

Argentis se agitaba pesadamente intentando agarrarlo, pero también ella tragaba agua.

Se separaron. La corriente tiró de Beril violentamente en dirección a la piedra oscura.

Vio cómo Argentis se sumergía antes de notar las rocas contra sus costillas.

Cuando abrió los ojos escupió tanta agua como pudo para poder respirar. Argentis lo arrastraba hacia la orilla. Muchas personas corrieron a su encuentro en ese momento y ambos se desplomaron, exhaustos.

—Pero ¿qué demonios ha pasado? —Escuchó la voz iracunda de Eilean—. Beril... —No dijo nada más porque Argentis cayó en sus brazos en ese momento. Ella parecía inerte. Beril tosía y no conseguía retener aliento para hablar. Temblaba violentamente.

—Beril... Mi pobre chico... —La voz de la señora Flora era tranquila y llena de tristeza—. Ven.

Más gente llegó a la playa. Algunos lo ayudaron a mantenerse en pie. Otros observaban la escena con gesto incrédulo. Y, los que más, se dirigían directamente a Argentis para ofrecerse a ayudarla.

Beril no podía articular palabra. Seguía en la playa, incapaz de moverse. Alguien lo había cubierto con una gruesa manta de lana y comenzaba a entrar en calor. Argentis había desaparecido hacía ya unos minutos. Ni siquiera le habían dejado verla antes.

Se sentía culpable por lo que podría haberle ocurrido.

Ella se había acercado al acantilado evidentemente para ayudarlo, no para agredirlo.

Si ella no se hubiera lanzado tras él, probablemente estaría en el fondo del lago en estos momentos.

Ella lo había encontrado en el momento perfecto.

¿Había sido una casualidad? Recordó las palabras de Eilean de la tarde anterior. Nada sucede sin una razón.

—Beril no me asustes, por favor, deja de mirar al vacío. ¿Puedes ponerte de pie? —La voz de Flora no podía sonar más preocupada, pero no le importaba. No podía dejar de pensar que habría podido matar a Argentis...

Alguien lo agarró del brazo y lo obligó a alzarse.

—Tío, vamos, yo te ayudaré. Te acompaño a casa. —Reconoció a uno de los jóvenes del último grupo que habían visitado aquella mañana, bastante más alto que Beril, de piel oscura y pequeños rizos de tonos cobrizos que se disparaban en todas direcciones.

Lo miró a los ojos y tragó saliva pesadamente.

—Podría haberla matado.

—¿Querías hacerlo? —le preguntó a bocajarro.

Beril no comprendió por qué le hacía esa pregunta.

—Jamás querría hacerle daño a Argentis.

Por alguna extraña razón su interlocutor parecía incrédulo.

Se miraron entre ellos un momento.

Y sin dejarle decir una palabra más, el chico cargó su peso sobre él y lo ayudó a ponerse en marcha. Caminaron pesadamente, seguidos por la señora Flora.

Cuando llegaron a la casa, la señora Flora lo envolvió en una manta seca y lo hizo sentarse delante de la chimenea encendida. El chico que lo había ayudado se sentó a su lado.

—Gracias —dijo Beril.

Lo miró con una sonrisa amistosa que le invadía los ojos y extendió su mano.

—Me llamo Aramen.

Beril se la estrechó.

—Beril Arcomayor.

Aramen rio con ganas.

—Perdona. Es que me lo he imaginado —dijo—. Por aquí te has dado a conocer en muy poco tiempo.

El momento se hizo menos tenso. La señora Flora se había ido a preparar un baño caliente para hacer entrar en calor a Beril.

—No estaba en mis planes —dijo.

—Sí, también eso me lo he imaginado. —Su mirada era más seria ahora—. Ni en los tuyos ni en los de nadie, me parece.

Irrumpió repentinamente Eilean en la habitación como una exhalación.

Estaba fuera de sus casillas. Se paseaba arriba y abajo, pasándose las manos frenéticamente por el pelo gris plomo, en aquel momento extrañamente desordenado.

Aramen se puso inmediatamente de pie, pero no hizo ademán de salir de la habitación.

—¿Qué demonios pretendías? —vociferó.

—No quería hacer daño a nadie. Y mucho menos a ella. Lo siento mucho. —dijo, tensándose.

Eilean paró en seco y lo examinó, los ojos de un gélido tono gris.

—Vete de aquí. Ahora.

Beril alzó la mirada, incrédulo.

—¿De verdad quiere que me vaya?

—Querías escapar, ¿no es así? —dijo Eilean, abriendo los brazos con impotencia—. Nadie te lo impediría.

Beril bajó la mirada, sintiendo un peso inesperado en el pecho.

—No creo ser la persona adecuada para estar aquí…

y no creo tener las habilidades que tienen todos los demás —dijo—.

Pero te juro, Eilean… que no quería hacer daño a nadie.

Estoy aquí porque querría proteger a la gente, intentar que no les pase lo que me pasó a mí, si hubiera solo una posibilidad de impedirlo.

La señora Flora esperaba de pie detrás de Eilean. Todos lo observaban con la boca abierta.

—Ahora, será mejor que me expliques cómo demonios terminasteis esta noche en el lago.

—Intentaba encontrar la salida. Creí que estaba solo, y cuando la vi...

Eilean abrió los ojos desmesuradamente.

—Puedo comprenderlo. Pero huir saltando al vacío no es la forma más inteligente.

Le pareció estúpido decirle a Eilean que en realidad había tropezado con sus propios pies delante del acantilado, pero no vio otra alternativa.

—No quería saltar... Me sorprendió encontrarme de repente a Argentis. Me… asusté.

Eilean lo miró de nuevo fijamente. Sus ojos parecían de metal líquido.

—¿Te sorprendió encontrarte con Argentis?

—Sí... Cuando caí ella saltó para intentar salvarme.

—Entiendo.

Eilean miraba ausente las llamas saltarinas.

—Le debo la vida. Si no hubiera sido por ella, probablemente estaría...

—Si no fuera por ella… estarías… —repitió, asintiendo ausente, como en un trance—. Por ella … no estarías… estarías … Pero estás aquí, y la debes la vida… a ella .

Se puso de pie y se sentó un par de veces, evidentemente confuso. Beril pudo ver que estaba en pijama, pero su pijama se diferenciaba poco de su traje normal. Se frotó de nuevo las sienes y la incipiente barba.

Observándolo un último momento se giró entonces hacia Aramen.

—Mañana lo llevarás contigo y comenzará a entrenarse.

—¿Mañana? ¿Tan pronto? Después de esto… —protestó Beril.

Girándose de nuevo, Eilean lo miró lleno de furia, con desafío.

—Después de esto tienes dos opciones: o me demuestras que me he equivocado contigo yéndote ahora o te quedas. Nadie te habría detenido esta noche y nadie te detendría ahora. Pero si te quedas, comenzarás a entrenar mañana mismo. Veamos a dónde nos lleva todo esto.

Por alguna extraña razón, Beril permaneció clavado en el mismo lugar.

—Cuidado, Beril, aquí cada uno depende de las personas que lo rodean; por esto cuidamos los unos de los otros celosamente, sin excepción. Los juramentos en Alasdain son ley. Cumple el que me has hecho esta noche.

Tras un momento de silencio Eilean se dirigió a Aramen, quien asintió silenciosamente, y después ambos salieron de la habitación.

—Venga, Beril —se acercó Flora—. Será mejor que tomes ese baño, o mañana no podrás levantarte. Te daré un tónico que te ayudará a dormir.

Al entrar en el baño Beril descubrió todos los puntos oscuros en su piel.

El impacto contra el agua le había entumecido el cuerpo, pero solo ahora, estando relajado, se daba cuenta de que podía haber sido mucho peor.