El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 4. El destino nunca te deja solo
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CAPÍTULO 4. El destino nunca te deja solo

Las últimas palabras de su madre le hacían revivir toda la secuencia de acontecimientos que lo había llevado hasta allí.

Le dolía la cabeza y el corazón parecía querer escapársele del pecho.

Eilean observaba la escena, pensativo. Parecía confuso.

Las voces cesaron tan repentinamente como habían comenzado y todos volvieron a su tranquilidad inicial. Totalmente indiferentes a la agitación que habían despertado en él.

Beril continuaba en el suelo, sentado sobre la arena, demasiado conmocionado para poder incorporarse de nuevo.

—Creo que a la señora Flora no le parecería bien que continuásemos ahora; probablemente deberíamos volver. Quizá lo mejor sea que sigamos en otro momento.

Le tendió la mano para ayudarle a incorporarse y lo miró detenidamente. Efectivamente no se encontraba en su mejor momento.

—¿Por qué me ha traído aquí? —preguntó, enfadado.

Y no habría sabido si le preguntaba por la visita de aquella mañana o por su llegada a Alasdain. De haberlo salvado, llevándolo a aquel lugar en vez de dejarlo morir junto a las personas que amaba.

Los elementales levantaron de nuevo la cabeza, esta vez con expresiones de enfado y fastidio ante la interrupción de sus voces.

—Shhh.... Ven, continuemos hablando más allá.

Llegaron a una especie de pérgola de árboles secos alrededor de una fuente, también seca y algo destartalada. Reflejaban la luz también unos bancos de piedra blanca donde Eilean hizo sentarse a Beril.

—Mi intención era hacerte ver que los que vivimos aquí...

—diciendo esto miró a Beril pensativo—, no somos malvados.

Ellos trabajan y luchan por proteger a la gente común a la que desconocen.

Gracias a nosotros permanecen ajenos a un mundo de peligros reales.

De agresiones y desastres que los amenazan desde la sombra.

—¿Para qué me lo quieres mostrar a mí?

—Para que intentes comprender que lo que le ocurrió a tu familia, a tus amigos...

—No me hace falta entender qué sucedió. Lo vi con mis propios ojos.

Eilean no dijo nada. Únicamente miró al suelo, pensativo.

—¿Ves Beril? Cada uno tiene su destino, que puede aceptar y seguir...

o negar. Y en este último caso la vida le manda señales y desviaciones para retomarlo.

A veces uno no acepta jamás su verdadero camino...

Porque es cuestión de tomar la decisión, de elegir algo que te ha elegido primero. De aceptarlo y abrazarlo.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? Yo no formo parte de todo esto.

La sorpresa se dibujó en la cara del hombre maduro que se encontraba de pie frente a él.

—Ese es exactamente el punto. Yo mismo no lo comprendo. A veces las señales indican cosas que resultan extrañas también para aquellos que están acostumbrados a leerlas.

Beril se había tranquilizado un poco. La curiosidad creciente lo distraía de las imágenes que luchaba por olvidar.

—¿Y qué indican ahora?

Eilean pareció escuchar algo y alzó la mano para hacer que Beril guardara silencio.

—Yo… —Se detuvo abruptamente y se giró—. Argentis —susurró.

—¿Qué?

Él no lo estaba mirando. Permanecía con los ojos perdidos en el infinito. Su expresión danzaba entre la sorpresa y el enfado, ahora. De nuevo con chispas cambiantes.

—Argentis... —dijo de nuevo. Esta vez en voz alta y clara. Beril no entendía con quién estaba hablando, y buscó a su alrededor, pero no vio a nadie.

De repente, de detrás de una de las figuras de la fuente, sonó una risa ligera.

—Imaginaba que era inútil esconderse de ti.

—En efecto, sobre todo tú —respondió Eilean, ahora con una pequeña sonrisa dibujada en la boca.

De detrás de la estatua de piedra sin cabeza que una vez habría representado a una mujer sosteniendo una gran cesta, se deslizó una figura pequeña y delgada.

—Tendrás tiempo después para explicar por qué no estás ahora con tu grupo. Pasaremos por allí y me aseguraré de que permaneces donde debes.

—Al fin y al cabo —dijo con un tono travieso que hizo sonreír a Beril—, es una cuestión de elección.

El gesto antes amigable de Eilean se había convertido en una expresión autoritaria. Se volvió hacia Beril y dijo.

—Te presentó a Argentis. Del grupo de los espíritus elementales de primer nivel. Ese grupo que debería estar entrenando como el que más.

—Es un placer... —dijo Argentis ignorando a Eilean, con un acento que arrastraba un poco las palabras.

Salió de entre las sombras saltando felinamente entre algunas piedras y se acercó a ellos despacio con pasos armoniosos.

La sorpresa se dibujó en la cara de Beril. Él ya la conocía.

—Tú...

Era la chica que había encontrado al despertar la primera vez en la Alasdain.

El Namak se situó con cierto gesto de temor entre ellos, momentáneamente. Al cabo de un segundo esa expresión fugaz desapareció y se convirtió en una enfadada, mirando a Argentis.

—No haré preguntas sobre el por qué os conocéis, pero habrá consecuencias sobre esta desobediencia —dijo mirando a Argentis, quien le devolvió una mirada tímida con una media sonrisa.

—En marcha —exclamó enérgicamente.

Beril se alzó rápidamente del banco para seguirlo. En vista de la situación, no quería seguir añadiendo leña al fuego que pudiera causar más problemas a la chica que se había colado en su habitación días atrás. Sentía una simpatía espontánea hacia ella. Inevitable.

Le costó seguirlos a través de un bosque de árboles pequeños, con el terreno inclinado hacia un pequeño río que corría siguiendo su camino.

Argentis caminaba a su lado. En algunos momentos difíciles del camino le ofreció ayuda.

Él hizo caso omiso y se esforzó por estar a la altura, pero ella era mucho más ágil y rápida que él.

A veces se distanciaba bajando al río y los alcanzaba nuevamente sin aparentes signos de fatiga.

Llegaron a un prado, separado del rio mediante una hilera de pinos altísimos que se inclinaban sobre un grupo de gente que parecía estar saltando y bailando lentamente. Era el grupo más joven de los tres que había visto.

Al verlos llegar se detuvieron y los miraron con gesto curioso. Algunos susurraban entre ellos indicando hacia Beril.

—Buenos días —dijo Eilean al grupo, haciendo que calase el silencio sobre ellos.

El grupo fijó la atención en su Namak.

—Buenos días —repitió—, quiero presentaros a Beril Arcomayor.

Como ya sabéis, ha llegado hasta nosotros en unas circunstancias un tanto...

especiales. —Los miró significativamente antes de continuar—.

Ha perdido gente muy querida para él: su familia, sus amigos, y todo cuanto poseía durante el asalto que intentamos evitar en Mulg, un pueblecito de gente común.

Campesinos y artesanos por lo general. Gente sencilla.

»Al principio, como muchos de vosotros y de los maestros, pensé que su estancia aquí era… un accidente, un error. Que apenas estuviera en condiciones habría que alejarlo de aquí.

»Pero nada sucede por error en este mundo. Todo tiene su sentido. Al hablar con él pensé que podría ser como una especie de puente entre nosotros y el mundo.

Hizo un alto para observar sus gestos, algunos parecían indignados.

—Pero ahora... me pregunto... —se volvió para mirar a Beril, que le devolvió la mirada silenciosamente—. He podido observar muchas más cosas... que nos han traído justo hasta aquí. Y me pregunto si no lleva toda su vida caminando hacia nosotros.

»Sé que no se conoce ningún caso similar que nos haga pensar que un hombre adulto normal...

un hombre aparentemente corriente que jamás ha tenido contacto con nosotros, que no conoce nuestra historia —y diciendo esto señaló a Beril con la mano, quien frunció el ceño algo molesto de este adjetivo que en este caso parecía tener algo de peyorativo— pueda llegar a convertirse en uno de nosotros.

La gente se agitó, comenzaron a hablar entre ellos, sorprendidos. Algunos negaban con la cabeza. Beril dejó de mirar al grupo para centrarse en Eilean, que lo observaba calculando sus reacciones.

—Sin embargo, Beril Arcomayor, tienes algo de conocido para mí.

No sabría decir qué es… aún. Pero Alasdain vibra diferente desde que tú has llegado.

Algo ha cambiado y sería estúpido ignorarlo o esperar que todo vuelva a ser como antes.

Porque todo cambia continuamente. Nada es igual al momento anterior. Y podría ser…

Eilean parecía hablar y desvariar solo, pensó Beril.

—Este grupo se formó con un elemental menos del que necesitaba, o uno más.

Y me obstinaba en buscar quien podría entrar o salir de él.

Como si el destino se equivocara. En realidad, nunca he sido yo quien decidía vuestro lugar, únicamente soy un mediador.

Si lo aceptas, tienes delante un camino como miembro de este grupo de espíritus elementales de primer grado.

Beril no se lo había esperado. No lo había visto venir y le había sacudido como un puño en el estómago. Se sintió nuevamente desorientado.

Estalló un murmullo entre los miembros del grupo. Evidentemente se quejaban de lo absurdo de las afirmaciones que acababan de escuchar.

—¡Silencio! —Eilean llamaba al orden, pero la tranquilidad no llegaba—. ¡¡Silencio!!

Cuando por fin el grupo se concentró en su Namak, se podía percibir la expectación por la respuesta de Beril. Se dirigió directamente a Eilean en un tono de voz que los demás pudieron oír fácilmente gracias a su cercanía.

—No.

Se escucharon risas escépticas entre la multitud, y alguien soltó una frase irónica.

—Yo no soy como… como vosotros ... —Y la última palabra, pronunciada tal y como lo hizo, le hizo avergonzarse de sí mismo, del sentimiento de rechazo que reflejaba.

Los espíritus elementales persistieron en el silencio de la brisa fresca que silbaba constante colándose entre ellos.

Mientras hablaba, Argentis había alzado la mano, mirando al cielo.

Miles de gotas plateadas se alzaron lentamente del suelo, como partículas de tierra que se fueron concentrando sobre el grupo.

Con un movimiento de su mano ágil, hicieron un sonido agitándose como las hojas de los árboles movidas por el viento, y una miríada de polvo de brillantísima plata cayó sobre el grupo.

El aire brillaba, mágico.

Millones de minúsculas partículas atravesaban los rayos de luz, despertándole aquella nostalgia que tan bien conocía.

Argentis se acercó a Beril y lo miró, plantándole cara antes de decir.

—Esto es lo que nosotros somos —dijo seria y orgullosa.

Extendió la mano y con el índice tocó en el punto del pecho aún sensible por la nueva cicatriz.

—Luchamos contra peligros que el mundo, gracias a nosotros, no conoce en toda su magnitud.

Es cierto, no siempre conseguimos evitar catástrofes, pero peleamos hasta morir por salvar a la gente como la que tú has perdido...

Si tú eres… como nosotros , no conseguirás continuar tu vida, no serás feliz en otro sitio.

—¿Cómo podría yo...? —le espetó incrédulamente, mirándola.

—La pregunta no es cómo, sino si tienes la valentía de intentarlo.

Los otros miraban con incredulidad la escena.

Beril entornó los ojos mirando a Argentis inquisitivamente. Ella le había resucitado, aunque fuera solo por un momento, el coraje que se descubría al lado de Ferin. La nostalgia de aquel algo que desconocía que parecía llamarlo.

Volvió a la realidad en un segundo.

—Tienes que decidirlo, tienes que decir que lo aceptas... —dijo ofreciéndole la mano.

Los ojos de esta chica tan joven le resultaban tremendamente hipnóticos. Momentos más tarde se preguntaría si había actuado por propia voluntad cuando aferrando aquella mano que parecía frágil —pero que no lo era—, respondió a su petición.

—Lo acepto.

Argentis apretó su mano. Lo sorprendió su calidez.

Ella lo sonreía y sus ojos se empequeñecían al hacerlo.

No sabía por qué aceptaba. Nunca en su vida había sentido el deseo de grandes hazañas.

Solo sabía que, si se alejaba de la fuerza que emitía aquella pequeña mujer, no tardaría en desmoronarse y hundirse en su propio sufrimiento.

“El destino nunca te deja solo”. Recordó la frase de su madre mientras abandonaba el calor de su mano.

—Bueno, suficiente por hoy. La señora Flora no lo dejará salir en meses si no se lo devuelvo ahora mismo.

Se despidieron del grupo y lo dejaron atrás. Eilean no decía palabra, pero lo observaba de cerca, caminando lentamente.

En seguida estuvieron delante de la casa donde Beril había dormido durante todo ese tiempo, y que ahora estaba plagada de plantas exóticas de chispeantes colores. Le parecía que hubiera pasado mucho tiempo desde que habían salido de allí.

—¡¡¡Oh!!! ¡¡¡Pero cómo me lo traes así!!! ¡¡¡Ya te lo advertí!!! —acusó Flora mirando a Beril— Mira qué pálido estás, chico... ¡¡A comer y a descansar!!

—Muy bien, yo os dejo aquí. Volveré más tarde para hablar contigo, Flora. Hasta pronto Beril, descansa.

Eilean escapó antes de que la señora Flora abriera la boca para dirigirse a él.

Le había preparado la cena en el piso inferior, cerca de la puerta. Entraba un agradable aroma y calor que, junto a la deliciosa comida, le devolvió un poco las fuerzas. Pero la señora Flora lo envió a la cama de todas formas poco después.

No había reparado en lo cansado que estaba, pero apenas se tumbó, su cuerpo lo traicionó quedándose profundamente dormido.