CAPÍTULO 3. El Namak quien ve el interior del alma
A la mañana siguiente se despertó antes del alba. La señora Flora se esforzaba por parecer más animada que el día anterior. Le trajo un desayuno a base de mermeladas de frutas dulcísimas y tortas de cereales.
—Aquí tienes tu ropa. ¡He conseguido quitar todas las manchas, milagrosamente!
Al vestirse notó que los pantalones le quedaban algo más cortos de lo habitual y sonrió sin decir una palabra. La camisa tenía un pequeño bordado blanco a la altura de su nueva cicatriz.
—Hala, ahora puedes salir de aquí. Eilean te espera en el piso de abajo. Ve despacio, chico, aún no estás recuperado. No te fuerces, ¿oyes, chico?
Beril asintió y rio sinceramente ante la preocupación de la señora Flora. Se acercó con un movimiento rápido y la besó en la mejilla fugazmente.
—Gracias… por todo —dijo a modo de despedida. No sabía si volvería a verla.
Ella asintió.
Mientras salía escuchó cómo la señora Flora dejaba escapar pesadamente el aire.
Cuando salió de la habitación se dio cuenta de que se trataba de una pequeña casa.
El piso superior albergaba una única habitación —donde había dormido— y una antesala con un baño.
En el piso inferior una pequeña estancia hacía las veces de comedor, cocina y salón.
Atravesando este había una pequeña parcela de jardín invadido de margaritas y un frondoso árbol en la esquina, cargado de pequeñas esferas rosas.
Del otro lado del muro se asomaba un árbol de mimosa queriéndose saltar la barrera, lleno de flores brillantes amarillas que despedían un aroma intenso.
Ahí lo estaba esperando Eilean, vestido igual que el día anterior.
Al aparecer Beril en el umbral se dio la vuelta y le sonrió.
—¿Listo?
Beril alzó los brazos encogiéndose ligeramente de hombros.
—Enseguida serás libre de decidir.
* * *
Beril no pudo dejar de sentir una especie de vacío en su interior al pensar en su vuelta a Mulg.
Salieron de la casa y la luz lo cegó por un momento. No había esperado que hubiera tanta luz tan temprano. Cuando consiguió abrir los ojos vio que Eilean se alejaba a pasos largos, sin advertir que Beril quedaba atrás. Tuvo que correr para alcanzarlo.
La curiosa mirada de Beril no acertaba a fijarse en un solo detalle. No hubiera imaginado encontrarse en un sitio así cuando le habían hablado de Alasdain. Según los cuentos de los ancianos de Mulg y la madre de Ferin, Alasdain se trataba de un sitio mágico y encantado, pero oscuro y misterioso.
Frente a él se extendía una inmensa pradera de hierba que descendía abruptamente. Beril seguía los pasos de Eilean fatigosamente, en parte por su prolongado tiempo postrado, pero también por la dificultad del terreno a la cual, evidentemente, Eilean estaba acostumbrado.
En lugar de encontrarse bajo el azul del cielo, sobre sus cabezas se extendía una gran cúpula que relucía con mil colores brillantes mientras caminaban.
Era esta la causa de la fuerte luz de la mañana.
Beril no era capaz de alzar la mirada prolongadamente, y esperaba no estar a “cielo abierto” durante las horas en las que el sol estuviera más alto en el firmamento.
Intentó alcanzar a Eilean al mismo tiempo que le preguntaba.
—Señor... Eilean... el... —Le faltaba el aliento y no podía perder de vista el suelo mientras pasaban un punto más complicado en su descenso—. El cielo... ¿qué es lo que hay en el cielo? —consiguió articular.
El señor Eilean se paró en seco a mirarlo, sorprendido de no haberse dado cuenta de que Beril apenas conseguía seguirlo.
—Perdón, Beril, no me había fijado en lo agotador que tiene que resultar para ti este terreno.
Además, en este estado. ¿Necesitas descansar?
—En su cara, una sonrisa algo maliciosa transformó su rostro.
Pero en esos momentos Beril no podía —o no quería— notarlo, con su atención fija en todo lo que veía.
—Gracias —dijo deteniéndose para tomar aire—. ¿Qué es?
Señaló la cúpula de luz que los cubría.
—¡Ah! Bueno, no es el cielo, ¿verdad? —dijo.
Beril lo miró con curiosidad esperando una respuesta más extensa.
—Aunque lo pueda parecer por el paisaje, no estamos en campo abierto, Beril. Esto es una gruta... inmensa, donde viven tantas personas, que lo mantienen como lo ves.
—¿Todo esto lo habéis construido vosotros?
—No, construido no... Digamos que es un refugio natural. No ha sido creado por el hombre... Solo lo custodiamos. Es nuestra casa. Alasdain.
Seguía atónito mirando a Eilean, quien levantó la vista.
—Lo que ves sobre nosotros es una cúpula de gemas que se encuentra bajo las rocas del exterior.
La mirada llena de confusión de Beril hizo dibujarse una sonrisa amplia en los labios de Eilean, quien continuó explicando.
—Las rocas del exterior son porosas y, con la inclinación adecuada, dejan pasar algunos rayos de sol; las gemas reflejan esa luz y la amplifican generosamente, como ves.
Beril alzó la mirada entrecerrando los párpados y protegiéndose con las manos.
—Este es el momento del día en el que más luz dejan pasar —dijo mientras reía bajito observando la escena de Beril que no conseguía mirar hacia lo alto.
—Pero ¿dónde nos encontramos exactamente? —Eilean se volvió serio ante su pregunta.
—Prosigamos, o se nos hará de noche, al paso que llevamos... —dijo, impaciente.
Llegaron a una explanada sin mediar más palabras.
Eilean entrecerró los ojos y le indicó un oído, como para señalarle algún sonido, pero Beril no oía nada.
Al hacer amago de preguntar, Eilean alzó la mano para impedírselo. Mientras, empezaron a aparecer figuras desde todas las direcciones. Caminaban rápidamente, pero siguiendo un ritmo particular, algunos corrían ágilmente como si sus pies no pesaran sobre la hierba.
Iban vestidos muy sencillamente, pero sus ropas se adaptaban a cada uno de ellos, como si estuvieran hechas a medida.
Beril los observaba pasar cerca de él con curiosidad, algunos de ellos lo miraban al cruzárselos, alguno con gesto poco simpático, otros parecían absortos en alguna otra cosa y aparentaban no advertir su presencia. Y muchos otros saludaban únicamente a Eilean con una ligera inclinación de cabeza.
Iban en pequeños grupos o en parejas y llevaban direcciones diferentes.
—¿Quiénes son? —preguntó Beril.
—Son los espíritus elementales —respondió Eilean, sonriéndole—. O, mejor dicho, los aprendices. Los expertos raramente pasan mucho tiempo en Alasdain. Hay demasiado que hacer y actualmente somos muy pocos.
Un grupo pasó cerca de ellos, algunos parecían muy jóvenes.
—Cada uno de ellos es elegido y evaluado según sus habilidades. Forman pequeños grupos, donde se desarrollan y sirven de apoyo a todos los que ya forman parte de él.
—¿Quién lo elige? ¿Quién lo decide?
Eilean lo miró algo divertido. Se veía que no acostumbraba a explicar estas cosas tan básicas para los que se encontraban allí.
—Pues bien... yo lo decido. Soy el Namak. Aunque no es una decisión solo mía, es una experiencia que se va verificando en el tiempo.
—¿Qué es un Namak?
—Lo que quiere decir “Namak” es: “el que ve el interior del alma” — citó Eilean—. Adelante —dijo, señalando con la mano y atajando todas las preguntas que se empezaban a agolpar en la expresión de Beril.
Tomaron la misma dirección que llevaba uno de los grupos hasta llegar a una pradera. Se detuvieron justo al borde de un acantilado.
Eilean se acercó hasta el mismo borde. No lo siguió. Beril no podía soportar las alturas.
A pesar de permanecer distante podía ver que las rocas oscuras descendían verticalmente, unos treinta metros, hasta tocar el agua oscura bajo su sombra. No comprendía cómo alguien podía moverse libremente en proximidad al precipicio.
Algunos de los que se encontraban allí lo miraban divertidos ante la evidente reticencia de Beril por acercarse. Eilean también sonreía, a Beril no le pasó desapercibido, aunque intentara disimularlo bajando la mirada.
Comprendiendo que no se acercaría, Eilean se reunió con él en el punto donde Beril parecía haberse quedado clavado en la tierra.
—Este es uno de los grupos. Sus habilidades son diferentes entre ellos.
Son capaces de sentir lo que ocurre a su alrededor con una especie de...
vibraciones... mediante las cuales controlan los elementos de su entorno.
Cada uno posee la habilidad de controlar un elemento que acude a él cuando este lo llama.
En ese momento se alzó un fuerte viento cargado de pequeñas partículas, que envolvió a Beril y lo arrastró varios pasos adelante, hacia el acantilado, haciéndolo caer de rodillas sobre la hierba.
Eilean alzó la mano y el viento cesó inmediatamente. En el grupo muchos empezaron a reír abiertamente.
—Pero ¿qué es lo que hace alguien como él aquí? —Se oyó proveniente del grupo.
—¡¡Basta, Ax!! —llamó al orden Eilean—. Os recuerdo a cada uno de vosotros que debéis mostraros a la altura de ser reconocidos como el espíritu elemental que pretendéis ser.
Quien usa cualquier tipo de habilidad contra una persona común a propósito será castigado con la expulsión.
Recordemos el motivo por el que estamos aquí.
El silencio se hizo denso. Las miradas eran serias ahora, algunos de ellos parecían observar el suelo con desmesurada atención, evitando la mirada del Namak, aunque este miraba severamente a un solo miembro del grupo, que lo observaba abiertamente a su vez.
* * *
Eilean comenzó a andar alejándose de allí, y Beril se levantó y lo siguió sin mirar atrás.
Llegaron a otro grupo, menos numeroso que el anterior. Estaba formado por seis personas. Se encontraban en un campo de olivos.
Los que formaban este grupo permanecían callados, con los ojos cerrados y arrodillados en el suelo.
Al acercarse ellos, levantaron la mirada como si los hubieran despertado, sincronizados.
Todos miraron a Beril con interés. Algunos giraban la cabeza como escuchando algo que decía sin emitir sonido. Se preguntó si podían leerle el pensamiento.
—Ellos son otro grupo de espíritus elementales.
Están a punto de recibir el voto máximo de su entrenamiento.
A estas alturas son capaces de sentir algunas cosas que suceden a su alrededor y pueden presentir cosas que están por ocurrir en su entorno...
Como ves, cada uno tiene unas capacidades y unas características diferentes y particulares.
La sensación que le produjo este grupo fue la tranquilidad de sentirse en casa, junto a su madre.
En el momento en el que se acercaron un poco más a ellos, giraron la cabeza bruscamente hacia otro lado, como sobresaltados por un ruido que Beril no era capaz de escuchar, con los ojos sorprendidos.
Eilean retrocedió un par de pasos y cerró los ojos. Beril lo miraba con gesto de interrogación.
—No es nada —dijo respondiendo a una pregunta que no había formulado—. Dame un momento.
Abrió los ojos y Beril por un segundo apreció que su mirada había cambiado por completo. Continuó guiándolo entre el grupo de personas que permanecían sentadas.
—Algunos elementales expertos a veces se colocan entre la gente común para guiarlos...
Igual que guían a los elementales que has visto antes.
Observan lo que ocurre y nos avisan en caso de algún peligro o interferencia.
Tienen una unión especial con todo... que los hace entender el mundo, verlo más claramente.
Otros en cambio tienen habilidades más defensivas.
Vino de repente. Una voz muy débil, con un deje etéreo.
—Beril, solo tú puedes decidir…
Se quedó congelado mirando a la persona de la que provenía la voz. Era una mujer joven, de poca estatura...
Otra voz se unió a ella, repitiendo confusamente las mismas palabras que cada noche resonaban en su mente desde hacía poco más de un mes.
—Beril...
—…solo tú...
—…puedes decidir…
Observó a todas las figuras, esperando que todo eso fuera una ilusión suya. Una traición de su mente... En lugar de eso vio cómo las figuras movían los labios articulando las palabras con voces espectrales. Y por la expresión de Eilean, comprendió que él también las estaba escuchando.
Se le empañó la mirada y retrocedió impulsivamente, tropezando con una roca que le hizo caer de nuevo al suelo.