El despertar del vínculo (Alasdain 1) CAPÍTULO 2. Cuentos de viejas
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CAPÍTULO 2. Cuentos de viejas

—No, no tengo pensado revelar más de lo necesario —decía una voz grave.

—Algo me dice que no lo aceptará... así sin más. ¡La atacó estando desarmado! No acatará tus órdenes sin hacer preguntas.

—Que yo responderé... con escuetas palabras. Y a su debido tiempo. No voy a contarle algo que una persona común no necesita saber.

—Común… —repitió discordante la otra voz.

Le dolía la cabeza, y todas aquellas palabras le parecían un sinsentido. No reconocía tampoco las voces. Parecían proceder de su interior, formar parte de los pensamientos agitados que ocupaban su mente.

Intentó abrir los ojos, pero el exceso de luz lo atravesó como un rayo y cayó nuevamente en un sueño intranquilo.

* * *

—¡Buenos días! —Una voz juvenil le hizo girar sobresaltado la cabeza en dirección a su interlocutora—. ¡Has dormido una eternidad! ¡Ya empezaba a pensar que no ibas a despertar jamás! —Aunque su voz parecía alegre y reía abiertamente, sus palabras sonaban llenas de preocupación—. ¿Todo bien?

Beril miró a su alrededor con sorpresa. Se encontraba en una habitación únicamente iluminada por el fuego de una chimenea delante de la cama, que a su vez irradiaba un calor reconfortante.

Las ventanas, que ocupaban los muros a los dos lados de la cama, estaban cerradas con contraventanas de madera.

Parecía ser de noche porque desde fuera no se adivinaba ninguna luz.

La puerta, cerrada, estaba junto a la cabecera de su cama. No reconocía nada de todo aquello.

Volvió la atención nuevamente a la chica que le hablaba. Era muy joven, aparentaba alrededor de los 15 años, pensó. Su piel era extremadamente luminosa, su pelo liso, rubio casi blanco y sus ojos grises. Ojos de luna. Tenía un aspecto extraño, irreal.

—No sé dónde estoy... —confesó. Ella lo miró con atención.

—¿No recuerdas cómo te trajeron hasta aquí? —preguntó con un susurro contenido.

Ella entornó los ojos, observándolo atentamente.

Poco a poco los recuerdos volvieron a su cabeza como un mal sueño...

—La mujer de oro...

—Eh... Sí... Decías eso todo el rato mientras estabas inconsciente.

—Había una mujer... Lanzaba flechas doradas. —Se llevó la mano a la herida en la parte izquierda del tórax—. Y tenía una lanza...

—Sí, lo sé. —Bajó los ojos y miró hacia la puerta antes de continuar—. Te tuvieron que arrancar la lanza, tuviste suerte... Por poco no lo cuentas.

Tenía toda la zona cubierta con vendajes limpios, pero sentía una tirantez dolorosa al mover el brazo izquierdo.

—¿Qué más recuerdas? —insistió ella. Beril notó la ansiedad en su voz esta vez.

Los recuerdos acudieron ahora vívidamente a su mente. Su madre con los ojos muy abiertos. El último beso de Ferin. El temblor de la tierra que acabó con todo lo que él conocía. Una punzada de dolor en el pecho lo obligó a cerrar los ojos con fuerza.

Pero no dijo nada de todo eso.

—Estoy... muy cansado... Me da vueltas la cabeza.

Se abrió la puerta en ese momento. Una señora bajita y regordeta entró en la habitación a toda prisa. Acomodó a Beril sin mirarlo siquiera, sumergida en sus propios pensamientos.

Beril se movió algo tenso mientras la mujer lo manejaba.

—¡¡Ohhhh!! —exclamó mirándolo a la cara por primera vez—. Oh, chico, ¡qué susto me has dado! ¡Esperaba encontrarte dormido! No has despertado apenas durante dos semanas, y cuando estabas despierto no decías una sola palabra, parecías totalmente ausente.

Volvió la cara hacia la chica a su izquierda. Según ella había divagado continuamente.

Pero no se veía rastro de ella. Las ventanas seguían totalmente cerradas y nada parecía indicar que ella había estado allí.

—Me siento algo confuso...

—Sí, sí. Es normal, chico. Has sufrido heridas muy graves. Una lanza te atravesó rozándote el corazón. Tuvimos que... no fue nada sencillo, estabais...

Se calló de inmediato, sobresaltada como quien se da cuenta de haber hablado de más.

—Fue particularmente difícil —zanjó escuetamente.

Lo dejó pasar. No sacaría nada en ese momento y de verdad estaba demasiado cansado.

—Había alguien aquí antes de que usted entrara...

—No, no, imposible. Aquí nadie puede entrar si no es con mi permiso, y no se lo he dado a nadie hoy, así que aquí no ha entrado nadie. —Pero mientras decía esto inspeccionaba la habitación con la mirada—. Debe ser fruto de tu imaginación debido a lo que has pasado. Es normal que estés alterado.

—Qué extraño, parecía tan real... —Pero en estos momentos, hasta él mismo dudaba de sus sentidos.

—Bueno, será mejor que descanses. Aún tienes mucho por recuperar.

—Ya, pero... —indicó a su alrededor—. ¡Pero es que no sé dónde me encuentro!

La señora fijó sus ojos en Beril seriamente. Apretó los labios y dijo:

—Estás en Alasdain, Beril Arcomayor.

—¿Alasdain? —dijo a medias divertido, mirando a su alrededor. También eso debía ser un sueño... o una pesadilla. De cualquier forma, una alucinación. Solo había escuchado ese nombre en cuentos de viejas.

—Bienvenido a la ciudad de los espíritus elementales —dijo ella, confirmando su temor.

Beril se quedó sin respiración al oír esto.

Los espíritus elementales...

Las leyendas los definían como una raza peculiar que aparecía en momentos de peligro. Una raza que poseía habilidades particulares que los convertían en una especie de soldados místicos.

En los cuentos antiguos parecían ser seres extraños, que vivían fuera del mundo. Se habían convertido casi en un mal augurio.

No sabía qué pensar. No podía creer en su existencia, pero, si existían realmente: ¿cómo había ido él a parar allí?

De nuevo le daba vueltas la cabeza.

—En breve vendrá alguien a hablar contigo y te explicará todo mejor que yo. Ten paciencia, chico... Si me necesitas, estaré ahí fuera. Intenta descansar.

Se quedó de nuevo solo en la habitación. Cerró los ojos siguiendo el consejo de la señora que lo había atendido. Aún se sentía demasiado débil.

Volvió a caer en un sueño profundo donde se sucedían imágenes entrecortadas de su madre, de Ferin diciéndole que lo amaba...

de la mujer de oro que bailaba frente a sus ojos, con la larga melena dorada siguiendo sus movimientos.

Las flechas que atacaron a su madre. Los ojos de su madre que se transformaban en unos ojos fríos y grises del color de los de la chica que había encontrado al retomar la consciencia...

Se despertó sobresaltado con un ruido chirriante y brusco cercano a él.

—¡Ah! ¿Te he despertado? Lo siento, esta ventana se atasca siempre. Por lo que veo, no se cierra bien. Habrá que arreglarla.

Estaba abriendo de par en par las ventanas, dejando pasar la luz a raudales, que iluminaba la habitación y la rescaldaba. Entraba también un perfume de flores que le recordó al jardín de su casa: mimosa y margarita, hierba húmeda...

—¿Cómo te encuentras? —preguntó la señora.

—Mejor, gracias... mucho mejor. Me parece haber dormido durante toda una eternidad...

La señora lo miró divertida antes de responder.

—¡Por poco lo hiciste! —Dejó escapar una risita rápida y casi inaudible—. ¡¡Han pasado días desde nuestra última charla, chico!! Creo que empieza a ser hora de levantarse, o tus piernas no recordarán cómo sostenerte en pie.

Beril sonrió a la señora. No la conocía de nada, pero agradecía el tono afectuoso con el que le hablaba.

Al incorporarse, la cabeza le jugó una mala pasada y se le nubló la vista. La señora corrió a sostenerlo.

—Despacio, chico. Has estado mucho tiempo recostado. Y perdiste mucha sangre.

Volvió a abrir los ojos para mirarla.

—Aún no me ha dicho su nombre —dijo dedicándole una media sonrisa tímida que casi la hizo sonrojar.

La señora dejó escapar de nuevo su risa simpática, y respondió.

—Perdona. Normalmente aquí todos me conocen. Soy la señora Flora. Atiendo a todo el que lo necesite aquí dentro.

—Le agradezco sinceramente sus cuidados, señora Flora.

—Chico... es mi función aquí... —Pero en su gesto se veía una verdadera preocupación, casi una mirada de afecto.

En ese momento alguien llamó a la puerta. Un hombre alto entró inmediatamente, sin esperar una contestación. La señora Flora se incorporó rápidamente para mirar al recién llegado.

—Buenos días, Eilean.

—Buenos días, Flora. ¡Veo que casualmente he llegado en un buen momento! ¡¡Nuestro bello durmiente se ha despertado, finalmente!! —dijo sin mirar a la señora Flora y fijando toda su atención sobre Beril.

Beril se sintió inexplicablemente molesto y no contestó. Hizo caso omiso de sus comentarios irónicos y continuó alzándose de la cama despacio como le había aconsejado la señora Flora.

—Buenos días, señor Beril Arcomayor. Mi nombre es Eilean.

Hizo una pausa para ver la reacción de Beril, que siguió ignorándolo a pesar de que le había sorprendido escuchar su nombre completo. No le gustaba la actitud de las personas demasiado seguras de sí mismas.

—Soy el Namak de Alasdain, el líder del lugar donde te encuentras en estos momentos. Imagino que querrás saber el motivo por el que estás aquí.

Beril lo miró ahora. Sí, quería saber por qué estaba allí, dado que no había tenido jamás ningún contacto con personajes como espíritus elementales, guerreros y leyendas del estilo. Ni él, ni su familia... ni ningún habitante de su ciudad natal, que él supiera.

—Ah, veo que ahora sí he captado tu atención.

Se sentó en la butaca al lado de la cama, cruzando las piernas. Su vestuario era muy cuidado, ajustado a su figura, pero cómodo e informal. A diferencia de él, Beril vestía unos pantalones anchos y una camisa de lino blanca, a modo de pijama.

Permaneció de pie frente a la butaca ocupada por Eilean, apoyándose ligeramente en la cama tras él para no caer. Lo miró fijamente a los ojos, esperando que continuara.

Eilean sonrió con una nota de amargura.

—Durante una misión en la ciudad de Mulg hubo un episodio desafortunado. Tu madre resultó malherida y a causa de eso atacaste. Fuiste bastante ingenuo atacando de esa forma. Resultaste atravesado por una lanza que por poco no acaba con tu vida.

Hizo un alto para observar la reacción de Beril nuevamente.

Beril escuchaba una versión absurdamente limpia y sencilla de lo que había vivido, pero no interrumpió el relato, por lo que Eilean continuó su monólogo rápidamente.

—Nuestra gente te transportó aquí, y te atendimos como a uno de los nuestros. Es bastante insólito, pero en cuanto estés suficientemente recuperado, abandonarás Alasdain y podrás retomar tu vida donde la has dejado.

La señora Flora bajó la mirada con un gesto extraño dibujado en su boca, pero no se atrevió a decir nada.

Beril en cambio sí reaccionó. Rio abiertamente como si la situación lo divirtiera enormemente. Rio aún más fuerte por la sorpresa que se dibujó en la cara de sus dos interlocutores.

—Es curioso —dijo con gesto amargo cuando dejó de reír—, que de entre todos los que resultaron heridos, me trajerais aquí solo a mí.

Lanzó una mirada helada a Eilean.

—De todas formas, estoy de acuerdo con abandonar este sitio cuanto antes, no quiero seguir aquí. Pero volver a mi vida de antes… no, eso resultará algo complicado. Habéis matado a mi familia, a mis amigos... Mi ciudad ha sido reducida a la nada.

Hablaba en un susurro cada vez más bajo. Eilean lo miró a los ojos y permanecieron en silencio unos segundos.

—Lo siento, Beril —dijo mirándolo extrañamente. Finalmente, su reacción parecía sincera.

Se levantó de la butaca. Se acercó a la ventana mirando hacia fuera, cerró los ojos y respiró profundamente.

—Margaritas... —Volvió la mirada a Flora y después cerró los ojos de nuevo concentrándose en algo desconocido para Beril.

Susurraba. Movía los labios sin emitir sonido. Hasta que se acercó a él.

—Siento todo tu dolor. Y me gustaría poder explicarte todo esto —dijo—. Pero temo que no podrías comprenderlo.

—Puede que se sorprendiera de lo que soy capaz de entender.

Eilean se sobresaltó casi imperceptiblemente, pero a Beril no se le escapó.

—¿Tienes alguna idea de quiénes somos los elementales, Beril?

Beril recordaba muchas historias populares, canciones, versos.

Algunas de ellas siendo niño lo habían hechizado, y se desenterró en su interior el recuerdo de la escena recurrente en la que suplicaba siempre a la madre de Ferin que le contara las antiguas historias de aquellos seres espirituales y a veces un poco maléficos que parecían en conexión con la naturaleza y escuchaban el mundo mientras el fuego ardía.

El torno moviéndose, despertando la materia que surgía del interior de cada piedra que su maestro tallaba.

Dudó un segundo con el recuerdo en la cabeza ardiéndole como el fuego antes de dirigirse hacia Eilean de nuevo.

—No, nada en absoluto —respondió, pese a todo.

Eilean cerró lentamente los ojos y los abrió a la misma velocidad.

—Y sin embargo… hay algo. ¿Sería posible que…? —Se acarició las sienes—. Mañana al amanecer vendré a buscarte. Quiero saber algo acerca de ti. Quiero que estés preparado para salir cuando llegue.

Al decir esto se dirigió rápidamente hacia la puerta y salió de la habitación sin pronunciar más palabras.

Beril miró a la señora Flora. Ella agachó la cabeza para no encontrar la mirada de él.

Se acercó a la ventana y también ella respiró profundamente.

Otros aromas se entremezclaron a los que habían llenado la habitación anteriormente.

Olores de plantas aromáticas que Beril no conocía, pero su perfume le resultaba relajante.

Flora miró a Beril, pareció meditar algo, y volviendo sobre sus pasos cerró la ventana y salió ella también. Entró un par de veces trayendo comida y agua, sin hacer grandes comentarios.