CAPÍTULO 1. Frío como el hielo por dentro #2
Las flores que lo decoraban se insertaban afiladas en su carne y se teñían con su sangre de oscuridad. Al moverla ligeramente, de la boca de Ferin escapó un sordo gemido que le heló la sangre.
—Beril... no te olvides de que yo... suceda lo que suceda...
No entendía nada de lo que estaba diciendo. Pero si conseguía llegar hasta su madre, quizá pudieran volver a tiempo para ayudar a Ferin y salvarla... si ella estaba a salvo...
De pronto, la angustia por su madre le embargó más profundamente y tuvo el impulso de echarse al lado de Ferin, esperando despertarse de aquella horrible pesadilla. Pero la voz de ella lo devolvió a la realidad.
—Beril, te amo... —Le agarró de la mano, y respondió, esbozando la sonrisa más difícil de su vida.
—Yo también te amo...
—Corre... ve con ella... —susurró.
—No te dejaré aquí.
—Ve con ellos. ¡¡Ahora!! Volveremos a estar juntos… créeme.
Sus ojos se empañaron y su voz se apagó.
Para siempre .
Cubrió su boca con un beso profundo, un beso que tenía un sabor metálico. La sangre de ella le manchó la boca de un color oscuro. Se separó de ella y observó su cuerpo inmóvil. Las lágrimas le nublaron la vista por un largo momento.
Le costó creer que el cuerpo de ella se enfriaría, lo llevarían lejos de allí y no volvería a ver sus ojos, ni a escuchar su voz. No volvería a sentir su olor ni a besar su piel...
El dolor le había traspasado el pecho también a él. Pero entonces pensó en su madre. Si también ella estaba herida…
Le invadió un sentimiento urgente. Y el miedo lo impulsó.
Saltó entre los cascotes que una vez habían formado las paredes del torreón, ahora en ruinas.
Se movía cada vez más rápido y consiguió salir a la calle tambaleándose, donde la gente luchaba por escapar de las casas derrumbadas que les habían servido de hogar hasta unos momentos antes.
Pero no se detuvo a ayudar a nadie, pasaba sin mirar a la gente que le rogaba, siguiendo el camino que tantas veces había recorrido.
Apresuró aún más el paso y se encontró en el patio de su casa, increíblemente intacta. Delante de él, encontró una escena que recordaría siempre. Una imagen que se congeló en su mente.
Moviéndose lentamente vio a un hombre joven, cubierto de una especie de armadura brillante que se pegaba a su cuerpo. Y frente a él, a una cierta distancia, se alzaba otro hombre grotesco. Su aspecto era cansado y tenía la mirada endurecida.
—Has sido inteligente escondiéndote aquí, solo has cometido el error de permanecer demasiado tiempo... —le decía el hombre joven de la armadura.
La cara del hombre mayor le resultó familiar, pero un gesto irónico dibujaba una sonrisa torcida en sus labios tensos.
De repente se ensombreció y haciendo un movimiento lento, cerró los ojos.
La tierra comenzó a vibrar nuevamente. Los gritos ensordecieron las palabras de los dos hombres, que continuaban gritándose algo el uno al otro.
De detrás del joven de la armadura surgió una figura delgada que parecía saltar y bailar realizando movimientos en torno al hombre joven, se detuvo en seco a una cierta distancia y en su rostro se intuyeron mil años.
Se quedó mirándole cara a cara a pocos metros de distancia y de sus manos extendidas volaron lo que parecían chispas doradas.
En ese preciso momento, la madre de Beril apareció como de la nada y situándose frente a ella, recibió tres flechas doradas que se clavaron profundamente en su cuerpo.
Beril corrió desesperadamente y deslizándose por la tierra húmeda logró frenar la caída de su madre poco antes de tocar el suelo, sosteniéndola en su regazo.
—Beril... —le dijo en un susurro al reconocer su rostro—. Has llegado a tiempo... —Tosió ligeramente por el esfuerzo—. Beril, perdóname si no has tenido la vida que te esperaba…
—Mamá... —sollozó sin saber qué decir—. Por favor, mamá, no puedo… No puedo perderte a ti también.
—Ssssh… Beril, escucha. Habrá quien te diga que de poco sirve querer evitar lo que está escrito que debe suceder...
—Al igual que Ferin pocos momentos antes, también su madre le sonreía; pero ya no lo estaba mirando.
Sus ojos se volvieron vidriosos al tiempo que dejaron escapar una lágrima—.
Pero Beril, solo tú puedes decidir... No dejes que nadie te diga dónde debes estar, sigue lo que llevas dentro. —Y, diciendo estas palabras, expiró.
Colocó con cuidado el cuerpo de su madre extendido, entrelazó sus manos sobre su pecho, los ojos suavemente entornados.
Miró a su alrededor. El hombre viejo había desaparecido.
De frente, la mujer alta y delgada lo observaba con expresión desconcertada debida al horror. Su cuerpo estaba teñido de oro. El hombre brillante permanecía a su costado.
Beril se incorporó despacio, sintiéndose frío como el hielo por dentro.
—Has matado a mi madre... —siseó con la mirada fija en ella.
La expresión de la mujer que tenía delante se hizo dura.
—Ha sido ella misma la que ha elegido su destino metiéndose entre la flecha y el asesino.
—La asesina eres tú... —Y diciendo esto se acercaba a ella cada vez con más velocidad.
El hombre de la armadura alzó sus brazos y creó una gran corriente en torno a ellos que hizo volar la melena dorada de ella en todas direcciones, partículas brillantes corrían por todas partes. Aquel diablo dorado, inmóvil, no apartó su mirada de Beril. Alerta.
Cuando estuvo cerca, una fuerza casi invisible lo empujó violentamente, pero la sobrepasó haciendo un gran esfuerzo.
Fue entonces cuando ambos retrocedieron con cierta sorpresa. Evidentemente no habían esperado que Beril fuera capaz de atravesar aquella barrera.
En la mano de ella apareció una afilada vara de oro justo en el momento en que Beril la embestía con furia, arrastrándola violentamente varios metros hacia atrás.
La punta atravesó lacerantemente el cuerpo de Beril, haciéndole probar un fuerte dolor en el lado izquierdo del pecho, pese al cual continuó luchando contra aquella figura, sintiendo cómo todos los poros de su piel quemaban con su contacto.
Miró dentro de los ojos de ella, ahora frente a los suyos. Eran brillantes, de oro.
El dolor se hizo intenso, insoportable, y el cuerpo de Beril comenzó a ceder, cayendo entre los propios brazos de su enemiga, que no lo soltaba.
Quiso alejarse de ella.
Pero en ese momento Beril perdió el sentido.