El Despertar del Lobo
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Prólogo
Jevrem abrió los ojos en medio de una penumbra solitaria.
Tenía mucho sueño…, qué agotamiento tan demoledor que apenas era consciente de sí mismo.
Bostezó y sintió una punzada en las sienes que lo hizo querer masajearlas, pero apenas fue capaz de levantar unos centímetros sus manos.
Cayeron laxas a su sitio como si él estuviese dopado.
¿Qué había pasado?, ¿dónde…? ¿Dónde se hallaba? , ¿esa era su casa?
La luz eléctrica y natural estaba vetada en ese entorno que olía a ramas secas y salitre intenso, y, aun así, observaba que nada reconocía de ese lugar.
No era su casa… Ni siquiera reconocía su cama.
Más bien, se daba cuenta que estaba dentro de una casucha de tablones como si le perteneciera a un pescador local; no la tenían abandonada, por el rigor de la vida, el mobiliario era escaso y ruinoso, pero la limpieza se destacaba con esmero en cada rincón de ese humilde domicilio.
Sin embargo, no se detuvo un segundo en analizar quiénes eran los propietarios y cómo él, llegó hasta allí, del cual se hallaba acostado bajo un refugio seco y confortable.
Sino que, el terror lo golpeó tan súbito y fuerte, que todos los objetos a su rededor se sacudieron como si una onda expansiva se los hubiese llevado por delante.
Burbujas, burbujas…
¡Muchas burbujas!
El silencio se rompió de manera desgarradora por el grito que profirió.
Sus cuerdas vocales se lastimaron al hacerlo, no pudo hablar, solo gritaba y gritaba… «¡Ayúdenme!, ¡ayuda!», imploraba en su fuero interno; eran muchos y no existía una escapatoria viable de ese infierno.
Su mente apenas consciente procesaba las imágenes que pasaban a una velocidad abrumadora: enfrentamientos con una bestia de pelaje negro, mordidas, zarpazos…
Caída al agua.
El peso de su voluminoso cuerpo lobuno lo hundió un instante y luego fue capaz de patalear con sus cuatro extremidades para emerger como un iceberg entre cajas de madera que cayeron del bote, cuando él y Édgar Ruiz se enfrentaron a muerte.
Anna usó la telepatía que a veces sostenía con él, y lo llamó desesperada.
Se ahogaba. ¡Estaba encadenada y no podía bracear para subir a la superficie!
Jevrem abandonó la fuerza que le otorgaba su forma cuadrúpeda, para ser capaz de romper con sus manos de bípedo las cadenas que inmovilizaban a su amada y salvarla.
Fue rápido, pero tuvo que darle respiración boca a boca, bajo el agua.
Estaban muy al fondo oceánico y Anna había agotado el aire contenido en sus pulmones.
El alivio no llegó para ellos cuando lograron tomar aire en la superficie.
Anna señaló a lo lejos detrás de él.
Una aleta de tiburón.
Debido a que la muerte se deslizaba sobre las aguas en su forma más terrorífica, Jevrem instó a Anna, de nadar rápido hacia el bote mientras él se convertía en carnada. La sangre de los cadáveres de los tripulantes atrajo al cardumen más peligroso de los océanos. Haría lo que fuese por ella.
¿A cuántos lograría matar? ¿Cinco? ¿Diez?
Los que fuese…
Sus garras largas, rebanaba los costados de los tiburones; los mutilaba; los pateaba y golpeaba en las trompas.
Parecía que lo iba a lograr, los tiburones se retiraban; unos se alejaban y volvían al ataque, pero luego desistían porque la presa era luchadora y mortal.
Fue jalado hacia abajo por el extranjero.
Los dos iban a morir.
—¡Argggh! —Jevrem gritaba, sin notar que estaba a salvo en tierra firme. Su mente aún atrapada en aquel momento de desespero.
Sus gritos perdían fuerza por querer emerger rápido del abismo marino que se lo había tragado.
Parecía que se ahogaba con su propia saliva, le costaba descargar la adrenalina que la muerte le inyectó antes de pretender llevárselo con su habitual violencia.
El pedido de auxilio rastrillaba la noche como un animal herido: «¡Alto, aléjense, no me muerdan más!
», lo repetía, una y otra vez. En sus pensamientos, enormes sonrisas dentadas lo atacaban; sus piernas temblaban, su corazón a punto de sufrir un colapso; le horrorizaba pasar de nuevo por lo mismo, le había dolido cada músculo y hueso de su cuerpo.
De forma repentina, el sonido de una puerta al abrirse, se escuchó cerca. Y, al instante, un destello que sofocaba el ambiente, lo iluminó todo.
Los ojos de Jevrem, se cerraron de golpe, sus pupilas no soportaron la claridad que lo sacó abrupto de la oscuridad y de las fauces de los tiburones.
Sobre sus hombros desnudos, unas manos toscas lo sacudían con brusquedad para calmarlo.
Era un macho humano, cuya voz rasposa y un tanto avejentada, le hablaba como si fuese amigo.
Jevrem solo atinaba a observar la camisa caqui manchada de este, apestaba a tabaco y a sudor, y al aroma preponderante de esa casucha repleta de arpones y mallas de pescar.
Se aventuró en abrir más sus párpados, y se topó con el costado de una silueta delgada que sostenía en alto una lámpara de queroseno encendida.
Por lo visto, otra persona se hallaba presente, unos pasos detrás del humano, pero Jevrem no alcanzaba a distinguir si era macho o hembra, aunque le parecía mucho más menuda que el otro que no resultaba amenazante.
¿Ellos los salvaron? ¿Dónde está Anna?, la buscaba con la mirada mientras luchaba por quitarse de encima las solícitas manos del anciano.
¿Estará malherida? ¡Dientes! ¡Dientes! ¡Dientes! Muchos dientes burlones y mortales...
Burbujas.
Gritos.
Mordidas…
Lo acució la preocupación. ¿Y si Anna fue hospitalizada?
No la veía allí…, tal vez, él también lo estaba, y confundía la realidad de su condición al estar en ese lugar de escasez…
¿Era una visión manifestada para ser desentrañada?
¡Argh!, sentía dolor en sus extremidades inferiores; le dolía la garganta, le ardían los ojos, le pulsaban las neuronas... Lo que sufría era lo que pasaba.
Estaba vivo.
Y, si él logró sobrevivir…
Entonces, Anna…
—A… —Se revolvía en la cama, para levantarse, quería buscarla, preguntarle si estaba bien o si tenía heridas graves. Él la dejó a salvo, se sacrificó por ella y por el ser que albergaba en su vientre, y del que Jevrem querría como si fuese suyo, tan pronto estuviesen juntos.
Sí…, Anna estaba bien, ¡debía estarlo! No fue un acto heroico en vano, ella tuvo que haberse salvado, era buena nadadora. Tuvo que haber pedido ayuda a través de la radio del bote, y estos acudieron a salvarla.
—Jagh… jagh… —intentaba preguntar por su amada, y de sus labios apenas exclamaba sonidos incomprensibles. Estaba tan débil que ni fuerzas tenía para hablar.
Los humanos intercambiaron palabras angustiantes entre ellos, sobre todo, la que estaba rezagada que, al escucharla, Jevrem se percató de que la voz de esta era la de una chica.
¿Anna? ¿Era Anna?
Hizo el esfuerzo, de alzar la cabeza, para encontrarse con su mirada, pero cayó desplomado contra la almohada, siendo incapaz de valerse por sí mismo. Lo debilitó salir de un letargo profundo.
«¿Anna, amor, eres… eres tú? —lanzó su telepatía, a la espera de que esta le respondiera de la misma manera.
El humano, a él, algo le comentaba, pero Jevrem lo ignoró; hacía todo lo posible por tener puesta su atención sobre la que ha de ser pronto su esposa, desesperado por abrazarla y besarla—. Nos hemos salvado, Anna. Los tres…».
—Ya nos dirá lo que le pasó. Estás a buen resguardo, ¿me entiendes?
Descansa, aún debes recuperar tus fuerzas —la voz del humano causaba un efecto demoledor en los cinco sentidos del joven náufrago.
Lo tranquilizaba al punto de que a Jevrem le costaba mantener la vista fija en la hembra que permanecía alejada.
¿Estaba enojada por él preferir morir a que ella sufriese el mismo destino? Vaya, qué tonta…
La adoró más por eso.
La respiración agitada comenzaba a ralentizarse, su mente se nublaba, perdiéndose el rostro esquivo de Anna en la neblina del agotamiento extremo.
Jevrem volvió a sucumbir ante los carceleros de la inconsciencia.