El despertar de las guardianas (Luna 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

—¡Pero si están enormes! —exclamó Lena asomándose a la jaula donde los cuatro gatitos jugueteaban.

—Crecen a ojos vistas —le sonrió Martín, asomado al otro lado—. Venga, coge uno.

Se estiró y le entregó a Lena el de color naranja.

—¿Cómo has sabido que era mi favorito?

—Intuición. —Sonrió de nuevo—. Y que no le quitabas ojo. Ten el biberón.

Sus dedos se rozaron al cogerlo. Él pegó un respingo.

—¡Ay, perdona! Me ha dado como electricidad o algo.

Lena se mordió el labio. No sabía si había sido ella, su poder, o que realmente saltaban chispas entre ellos.

—¿Escuchaste la canción que te envié? —preguntó Lena para cambiar de tema.

—Sí… Mucho. —Levantó la mirada hacia ella, llena de sincero agradecimiento—. Normalmente no escucho mucha música, con los audífonos me cuesta procesar tanto sonido, ¿sabes? Sin embargo, esa canción tiene un arreglo tan sencillo que distingo bastante bien la voz.

Lena se sintió enrojecer. No se le había ocurrido que Martín percibía el sonido distinto a ella misma. Pero la normalidad con que él se lo explicó la relajó.

En ese momento, Uma, Naia y Assia entraron a ver los gatitos.

—¿De qué hablamos? —preguntó su hermana.

—De Strong , una canción que me pasó Lena —respondió Martín.

Naia se sobresaltó.

—¿Te gusta Introvert? —preguntó a su amiga.

—Mucho —respondió Lena, acunando al gatito, que succionaba la tetina con mucha energía—. ¿La conoces?

—Sí… Pero pensé que nadie más la conocía por aquí.

—¡Es un muermo! —intervino Uma—. Su música no se puede bailar, es demasiado lenta.

—Pues para no gustarte, parece que la conoces bien —replicó Assia.

—¡Otra cosa que no tenemos en común! —dijo Lena. No hacía tanto tiempo, eso la habría inquietado. Pero en ese momento ya no le importaba tanto ver lo diferentes que eran. Y las siguientes palabras de Uma contribuyeron a esa seguridad que poco a poco iba ganando campo:

—Pero cuando adoptemos estos michis, tendremos algo más que nos unirá. —Le pasó un brazo por los hombros a Lena—. ¿Qué te parecen? Nuestros padres están a punto de caer. Martín, necesito que nos mandes fotos diarias para acabar de derrumbar su resistencia.

«Nuestros padres», había dicho. Lena notó un nudo en la garganta, que tragó con rapidez.

—Eso está hecho —dijo él con una sonrisa y le tendió un pañuelo a Lena sin que las chicas lo vieran.

¿Cómo se había dado cuenta? Le ardieron las mejillas.

—Mis padres ya me han dicho que sí —sonrió Assia cogiendo uno de manchas negras y blancas—. Tuvieron uno cuando mis hermanas eran pequeñas, y mi madre dice que ahora que yo ya empiezo a ser mayor sí que se anima a tener otro.

—¿Naia?

—¡No lo sé! Me gustaría, claro. Trufa, mi perro, es en realidad de mi hermano, Leo. Supongo que puedo jugar esa baza para dar penita.

—¿Cuál te gustaría? —preguntó Uma.

Quedaban dos: uno atigrado de color gris y otro casi negro por completo.

—¿El negro? —preguntó Naia, consciente de que podía chocar con Uma en su elección.

—¡Perfecto! Así Lena y yo tenemos los dos atigrados. ¡Si es que cuadramos perfectamente!

Martín les repartió biberones.

—Para cuando los volváis a ver ya estarán pasando a la comida sólida —informó después de que los gatitos glotones los terminaran.

—Ahora llega la mejor parte —informó Assia a Naia con una risita—. ¡Limpiar las jaulas!

Ella fingió un estremecimiento. A las chicas les resultaba extraño verla sin su habitual ropa cuidadosamente seleccionada, con el pelo medio recogido en lo alto de la cabeza y la cara sin maquillaje. Raro pero agradable.

—Ey, Martín, antes de que nos metamos en faena, ¿te importa?

Lena sacó de su bolso la cámara instantánea que Xiomara y Jaime le habían regalado y que todavía no había tenido ocasión de estrenar.

—¿Hacernos un selfi? ¡Ahora mismo! —sonrió el chico.

No era lo que Lena pretendía, y él lo sabía de sobra. Pero la invitación estaba clara y, con el corazón batiéndole a mil, Lena acercó su cara sonrojada a la de él.

CLIC.

La foto salió al instante, blanca al principio, y mostró poco a poco sus sonrisas.