El despertar de las guardianas (Luna 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Aquella casa tenía un aspecto realmente tétrico. El color grisáceo de la fachada que en otro tiempo fue blanca casi se confundía con el cielo. Todas las persianas estaban bajadas. Y el camino de la entrada tenía un montón de hierbajos a los lados.

—Solo le falta un poco de música de peli de miedo —comentó Uma.

—No, solo es una casa residencial, como otra cualquiera —respondió Lena al instante, sin mucha convicción.

Naia estaba parada delante cuando Lena, Uma y Assia llegaron.

¿Sería consciente de cómo se arremolinaban a su alrededor las hojas caídas?

—¡Naia! ¡Ya estamos aquí! —avisó acercándose.

Lena la envolvió en un abrazo. Le salió solo, sin pensar. Ella lo recibió tiesa como un palo.

—Ya les he contado lo que me has dicho —dijo.

—No sabía qué hacer… —respondió la chica, con lágrimas en los ojos.

—¡No me puedo creer que seas el cuarto menguante! —saltó Uma. Su hermana la fulminó con la mirada. ¡Mira que le había dicho que no dijera nada hasta ver qué sabía Naia!

—¿De qué hablas? —preguntó la pobre, enjugándose las lágrimas.

—Somos las guardianas de la Luna —explicó Lena—. Assia, Uma, yo…, y creemos que tú.

Las tres lo sentían en su interior. Y vio en los ojos de Naia, entre la confusión y el miedo, que aquello tenía sentido para ella.

—Ya te lo explicaremos más tarde, ¿vale? —le dijo con suavidad—. Es mucha información y tampoco ha sido fácil para nosotras, y eso que hemos tenido ayuda.

—¡Menuda ayuda de mis narices, que no coge el teléfono cuando hace falta! —bufó Uma.

Era cierto. La habían llamado un montón de veces, pero Jess no había respondido. Tendrían que enfrentarse a eso sin ella.

—Ahora lo urgente es salvar a Luke —les recordó Lena—. Y, en la carta que ha recibido Naia, salía esta dirección.

Assia intervino entonces, levantando la vista de la tablet.

—Eh, chicas —anunció—. Tengo una buena noticia y una mala. La buena es que he encontrado al dueño de la casa.

—¿Quién es? —preguntó Lena.

—¡Alberto, el director del colegio! —gritó Uma.

—¿Cómo lo sabes? —se sorprendió Assia—. ¡Me ha llevado un buen rato encontrarlo!

Por toda respuesta y con una sonrisita de suficiencia, ella señaló el buzón. Su amiga puso los ojos en blanco.

—Esa era la mala noticia —suspiró.

—¡Vamos adentro! —exclamó Naia.

—¿En qué momento nos parece una buena idea colarnos en una casa? —dudó Uma.

—No es colarse si es por la puerta principal y a plena luz del día —respondió Assia sacándose una horquilla del pelo y girándola como una llave.

—Nimiedades —apostilló Lena con una sonrisa. Se sentía preparada.

Subieron los escalones hasta la entrada.

—Ostras, chicas…, está abierta —dijo Lena. Empujó la puerta y esta se entornó.

—¿Qué clase de director deja la puerta sin cerrar? —se extrañó Uma. Naia le metió un empujón sin dudarlo.

—¡Entra de una vez!

El recibidor estaba desierto. A un lado veían una cocina, y enfrente, el salón lleno de cajas de mudanza. Encima de ellas había varias cartas. Naia se adelantó y las cogió.

—Casi todas son facturas… Ey, pero no están a nombre de Alberto. Parece que tiene alquilado el piso a otro tío.

—¿Y de quién es entonces? —se adelantó Uma, casi arrebatándoselas. Miró el destinatario y palideció. Se las enseñó a las otras.

Las palabras de Jess resonaron en sus cabezas.

—El nombre de un planeta como apellido o seudónimo… —murmuró Assia.

—¿Qué pasa? —intervino Naia—. ¿Quién es Michael Júpiter?

Lena apretó los puños.

Entonces todo tenía sentido.

—Un tío con el que ya nos hemos cruzado antes.

—¿Probamos con el piso superior o vamos al jardín? —preguntó Uma.

Lena se concentró, buscando en el ambiente algo que le indicara la presencia de Luke, del director o cualquier otro foco de energía. Naia y ella respondieron a la vez:

—Jardín.

Estaba claro que el anterior inquilino no había cuidado mucho de la parcela, convertida en una auténtica jungla.

Los arbustos habían crecido sin orden y les llegaban casi hasta la cintura.

Varias zarzas se les enredaron en las piernas, enganchándoseles en la ropa.

Lena apartó de la mente el recuerdo de sus pesadillas.

—Están en el invernadero —informó ya con certeza.

Uma señaló la pequeña construcción acristalada y empañada, que había visto tiempos mejores.

—¿En ese cuchitril? —preguntó.

—No es lo que parece —respondió Naia, con decisión.

No, lo supieron en cuanto atravesaron la puerta, que se cerró tras ellas con un chasquido. Dentro todo era oscuridad. No se veía nada.

Y, de pronto, el suelo desapareció bajo sus pies. Con un chillido, las cuatro chicas se precipitaron al vacío. Cayeron durante lo que les pareció una eternidad.

Se detuvieron de golpe sin llegar a chocar contra el suelo.

—¿Estamos flotando? —se oyó la voz de Uma.

—¡Luz! —gritó Lena. Y, al instante, una tenue claridad iluminó su alrededor.

De invernadero nada: se encontraban flotando en lo que parecía el espacio exterior. Puntos de luz flotaban a su alrededor, pero sus manos pasaban a través de ellos cuando intentaron agarrarlos.

—¡Es una ilusión! —avisó Assia—. ¡Como en la biblioteca! ¡Todo es mentira!

—¡No todo! —exclamó Lena—. ¡Mirad allí!

Lejos, atrapada en el centro de lo que parecía una pequeña galaxia, estaba Jess, inconsciente. Y, mucho más cerca, atrapado en otra jaula similar…

—¡Luke!

—¡Naia! —El muchacho se retorció. La magia que lo apresaba palpitó. Estaba de espaldas y no podía verla. Su voz sonaba llena de alivio—. ¡Menos mal! Pensé que no vendrías.

—¡Cómo no iba a hacerlo! —respondió ella. Dio una brazada y logró moverse, aproximarse un poco a él—. Si estás en esto por mi culpa… ¿Te han hecho daño?