Capítulo 13
—Pedazo de trabajo. ¡Y encima de Geografía, la asignatura más peñazo del mundo! —se quejó Uma, enumerando todo lo que la indignaba con los dedos—: Escrito a mano, la IA prohibidísima, y citando fuentes físicas que o-bli-ga-to-ria-men-te estén disponibles en esta vieja biblioteca.
—No es vieja, es un pozo de sabiduría —la contradijo Assia—. Además, ¿no os encanta el olor de las bibliotecas antiguas?
La «biblioteca» era en realidad el antiguo archivo municipal y, según les había explicado Marcos, recientemente había firmado un acuerdo con varios institutos de la zona: tras varios años clausurado por falta de fondos, funcionaría como biblioteca y zona de estudio gratuito para los alumnos y, a cambio, la Consejería de Educación costearía el mantenimiento del singular edificio.
—Nosotras te animamos desde la distancia —dijo Lena. Por suerte, ella tenía pocos deberes: les habían puesto de Mates y Física y Química, pero casi los había acabado en clase con la ayuda de Assia, a la que se le daban genial ambas asignaturas.
—Sí, mientras buscamos info de nuestra mística luna —apostilló Assia—. Espero que tengamos más suerte que con Internet…
Y es que la búsqueda online de «poderes de la luna» las había arrojado a un montón de páginas esotéricas que casi hacían que el ordenador oliera a incienso.
Resultaba una suerte tener acceso al archivo municipal, con sus salas enormes llenas de libros de encuadernación antigua.
Las chicas atravesaron el enorme recibidor y subieron hacia la sala de estudio juvenil.
Dos puertas con vidrieras de colores dieron paso a una zona remodelada en tonos blancos y bien iluminada.
A la izquierda, en una separación había una mesa baja con una fila de ordenadores para consultar el catálogo, y a la derecha, un mostrador donde se apoyaba…
—¡Qué sorpresa! ¿Qué hacéis aquí? —las saludó Alberto, el director del instituto.
—Tenemos deberes —masculló Uma pretendiendo pasar directamente hacia el fondo. Sin éxito.
El director se levantó y señaló a un hombre que se asomaba detrás del mostrador.
—Mira, Mike, son alumnas de mi instituto. Chicas, este es Michael, uno de los nuevos bibliotecarios.
A Michael… nadie lo habría identificado como el prototipo de bibliotecario, pensó Lena. Alto, con el pelo rubio frambuesa y una sonrisa de anuncio de dentífrico.
—¡Bienvenidas! —las saludó con un suave acento inglés.
—Os dejo con él —se despidió Alberto—. Acuérdate de pasar luego a firmar esos papeles. ¡Buena suerte!
Si eso último se lo decía a ellas o al bibliotecario, no quedó claro.
—¿En qué puedo ayudaros, chicas?
Lena ignoró el codazo en las costillas que le propinó Uma y le explicó que venían a hacer un trabajo en grupo.
—Pues que os sea leve —les deseó Michael—. Las mesas de trabajo están al fondo y yo estaré aquí por si necesitáis algo.
Las chicas pasaron al otro lado del mostrador y se adentraron entre las altas estanterías abarrotadas de libros.
—¡Esto es enorme! —susurró Assia encantada—. Debe de haber miles de libros.
—La sección de ciencias debería estar allí al fondo —indicó Uma.
—¿Tú no deberías ir a preparar tu trabajo? —preguntó Lena alzando la ceja.
—¡Puede esperar! —respondió su hermana avanzando por el pasillo—. No hay ninguna prisa, puedo suspender igual hoy que mañana.
Assia y ella la siguieron aguantándose la risa. Giraron alrededor de la estantería de la J… y casi chocaron con Naia y Luke, que se separaron a toda prisa, rojos como dos tomates.
—¡Vaya con los tortolitos! —saltó Uma cuando vio que la muchacha clavaba la vista en el suelo—. La biblioteca es para estudiar… libros, no personas.
Luke emitió un bufido y Uma le respondió haciendo burla como que lanzaba besitos al aire.
—Para vuestra información, soy ayudante oficial del bibliotecario. —El chico señaló el polo que llevaba, con el logo bien visible en el pecho—. Estábamos buscando un libro.
—Nadie lo diría —respondió Lena con guasa—. Y, por cierto, Luke, tienes purpurina en los labios.
—Ya nos íbamos —musitó Naia, y se lo llevó casi a rastras.
—Vaya par —comentó Uma mirándolos marchar.
—Venga, centrémonos —pidió Assia. La sección de ciencias era enorme.
Lena pasó por la parte de astronomía, y por la de planetas. Después se acercó a la L.
—Hay tantos libros… —susurró casi para sí.