El despertar de las guardianas (Luna 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

—No me puedo creer que nuestros padres nos hayan castigado así —murmuró Uma.

Y es que Xiomara y Jaime habían esperado a la cena del sábado para sentarlas en la mesa de la cocina y comunicarles su decisión.

—Hemos encontrado esto —dijo Jaime, mostrándoles una hoja de color naranja bastante arrugada.

Las chicas lo reconocieron al instante: era uno de los flyers de la protectora de animales que Martín les había dado en la fiesta, tan solo unas semanas antes.

Lena se removió en su silla, inquieta. ¿Habían revisado sus cosas?

¿Dónde quedaba su intimidad? Se cruzó de brazos y se recostó en la silla, desafiante.

—Y hemos pensado —terció Xiomara— que tenemos dos hijas apasionadas de los animales. ¿Qué mejor lugar para enseñarles responsabilidad que trabajar duro en una protectora de animales?

Lena boqueó. ¿En serio? ¿Eso iba a ser… todo?

—Hemos hablado con Marta, la coordinadora de los voluntarios, y ya le hemos explicado que esto se trata de una penitencia, así que tiene instrucciones claras de manteneros ocupadas a tope todo el tiempo que estéis allí, ¿queda claro?

Quedaba clarísimo.

Era increíble.

Además, a sugerencia de Uma, su madre había hablado con los padres de Assia, que estuvieron de acuerdo en que su hija se incluyera en el plan.

Por eso, a las diez en punto del domingo, se encontraban las tres delante del altísimo muro de hormigón, detrás del que se oía la algarabía de montones de animales.

La puerta se abrió con un chasquido metálico y la coordinadora, una mujer menuda de mediana edad con una abundante mata de pelo rizado, les cedió el paso.

—¡Martín! —gritó ella para hacerse oír por encima de los aullidos, que enloquecieron al cruzar las chicas la puerta—. ¿Son estas tus amigas?

Él apareció al momento, vestido con unos pantalones viejos y una sudadera ancha.

—¡Bienvenidas! Seguidme, que os enseño esto. Por aquí está la zona de perros… —explicó mientras se internaban en un laberinto vallado.

—¡Las instalaciones son enormes! —se sorprendió Uma—. No es como la había imaginado.

—Parece una cárcel —comentó Assia observando los pasillos.

—Pensadlo mejor como un albergue para viajeros —sonrió Martín—. Al principio impresiona, ya lo sé. Es brutal la cantidad de animales que aparecen abandonados, pero aquí los cuidamos y les buscamos una buena casa.

Lena pidió permiso y después metió la mano en una jaula para acariciar a un pequeño perro que se levantó pidiendo atención.

—¿Todos encuentran hogar? —preguntó Lena.

—No siempre. Algunos pasan aquí muchos años, sobre todo los más grandes y mayores, o los que tienen un problema de comportamiento.

Martín les enseñó cómo estaban divididos los grupos, cada uno con su ficha. Al poco, Marta asomó por entre las filas de cheniles.

—¿Ya las has puesto al día? ¡Pues a trabajar todo el mundo!

La mujer les dio a cada una dos bolsas de plástico para que se protegieran las zapatillas del agua con la que iban a limpiar.

—Normalmente los «voluntarios de domingo» solo pasean perros, pero vuestros padres me han pedido que os deje al menos limpiar y darles de comer a un grupo.

—Yo prefiero ocuparme de gatos —pidió Assia.

—No hay problema. Martín, llama a Carla, anda.