El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 39
98%

Capítulo 39

Alexandra

Quedé con Idris al día siguiente, por la tarde, en un café neutro. No en su apartamento. No en un lugar donde el cuerpo pudiera hablar más fuerte que las palabras.

Llegué primero. Pedí un té que no tenía ganas de beber. Cuando él entró, me vio de inmediato y sonrió con esa calma suya. La sonrisa se atenuó un poco al notar mi expresión. Se sentó enfrente. No intentó tocarme la mano.

—Algo ha cambiado —dijo. No era una pregunta.

—Sí.

Fui directa. Se lo debía.

—Lo que me dijiste la otra noche cruzó un límite que Hugo y yo habíamos marcado con claridad.

Entiendo que los sentimientos no se controlan como se controla un gesto.

Agradezco que me lo dijeras en lugar de ocultarlo.

Pero no puedo seguir en el mismo tipo de relación después de eso.

No sería limpio. Ni para ti, ni para mí, ni para él.

Idris apoyó los antebrazos sobre la mesa. Asintió despacio, invitando a continuar.

—Si queremos seguir viéndonos —seguí—, las reglas tienen que ser más estrictas.

Sexo. Poco más. Sin conversaciones largas que construyan intimidad emocional.

Sin quedarnos hablando después hasta que se nos haga tarde.

Sin confidencias profundas. Sin imaginar escenarios donde yo no me levanto y me voy.

Tú aceptas ese marco, o cerramos esto de forma limpia ahora.

El silencio que siguió fue largo. Idris miró por la ventana unos segundos. Cuando volvió a mirarme, había decepción en sus ojos. También respeto.

—Duele —admitió con simpleza—. No voy a fingir que no.

Me había acostumbrado a la forma en que nos hablábamos.

A la ternura después. A poder decirte algunas cosas que no le digo a casi nadie.

Pero prefiero un marco estrecho contigo que no tenerte de ninguna forma.

Y prefiero la honestidad a intentar colar por la puerta de atrás lo que tú y Hugo ya me habéis dicho que no cabe.

Tragué saliva. El alivio y una tristeza limpia se mezclaron en mi pecho.

—Entonces lo aceptas.

—Lo acepto —dijo—. Sexo. Cuidado físico. Respeto. Y distancia emocional deliberada. Si en algún momento dejo de poder sostener esa distancia, te lo diré y me retiraré. No te voy a poner en el medio de un conflicto entre lo que siento y lo que acordamos.

Asentí. Las manos me temblaban un poco alrededor de la taza.

—Gracias.

Idris esbozó una sonrisa pequeña, cansada.

—No me des las gracias por hacer lo mínimo que exige la dignidad. Tú y Hugo me abristeis una puerta con condiciones claras. Yo fui el que empezó a mirar más allá de la puerta. Me toca ahora dar el paso atrás.

Salimos del café casi al mismo tiempo. En la acera, antes de separarnos, me miró y dijo:

—Cuando quieras verme dentro de este nuevo marco, ya sabes dónde estoy. Si nunca más me escribes, también lo entenderé.

No me abrazó. Solo inclinó ligeramente la cabeza y se fue. Lo observé alejarse entre la gente. Sentí una pérdida real. Pequeña. Contenida. Pero real. Y, al mismo tiempo, sentí que el suelo bajo mis pies volvía a ser más firme.

Llegué a casa al atardecer. Hugo me estaba esperando en el sofá, con un libro abierto que no estaba leyendo. Levantó la vista en cuanto abrí la puerta. Yo me quité el abrigo, dejé el bolso y fui directa a sentarme a su lado. Apoyé la cabeza en su hombro.

—Lo ha aceptado —dije—. Los límites nuevos. Sexo y distancia emocional. Dijo que prefiere eso a no tenerme de ninguna forma. Y que si en algún momento no puede sostener la distancia, se retirará.

Hugo soltó el aire despacio. Como si hubiera estado conteniendo la respiración durante horas. Rodeó mis hombros con el brazo y me atrajo más contra él.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

—Triste. Aliviada. Un poco culpable. Y muy cerca de ti. —Le busqué la mano—. Gracias por no pedirme el cierre total desde el miedo. Gracias por dejarme intentar esto de una forma más segura.

Él besó mi pelo.

—Gracias a ti por haber defendido el centro cuando la frase llegó. Por no haber dudado.

Nos quedamos en silencio un rato largo. La casa olía a lo de siempre: a madera, a la comida de mediodía, a nosotros. No había olor a Idris esta vez. Solo el nuestro.

Más tarde, en la cama, nos hicimos el amor con una lentitud casi solemne.

No había urgencia de borrar a nadie. Solo la necesidad de reafirmar lo que seguía en pie.

Cuando Hugo entró en mí, lo hizo mirándome a los ojos.

Cuando me corrí, lo hice diciendo su nombre.

Cuando él se derramó dentro, me sostuvo con fuerza, como si quisiera recordarnos a los dos que el cuerpo también puede ser un lugar de pertenencia y no solo de placer compartido.

Después, en la oscuridad, hablamos poco. No hacía falta. El acuerdo nuevo estaba en marcha. El satélite había sido devuelto a una órbita más lejana. Y el sol —nosotros dos— seguía ocupando el centro con más claridad que días atrás.

El mapa se había redibujado.

Más estrecho en algunos lugares.

Más seguro en otros.

Y, por primera vez desde que Idris pronunció la frase prohibida, sentí que podíamos volver a caminar sin miedo a perdernos el uno al otro.