Capítulo 38
Hugo
Dos días después del golpe, nos sentamos otra vez en la mesa de la cocina.
No era la misma mesa de las listas de reglas ni de los desayunos tranquilos. Era una mesa de decisión. Sobre ella solo había dos vasos de agua y el silencio cargado de todo lo que habíamos estado sosteniendo por separado.
Alexandra tenía ojeras. Yo también. Habíamos dormido mal las dos noches. Nos habíamos tocado con cuidado, como si el cuerpo del otro pudiera romperse. Habíamos hablado poco del tema y mucho de cosas pequeñas, como si la cotidianidad pudiera protegernos del abismo que se había abierto.
—No podemos dejarlo en el limbo más tiempo —dijo ella—. Duele más la incertidumbre que cualquier decisión que tomemos.
Asentí. El estómago se me había cerrado.
—Entonces hablemos claro —respondí—. ¿Qué opciones tenemos realmente?
Alexandra levantó los dedos y fue enumerándolas con la precisión que usaba en los juicios:
—Una: cortar por completo con Idris. Cerrar el acuerdo. Volver a ser solo nosotros dos en lo sexual.
—Dos: continuar, pero con límites mucho más estrictos. Menos frecuencia. Menos conversación. Cero espacio para confidencias emocionales. Sexo y poco más.
—Tres: hacer una pausa larga. Meses. Reevaluar después.
—Cuatro: intentar una conversación a tres bandas y ver si él puede retroceder de verdad a un lugar seguro para nosotros.
Guardó silencio. Me miró.
—¿Cuál es la que tu cuerpo y tu cabeza pueden sostener sin empezar a odiar esto… o a odiarme?
La pregunta era limpia. Y brutal.
Cerré los ojos. Revisé por dentro cada capa: la excitación que todavía sentía al recordar a Alexandra con él, el pinchazo de la frase “no tener que devolverte”, el miedo a perderla, el amor feroz que me producía verla defender nuestro centro, el cansancio de estar siempre gestionando emociones grandes.
Cuando abrí los ojos, la respuesta estaba más clara de lo que esperaba.
—No quiero cortar desde el miedo —dije—.
Pero tampoco quiero continuar como si no hubiera pasado nada.
La opción dos… límites mucho más estrictos…
es la única que ahora mismo puedo imaginar sin sentir que me traiciono o que te traiciono.
Sexo. Poco más. Sin conversaciones que construyan intimidad emocional.
Sin demoras. Sin quedarse a dormir. Sin “se nos hizo tarde hablando”.
Si él no puede aceptar eso, entonces se cierra.
Alexandra respiró hondo. Sus hombros bajaron un centímetro, como si una parte de ella hubiera temido que yo pidiera el cierre total.
—Puedo sostener eso —dijo—. Incluso creo que lo necesito. Lo de la otra noche me asustó. No porque él sintiera, sino porque yo sentí el peligro real de que el satélite quisiera volverse sol. Y no estoy dispuesta a jugar con eso.
Nos miramos. El aire entre nosotros cambió. Ya no era solo dolor. Empezaba a ser dirección.
—¿Lo hablas tú con él o lo hablamos juntos? —pregunté.
—Lo hablo yo primero —respondió—. Es mi relación con él la que necesita redefinirse. Después, si hace falta, los tres. Pero el mensaje inicial tiene que salir de mí. Claro. Sin ambigüedad.
Asentí. Extendí la mano sobre la mesa. Ella la tomó. Los dedos se nos entrelazaron con fuerza.
—Hay un beat que no queremos saltarnos —dije en voz baja—. El de elegirnos. Después de todo esto, después del miedo y de la frase y de los dos días de silencio denso… quiero oírte decir que me eliges. No como reacción al peligro. Como decisión.
Los ojos de Alexandra se llenaron de lágrimas. No las contuvo. Dejó que le bajaran por las mejillas mientras me miraba.
—Te elijo —dijo, la voz rota pero firme—.
Te elijo a ti. A esta casa. A esta cama.
A las mañanas de café y a las noches en las que no pasa nada extraordinario.
Te elijo cuando me corres dentro y cuando solo me abrazas.
Te elijo incluso en los momentos en que deseo a otro hombre…
porque ese deseo no te sustituye. Te elijo, Hugo. Hoy. Ahora. Y mañana.
Me levanté. Di la vuelta a la mesa. Ella se levantó también. Nos abrazamos en medio de la cocina con una fuerza casi desesperada. Lloramos los dos. Sin ruido. Sin teatro. Solo el cuerpo soltando lo que había estado aguantando.
Esa noche nos hicimos el amor con una intensidad quieta y profunda.
No hubo relatos de Idris. No hubo juegos de poder.
Solo nosotros. Piel. Mirada. La necesidad de reafirmar que el centro seguía en pie.
Cuando me corrí dentro de ella, lo hice con los ojos abiertos, mirándola, y ella me sostuvo la mirada hasta el final.
Después, todavía unidos, susurré:
—Mañana le escribes. Con claridad. Y pase lo que pase con él… nosotros seguimos aquí.
—Nosotros seguimos aquí —repitió ella.
Fue un voto.
Uno de los muchos que habíamos hecho desde que empezó todo.
Pero ese, en particular, se sintió como un cimiento nuevo.
El mapa se había roto un poco.
Y, en lugar de abandonar el territorio, habíamos decidido volver a dibujarlo… juntos.