Capítulo 37
Hugo
La cara de Alexandra al cruzar la puerta me lo dijo todo antes de que abriera la boca.
No traía la expresión de satisfacción física habitual.
Ni siquiera la de excitación contenida que a veces se le quedaba después de estar con él.
Traía una gravedad nueva. Los ojos más oscuros.
La mandíbula ligeramente tensa. El cuerpo todavía olía a sexo y a la colonia de Idris, pero debajo de ese olor había algo más afilado: miedo.
—Cuéntame —dije.
Se quitó el abrigo con movimientos lentos. Lo dejó caer sobre la silla del recibidor. No se acercó a abrazarme de inmediato. Se quedó de pie a dos metros de distancia, como si necesitara el espacio para poder hablar.
—Idris me dijo algo —empezó, y la voz le tembló apenas—. Después de follar. Estábamos en la cama y me dijo que a veces se pregunta cómo sería no tener que devolverme. Que ha imaginado lo que se siente al tenerme sin reloj. Sin la conciencia de que me voy a levantar y me voy a ir a otra cama.
El impacto me llegó primero al estómago. Un frío seco y expansivo. Después subió al pecho y se me instaló ahí como un peso. Tragué saliva. La imagen de ese hombre diciéndole eso a mi mujer, todavía dentro de ella o recién salido, me atravesó con una precisión cruel.
—¿Y tú qué le respondiste? —pregunté. La voz me salió más baja y más ronca de lo que esperaba.
—Le dije que no. Con claridad. Le recordé el acuerdo. Le dije que te amo. Que el centro eres tú. Que si lo que siente empieza a pedir un lugar que yo no puedo dar, entonces tenemos un problema. Y que ese problema se resuelve mirando si podemos seguir o si debemos parar.
Asentí. Una parte de mí —la más antigua y territorial— sintió un alivio feroz al oír que ella había defendido el límite.
Otra parte, más profunda, registraba el daño: el hecho de que la frase hubiera sido dicha.
De que existiera en la cabeza de ese hombre.
De que Alexandra hubiera tenido que oírla mientras todavía llevaba su semen dentro.
Me senté en el sofá porque las piernas me pesaban. Ella esperó un segundo y después se sentó en el sillón de enfrente. Otra vez el espacio entre nosotros. Necesario.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con suavidad.
Busqué dentro. Había demasiadas capas.
—Siento rabia —dije con honestidad—. Rabia hacia él por cruzar la línea.
Rabia hacia mí por haber abierto la puerta que permitió que llegáramos hasta aquí.
Siento miedo. El miedo concreto de que esto se esté inclinando hacia un lugar del que después no podamos volver limpios.
Siento… dolor. Un dolor sordo y celoso y muy adulto.
Y debajo de todo eso, siento orgullo de ti.
Por cómo le respondiste. Por no haber dudado al nombrarme como tu centro.
Ese orgullo y ese dolor están ocupando el mismo espacio en el pecho y me cuesta respirar.
Alexandra tenía los ojos húmedos. No lloraba todavía. Se contenía.
—Yo también tengo miedo —admitió—. Miedo de haber sido ingenua al creer que podíamos mantener el satélite siempre en su órbita.
Miedo de que yo misma haya alimentado algo sin darme cuenta, con cada conversación, con cada ternura después del sexo.
Miedo de hacerte daño de una forma que ya no se pueda reparar del todo.
Y miedo, también, de perder lo que hay con él…
porque me gusta. Me gusta de verdad. Y ahora mismo esa dualidad me está destrozando.
La última frase me llegó como un segundo golpe. Más sutil. Más profundo. Ella lo quería. No solo lo deseaba. Y aunque yo ya lo intuía, oírlo formulado con esa claridad me abrió un agujero nuevo.
Me pasé las manos por la cara. Los ojos me ardían.
—Ven aquí —dije.
Esta vez sí se levantó. Caminó hasta mí y se arrodilló entre mis piernas, apoyando la frente en mi pecho. Yo cerré los brazos alrededor de su espalda. El olor de Idris subió fuerte. Esta vez no me excitó. Me dolió. Y aun así la apreté más contra mí.
Nos quedamos así mucho tiempo. Su respiración irregular contra mi camiseta. Mi mano en su pelo, temblando apenas. El peso emocional era tan denso que casi tenía textura. Lo sentía en la garganta, en el estómago, detrás de los ojos.
—No quiero perderte —susurró ella contra mi pecho.
—Ni yo a ti —respondí—. Eso no está en duda. Lo que está en duda es si podemos seguir con él después de esto. O si el simple hecho de que él haya dicho esa frase ya cambió el tablero de una forma irreversible.
Alexandra levantó la cara. Tenía las mejillas mojadas. Yo le limpié las lágrimas con los pulgares. Mis propios ojos se habían llenado también. No intenté esconderlo.
—Podemos parar —dijo ella—. Podemos cerrarlo ahora. Esta misma noche. Si me dices que el riesgo ya es demasiado, lo cierro. Te lo prometo.
La oferta era real. La sentí en el tono. Y precisamente porque era real, el peso de la decisión se me vino encima con toda su gravedad.
—No quiero decidirlo esta noche —dije—. No desde el golpe. No desde la herida abierta. Quiero que nos duela lo que tiene que dolernos. Y después, en uno o dos días, cuando el agua baje un poco, mirar de nuevo el mapa y ver si todavía tiene sentido caminarlo… o si hay que redibujarlo por completo.
Ella asintió. Se dejó caer de rodillas al suelo y apoyó la cabeza en mi muslo.
Yo le acariciaba el pelo en silencio. Fuera, la ciudad seguía su ritmo indiferente.
Dentro de nuestra casa, dos personas sostenían entre los brazos una verdad nueva y pesada: que el deseo, cuando se comparte de verdad, siempre lleva dentro la posibilidad de que alguien sienta de más.
Y que el amor, cuando es maduro, no niega esa posibilidad.
La mira de frente, con miedo y con cuidado.
Esa noche no hicimos el amor. Nos duchamos juntos. Yo la lavé con una ternura casi dolorosa. Después nos metimos en la cama y ella se pegó a mi espalda, abrazándome como si temiera que me deshiciera. Yo agarré su mano y me la llevé al pecho, sobre el corazón.
El latido era rápido y fuerte.
El mío y el de ella, intentando encontrar un ritmo común en medio de la tormenta.
El giro había llegado.
Y todavía no sabíamos si íbamos a salir de él más unidos… o definitivamente distintos.