El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

Alexandra

El giro llegó un jueves, sin previo aviso.

Habíamos quedado en su apartamento como tantas otras veces.

El cuerpo ya conocía el camino: el ascensor, el olor de su rellano, la forma en que abría la puerta y me miraba unos segundos antes de tocarme.

Esa noche el sexo fue intenso, casi hambriento.

Me tomó contra la pared primero, después en la cama, profundo y sin demasiada delicadeza.

Me corrí con fuerza. Él también. Hasta ahí, todo dentro de lo conocido.

El cambio ocurrió después.

Estábamos tumbados de lado, todavía sin aliento. Él me acariciaba el brazo con los dedos lentos. El sudor se enfriaba sobre la piel. Yo miraba el techo, ya en ese espacio mental donde empiezo a prepararme para volver a casa, para el relato, para Hugo.

Entonces Idris habló:

—A veces me pregunto cómo sería no tener que devolverte.

La frase quedó suspendida entre nosotros. Simple. Peligrosa.

Me giré hacia él. Su expresión no era la del amante satisfecho y respetuoso de siempre. Había algo más desprotegido. Más real.

—No digas eso —pedí, la voz baja pero firme.

—Es verdad —insistió, sin alzar el tono—.

No te estoy pidiendo que dejes a Hugo. Nunca te lo pediría.

Pero sería mentira decir que no se me ha pasado por la cabeza.

Que no he imaginado qué se siente al tenerte sin reloj.

Sin la conciencia de que en un par de horas te vas a levantar y te vas a ir a otra cama.

El corazón se me aceleró de una forma distinta a la del sexo. Era un latido de alarma. De frontera cruzada.

Me senté en la cama, recogiendo la sábana contra el pecho. De pronto la desnudez se sintió demasiado expuesta.

—Idris… nosotros teníamos un acuerdo. Claro. Desde el principio. Yo no estoy disponible para eso. No emocionalmente. No de esa forma.

Él también se incorporó. No intentó tocarme. Apoyó los antebrazos en las rodillas y miró al suelo unos segundos antes de volver a mirarme.

—Lo sé. Y lo he respetado. Lo sigo respetando. Pero no puedo controlar lo que empiezo a sentir. Puedo controlar lo que hago con ello. Por eso te lo digo. Porque ocultártelo me parecía más deshonesto que ponerlo sobre la mesa.

El silencio que siguió fue espeso. Yo buscaba por dentro las piezas del mapa que Hugo y yo habíamos dibujado con tanto cuidado: los límites emocionales, la dirección de la necesidad, el sol y el satélite. De pronto el satélite había declarado que, a ratos, quería ser sol.

—Necesito que me oigas con claridad —dije, intentando que la voz no me temblara—.

Lo que hay entre tú y yo me gusta. Me gusta el sexo.

Me gusta tu forma de mirarme. Me gusta incluso el cariño que aparece a veces.

Pero yo amo a Hugo. No de una forma teórica.

De una forma cotidiana, profunda y elegida.

Si lo que sientes empieza a pedir un lugar que yo no puedo dar, entonces tenemos un problema.

Y el problema no se resuelve pidiéndome que sienta algo distinto.

Se resuelve mirando si podemos seguir o si debemos parar.

Idris asintió despacio. Vi la decepción cruzarle el rostro, contenida pero real. También vi respeto.

—No te estoy pidiendo que sientas otra cosa —dijo—. Te estoy pidiendo honestidad de vuelta. ¿Quieres que dejemos de vernos?

La pregunta me atraviesó. Busqué la respuesta verdadera, no la prudente.

—No quiero dejar de verte ahora mismo. Pero tampoco puedo seguir como si no hubieras dicho lo que acabas de decir.

Necesito hablar con Hugo. Necesito procesar esto.

Y necesito que tú, mientras tanto, no vuelvas a cruzar esa línea.

Si lo que sientes crece hasta un punto en el que el acuerdo se te queda pequeño, me lo dices y lo cortamos.

Sin dramas. Sin intentos de convencerme.

Él sostuvo mi mirada. Después asintió una vez.

—De acuerdo.

Me duché en silencio. El agua caliente no conseguía llevarse del todo la tensión nueva que se me había instalado entre el pecho y la garganta.

Mientras me vestía, noté que Idris se mantenía a distancia.

No frío. Cuidadoso. Como si entendiera que cualquier gesto de ternura extra ahora pesaría demasiado.

En la puerta, antes de salir, me miró y dijo:

—No era mi intención complicarte la vida.

—Lo sé —respondí—. Pero las intenciones no borran las complicaciones. Solo nos obligan a enfrentarlas.

Bajé las escaleras con las piernas un poco flojas. En el taxi, apoyé la frente en el cristal y cerré los ojos. El cuerpo todavía llevaba la marca física de haber sido follada. La cabeza, en cambio, llevaba una marca nueva: la de una frontera que acababa de ser tocada.

Saqué el teléfono. Escribí a Hugo:

Voy a casa. Ha pasado algo. No es malo del todo, pero necesitamos hablar. Estoy bien. Te quiero.

El mensaje se envió.

Durante el trayecto sentí miedo. No el miedo antiguo a que Hugo no pudiera sostener el sexo con otro hombre.

Un miedo más complejo: el de que el equilibrio que habíamos construido con tanto cuidado pudiera romperse por algo tan humano y tan imprevisible como el hecho de que alguien, simplemente, empezara a sentir de más.

Cuando llegué a casa, Hugo ya estaba en el recibidor. Me miró a la cara y entendió de inmediato que esta vez el relato no iba a ser como los anteriores.

—Cuéntame —dijo solo.

Y yo, todavía con el olor de Idris en la piel y la frase prohibida resonando en la cabeza, supe que el mapa que tanto nos había costado dibujar acababa de quedarse pequeño.

El territorio había cambiado.

Y teníamos que volver a medirlo juntos.