El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Hugo

La gestión de los celos no era un problema que se resolviera una sola vez.

Era una práctica. Como lavarse las manos antes de entrar a quirófano. Como revisar dos veces el consentimiento informado. Algo que había que hacer una y otra vez, con disciplina y sin dramatismo excesivo.

Lo aprendí la noche en que Alexandra volvió más tarde de lo acordado.

Habían quedado a las nueve. A las doce y media todavía no tenía mensaje.

A la una, el estómago se me había convertido en un nudo frío.

No era la excitación habitual de la espera.

Era una corriente distinta: más afilada, más oscura.

La mente empezó a fabricar imágenes sin permiso.

Ya no solo el sexo. La risa compartida. La posibilidad de que se hubieran quedado dormidos.

La posibilidad de que el tiempo se les hubiera ido porque los dos querían que se fuera.

A la una y diecisiete vibró el teléfono.

Saliendo ahora. Perdona. Se nos hizo tarde hablando. Voy para casa.

Leí el mensaje tres veces. El alivio llegó primero. Después, inmediatamente, la oleada de celos. “Se nos hizo tarde hablando”. Cinco palabras que me abrieron un hueco en el pecho.

Cuando ella entró, casi cuarenta minutos después, yo estaba en el sofá con la luz apagada. Solo la lámpara del pasillo iluminaba un poco. Alexandra se detuvo al verme. Notó la tensión de inmediato.

—Estás celoso —dijo. No era una acusación. Era un diagnóstico.

—Sí —respondí.

Dejó el bolso, se quitó el abrigo y se sentó en el sillón de enfrente, no a mi lado. Me dio espacio. También me dio la verdad de su cuerpo: olía a Idris, a sexo y a la noche.

—Cuéntame qué estás sintiendo —pidió—. Sin limpiarlo.

Respiré hondo. El ejercicio ya nos resultaba familiar, pero nunca se volvía fácil.

—Siento el miedo antiguo. El de ser reemplazable.

Siento enfado porque el tiempo que era mío —el de la espera acordada— se alargó sin consultarme.

Siento envidia de la conversación. Del “se nos hizo tarde hablando”.

El sexo lo puedo sostener. La demora por ganas de seguir hablando me golpea en otro sitio.

Y debajo de todo eso… siento vergüenza de estar celoso cuando yo mismo he consentido este camino.

Alexandra asintió. No intentó calmarme de inmediato con caricias. Primero sostuvo el sentimiento.

—Gracias por no convertirlo en ataque —dijo—.

Ahora te doy información. Se nos hizo tarde porque después de follar nos quedamos tumbados y él me preguntó cómo estábamos tú y yo gestionando todo esto.

Hablamos de límites. De cuidado. De ti. No fue un escape de nuestra realidad.

Fue una conversación que, de alguna forma, también te incluía.

Aun así, debí avisarte. Fallé en eso. Lo siento.

El nudo de mi estómago se aflojó un milímetro. La información no borraba los celos, pero les quitaba el veneno de lo desconocido.

—¿Qué necesitas ahora? —preguntó ella—. ¿Espacio? ¿Cercanía? ¿Detalles? ¿Silencio?

Esa pregunta era una de las herramientas más útiles que habíamos aprendido. Los celos no siempre piden lo mismo. A veces piden distancia para no herir. A veces piden contacto para anclarse. A veces piden verdad cruda. A veces piden que no se hable del tercero durante un rato.

—Cercanía —dije—. Y un poco de verdad. Después, quizá silencio.

Ella se levantó y se sentó a mi lado. No se pegó del todo.

Dejó que yo acortara la distancia. Cuando lo hice, apoyé la frente en su hombro y respiré.

El olor de Idris estaba ahí. Esta vez no me excitó de inmediato.

Primero me dolió. Después, poco a poco, el dolor fue conviviendo con el deseo de tenerla cerca.

—Herramientas —murmuré, más para mí que para ella—. Nombrar el celo sin actuar desde él. Pedir información en lugar de inventar historias. Decir qué necesito en lugar de esperar que lo adivines. Recordar que el consentimiento no elimina la emoción, solo me obliga a responder de forma adulta.

Alexandra me acarició el pelo.

—Y una más —añadió—. No tomar decisiones grandes cuando el celo está en su pico. No prohibir. No castigar. No exigir cierres de urgencia. Dejar que la ola suba, mirarla, y decidir cuando el agua baja un poco.

Nos quedamos en silencio un rato. Su mano en mi pelo. Mi respiración contra su clavícula. Los celos no desaparecieron por arte de magia. Se fueron volviendo más opacos, menos afilados. Como una luz que alguien atenúa poco a poco.

Después de un tiempo hablé otra vez:

—Hay una parte de la gestión que es solo mía.

El trabajo interno. Recordarme que tu deseo por él no resta deseo por mí.

Que el tiempo que pasas con él no es tiempo que me robas, sino tiempo que yo también he elegido que exista.

Que los celos son información sobre lo que valoro, no una orden de controlar.

—Y hay una parte que es nuestra —completó ella—. La de crear rituales de reencuentro que me devuelvan a ti con claridad. La de no trivializar tu dolor. La de celebrar cuando sostienes la emoción sin convertirla en arma.

Esa noche no follamos. No hubiera sido honesto. Nos duchamos juntos. Me dejó que la lavara con lentitud. Después nos metimos en la cama y ella se pegó a mi espalda, abrazándome desde atrás. El contacto piel con piel fue el ancla.

Antes de quedarme dormido, pensé en lo mucho que había cambiado mi relación con los celos.

Antes los veía como un enemigo que había que derrotar o como una prueba de que algo estaba mal.

Ahora los trataba como un animal doméstico a veces agresivo: no se le deja morder, pero tampoco se le abandona a su suerte.

Se le observa. Se le nombra. Se le da un lugar donde no haga daño.

La gestión de los celos, entendí una vez más, no consistía en dejar de sentirlos.

Consistía en no dejar que ellos condujeran el coche.

Y esa noche, con Alexandra respirando contra mi espalda y el olor de otro hombre todavía presente en su piel, sentí que habíamos vuelto a elegir el asiento del conductor con las manos firmes… y un poco temblorosas.

Pero firmes.