El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

Alexandra

La primera vez que volví al apartamento de Idris bajo las nuevas reglas fue dos semanas después de la conversación del café.

Habíamos dejado pasar ese tiempo a propósito. Para que el golpe se asentara. Para que el deseo, si seguía ahí, demostrara que podía existir dentro del marco más estrecho. Para que Hugo y yo comprobáramos, en la cotidianidad, que el centro se había vuelto a solidificar.

La noche anterior al encuentro, Hugo me hizo el amor con una intensidad quieta y posesiva.

El olor de su piel —jabón, piel caliente, ese rastro metálico que le dejaba el hospital— me envolvió mientras me sujetaba la nuca con una mano y me abría las piernas con la otra.

No dijo “eres mía”. No hizo falta. Me lo dijo con el cuerpo: con la profundidad de las embestidas, con la forma en que me miró cuando se corrió dentro de mí, con el temblor que le recorrió la espalda al vaciarse.

El semen me resbaló caliente entre los muslos.

Después, todavía unidos, susurró contra mi boca:

—Mañana vas. Y mañana vuelves. Y yo estaré aquí.

—Estarás aquí —repetí.

Al día siguiente, cuando Idris abrió la puerta, el saludo fue distinto. Más contenido. El apartamento olía igual: madera oscura, su piel, limpieza cara, un leve rastro de café. Pero el aire se sentía más deliberado. Como si los dos hubiéramos acordado no llenarlo de más de lo necesario.

Me dejó entrar. No me besó de inmediato. Me miró unos segundos, midiendo el espacio nuevo que había entre nosotros. Sus ojos, oscuros y tranquilos, se detuvieron en mi boca, después en el escote, después otra vez en mis ojos.

—Hola —dijo. La voz le salió más baja de lo habitual.

—Hola.

Nos besamos. El deseo estaba ahí, intacto, caliente, familiar.

Sus manos me recorrieron la espalda con la misma seguridad de siempre, pero sin detenerse en la cintura más de lo necesario.

Me desnudó con calma. El roce de sus dedos al bajar el cierre del vestido me erizó la piel.

Yo le quité la camisa. El olor de su pecho —piel limpia, un leve toque de colonia amaderada— me subió a la cabeza.

Cuando nos tumbamos en la cama, el cuerpo respondió con la facilidad del reconocimiento.

Me abrió las piernas y me lamió despacio, con esa lengua amplia y paciente que ya conocía.

El sonido húmedo llenó la habitación. Me corrí contra su boca con un gemido largo, clavándole los dedos en el pelo.

Después se colocó entre mis muslos y empujó.

Entró de un solo golpe, profundo, hasta el fondo.

El estiramiento me arrancó un sonido agudo.

Empezó a moverse con ritmo constante, atento, sin prisas.

Cada embestida hacía que el colchón crujiera apenas.

El olor a sexo se elevó, mezclado con el de su piel y el de la madera del cabecero.

Me corrí otra vez con él dentro, apretándolo con las piernas.

Él se corrió poco después, con un gemido grave, derramándose caliente en mi interior.

Hasta ahí, casi idéntico a otras veces.

La diferencia llegó en el después.

En lugar de quedarnos tumbados hablando, en lugar de que sus dedos exploraran mi espalda mientras me contaba algo de su semana o me preguntaba por la mía, Idris se retiró con suavidad.

El semen resbaló entre mis muslos cuando se separó.

Se tumbó a mi lado unos minutos en silencio, mirando el techo. Después se levantó.

—Voy a preparar la ducha —dijo simplemente.

Ninguna confidencia. Ninguna ternura prolongada. Ninguna frase que pudiera abrir una puerta emocional. Cumplía el acuerdo con una precisión casi dolorosa.

En la ducha el agua caliente nos golpeó los hombros.

Hubo contacto: sus manos enjabonándome la espalda, un beso bajo el chorro, el roce de su polla semidura contra mi vientre.

Pero no hubo la demora íntima de otras veces.

No hubo risas bajas ni dedos que se quedaran un poco más.

Cuando nos secamos, él me pasó la toalla y se apartó a vestirse.

El olor a jabón y a sexo se quedó flotando en el vapor.

Mientras yo me ponía el vestido, sentí una punzada extraña.

No de rechazo. De pérdida contenida. La forma anterior de estar juntos —la que incluía la conversación, la risa, el quedarse un rato más olisqueando la piel del otro— había sido recortada.

Y aunque yo misma había pedido ese recorte, el cuerpo registraba la ausencia como un frío pequeño y preciso.

Idris me acompañó hasta la puerta. Antes de abrirla, me miró. Por un segundo pareció a punto de decir algo más. Después solo habló:

—Gracias por volver. Dentro de este marco.

—Gracias por respetarlo —respondí.

No nos abrazamos más de lo necesario. Un beso breve, casi formal. La puerta se cerró a mi espalda con un clic suave.

En el taxi de regreso, el olor de Idris seguía en mi cuello y entre mis piernas.

Miré por la ventanilla y dejé que las emociones se ordenaran.

El sexo había sido satisfactorio. El cuerpo estaba saciado.

Pero había una capa de melancolía que antes no existía.

El precio de la seguridad emocional era, precisamente, esa distancia deliberada.

Y yo lo había elegido. Nosotros lo habíamos elegido.

Cuando llegué a casa, Hugo me estaba esperando en el sofá.

La luz era baja. Olió a la cena que había preparado y a él.

Levantó la vista. Yo me quité el abrigo, fui hacia él y me senté a caballo sobre sus muslos, todavía vestida.

El semen de Idris me humedecía la ropa interior. Apoyé la frente contra la suya.

—¿Cómo ha sido? —preguntó. La voz le salió controlada, pero yo oía la corriente debajo.

—Bien. Sexualmente bien. Él ha cumplido.

No hubo conversaciones largas. No hubo ternura de más.

Sexo y después distancia. —Respiré hondo.

El olor de Hugo me ancló—. Y me he sentido un poco triste.

No por ti. Por la forma anterior. Pero también me he sentido segura.

Y muy cerca de ti incluso mientras estaba allí.

Hugo rodeó mi cintura con las manos. Sus dedos se clavaron un poco más de lo habitual. Asintió despacio.

—La tristeza cabe —dijo—. No tenemos que pretender que el marco nuevo sea igual de dulce. Solo que sea sostenible. ¿Lo es?

—Sí —respondí después de pensarlo—. Lo es. Al menos por ahora.

Me besó. Un beso lento, profundo, de reencuentro.

Su lengua me buscó con una urgencia contenida.

Después me levantó en brazos y me llevó al dormitorio.

Me desnudó con cuidado. El olor de Idris estaba en mi piel, en mi cuello, entre mis muslos.

Hugo lo inhaló profundamente, como siempre, pero esta vez el gesto tuvo menos urgencia y más contención.

Me abrió las piernas y me miró el coño todavía hinchado y húmedo del semen ajeno.

Bajó la cabeza y me lamió despacio, limpiándome con la lengua, mezclando los dos olores.

Me corrí contra su boca con un temblor largo y silencioso.

Después me penetró. Entró de un solo empuje, hasta el fondo, como si quisiera desplazarlo todo.

Me hizo el amor con una ternura intensa y posesiva.

Cada embestida decía lo que las palabras no necesitaban.

Cuando se corrió dentro de mí, me sostuvo la mirada y no la apartó.

El calor de su semen se mezcló con el que todavía quedaba de Idris.

Más tarde, en la penumbra, hablamos poco. No hacía falta analizarlo todo otra vez. El nuevo acuerdo estaba en marcha. Funcionaba. Dolía un poco. Y, aun así, nos mantenía en el centro.

Antes de quedarme dormida, pensé en el mapa que tanto nos había costado redibujar. Ahora tenía fronteras más marcadas. Menos territorio compartido con el exterior. Más espacio protegido entre Hugo y yo.

No era perfecto.

Pero era nuestro.

Y, por primera vez en semanas, el suelo se sentía firme bajo los pies.

Hasta que, a las tres y diecisiete de la madrugada, el móvil vibró en la mesita.

Un número desconocido.

Un solo mensaje:

Sé que no debería escribir. Pero no puedo dejarlo así. Necesito verte una vez más sin reglas. Solo una. Después desaparezco si quieres. — I.

Me quedé mirando la pantalla en la oscuridad.

El corazón me golpeaba la garganta.

A mi lado, Hugo dormía profundamente, con un brazo todavía alrededor de mi cintura.

El marco que tanto nos había costado construir

acababa de agrietarse

con siete líneas.