Capítulo 31
Alexandra
El mensaje de Idris llegó un martes a las siete de la tarde, mientras Hugo y yo preparábamos la cena.
Esta semana tengo dos noches libres. Si quieres verme, dímelo. Si prefieres espacio, también está bien.
Leí el texto en voz alta. Hugo, que estaba cortando cebolla, dejó el cuchillo sobre la tabla y se secó las manos en el paño. No hubo tensión en sus hombros. Solo una atención tranquila.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó.
Me apoyé en la encimera, con el teléfono todavía en la mano. Busqué por dentro la respuesta verdadera, no la que creía que debía dar.
—Quiero verlo —dije—. No con urgencia. Con ganas. Y quiero volver a casa después. Como siempre.
Hugo asintió. Se acercó, me besó la sien y volvió a la cebolla.
—Entonces respóndele. Y elige el día que mejor te venga.
Esa naturalidad todavía me desarmaba. No era indiferencia. Era confianza construida. Escribí:
El jueves. Misma hora. Tu casa.
Envié. Dejé el teléfono a un lado y me puse a lavar el cilantro.
El olor fresco se mezcló con el de la cebolla.
Hugo se acercó por detrás y rodeó mi cintura con los brazos, apoyando la barbilla en mi hombro.
Nos quedamos así un momento, balanceándonos apenas, mientras el aceite empezaba a calentarse en la sartén.
—¿Cómo te sientes al ver que ya forma parte de nuestra semana de esta forma? —pregunté.
Él pensó antes de responder.
—Como si hubiéramos dejado de tratarlo como una excepción. Ahora es una corriente más dentro del río. A veces más fuerte, a veces más suave. Pero ya no me sorprende cada vez que aparece. Y eso… me da paz. Y también un poco de vértigo.
Me giré entre sus brazos y lo besé. El beso sabía a cebolla y a él.
Cuando nos separamos, seguimos cocinando.
La conversación derivó hacia el trabajo, hacia un paciente complicado, hacia una reunión mía del día siguiente.
La normalidad no era una máscara. Era real.
El hecho de que pudiéramos hablar de Idris y después de la compra de la semana sin que una cosa contaminara la otra me parecía, en sí mismo, un logro silencioso.
Cenamos en la mesa de la cocina. Después nos sentamos en el sofá. Hugo se puso a revisar unos informes en la tablet. Yo apoyé la cabeza en su muslo y cerré los ojos mientras él me acariciaba el pelo con la mano libre. El gesto era tan cotidiano que casi dolía de lo hermoso que resultaba.
Más tarde, en la cama, el deseo apareció sin necesidad de relatos ni de juegos.
Nos buscamos con la lentitud de quien conoce el cuerpo del otro de memoria.
Hugo me besó los párpados, la punta de la nariz, la comisura de los labios.
Yo le recorrí la espalda con las uñas suaves.
Cuando entró en mí, lo hizo mirándome. Nos movimos juntos, sin prisa.
El placer fue profundo y silencioso. Me corrí con un temblor largo, escondiendo la cara en su cuello.
Él me siguió poco después, derramándose dentro de mí con un gemido bajo.
Nos quedamos unidos un rato. Después él se retiró y me atrajo contra su pecho. La sábana nos cubría hasta la cintura. Fuera, un coche pasó a lo lejos. Dentro, solo nuestra respiración.
—El jueves —dijo él en voz muy baja.
—El jueves —confirmé.
—Voy a estar aquí cuando vuelvas.
—Lo sé.
Se hizo el silencio otra vez. No era un silencio cargado de lo que no se decía. Era un silencio lleno de lo que ya se había aceptado. Yo dibujaba círculos lentos en su pecho con el dedo índice. Él me acariciaba el hombro con el pulgar.
Pensé en cómo habíamos llegado hasta aquí.
En la primera confesión temblorosa de Hugo.
En mi sorpresa. En el miedo. En las reglas escritas en el móvil.
En la primera vez que Idris me tocó. En el olor a sexo ajeno en nuestras sábanas.
En las conversaciones difíciles sobre envidia y consentimiento.
En el aftercare. En las mañanas siguientes, con el café y las manos entrelazadas sobre la mesa.
Todo eso había construido esta noche tan simple: un mensaje, una respuesta calmada, una cena, un orgasmo compartido, y la certeza de que el jueves yo saldría por la puerta y después volvería a cruzarla.
—¿Tienes miedo de que un día esto se vuelva demasiado normal? —pregunté de pronto—. De que perdamos la intensidad.
Hugo tardó un poco en contestar. Cuando lo hizo, su voz era serena.
—La intensidad no está en la novedad. Está en la honestidad. Mientras sigamos mirándonos de verdad, mientras sigamos eligiendo esto con los ojos abiertos, la intensidad se queda. Puede cambiar de forma. Puede volverse más quieta. Pero no desaparece. Solo madura.
Me levanté un poco y lo besé en la boca, despacio. Después apoyé la cabeza otra vez en su pecho. Su corazón latía bajo mi oreja, constante, familiar, mío.
El jueves llegaría. Idris estaría esperándome. Yo iría. Disfrutaría. Volvería. Y Hugo me recibiría, como había prometido, con las manos abiertas y el corazón presente.
Eso ya no era una fantasía que nos atravesaba como un rayo.
Era nuestra vida.
Y, de una forma que todavía me asombraba, era una vida que los dos estábamos eligiendo con cuidado, con deseo y con un amor que no había hecho más que crecer.