El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 32
80%

Capítulo 32

Hugo

El jueves por la tarde, antes de que Alexandra saliera hacia el apartamento de Idris, me pidió que me quedara quieto en el borde de la cama.

Llevaba el vestido negro que ya le había visto ponerse otras veces para él.

El pelo suelto. Un pendiente de plata que le rozaba el cuello cuando giraba la cabeza.

Me miró desde el centro de la habitación con una calma que ya no era la de las primeras semanas.

Había una seguridad nueva en ella. No arrogante. Asentada.

—Quiero probar algo antes de irme —dijo—. Si en algún momento no te resulta bien, lo dices y paramos.

Asentí. El corazón me había empezado a latir con más fuerza.

Alexandra se acercó. Se detuvo delante de mí. Con una mano me levantó la barbilla para que la mirara a los ojos. Con la otra me acarició la mejilla, despacio.

—Esta noche voy a estar con él —continuó, la voz baja y clara—. Voy a dejar que me folle. Voy a correrme con su polla dentro. Y después voy a volver a esta casa y te voy a contar lo que quieras oír. Pero ahora, antes de salir, quiero recordarte quién elige. Quién sostiene el centro.

Me temblaban un poco las manos. Las apoyé sobre mis rodillas, abiertas.

Ella se arrodilló entre mis piernas. Me abrió el pantalón con movimientos precisos.

Me sacó. Ya estaba duro. Me miró desde abajo, sosteniendo mi mirada, y después me tomó en la boca con una lentitud deliberada.

No era una mamada pensada para hacerme correrme rápido.

Era una demostración. Cada movimiento de su lengua, cada vez que se apartaba justo cuando yo empezaba a tensarme, me recordaba que el control estaba en sus manos.

Cuando se detuvo, un hilo de saliva unía su labio inferior a la punta de mi polla.

Se levantó, se subió el vestido hasta la cintura y se sentó a horcajadas sobre mí, sin llegar a introducirme.

Solo frotándose, húmeda y caliente, contra mi erección.

Sus manos en mis hombros. Su mirada fija en la mía.

—Tú me has dado este espacio —susurró—. Me has abierto la puerta. Y yo la estoy cruzando. Pero el poder de abrirla y de cerrarla sigue siendo nuestro. De los dos. Esta noche lo ejerzo yo de esta forma. ¿Lo sientes?

—Sí —logré decir.

Se levantó de mi regazo. Me dejó allí, con la polla brillante y al aire, sin alivio. Fue hasta el espejo, se ajustó el vestido, se pasó una barra de labios de un color oscuro y me miró a través del reflejo.

—No te corras mientras yo no esté —dijo—. Quiero encontrarte así cuando vuelva. Necesitado. Consciente de a dónde he ido. Y de a quién vuelvo.

El mandato fue suave. Y absoluto.

Asentí otra vez. La boca se me había secado.

Alexandra se acercó, me besó en los labios con ternura —un contraste deliberado con la orden que acababa de dar— y salió del dormitorio. Oí la puerta de entrada cerrarse. Después el silencio de la casa.

Me quedé sentado en el borde de la cama durante varios minutos, con la polla todavía dura y el eco de sus palabras resonando.

La dinámica de poder ya no era una exploración titubeante.

Se había convertido en un lenguaje que los dos hablábamos con fluidez.

Ella no me había humillado. Me había colocado, conscientemente, en el lugar donde mi deseo se volvía más agudo: el lugar de la espera, de la cesión, de la conciencia de que su placer esa noche no dependía de mí…

y de que, aun así, yo seguía siendo el hombre al que volvería.

Me abroché el pantalón con dificultad. Bajé a la cocina.

Intenté leer. Intenté ver una serie. Nada se me pegaba.

El cuerpo estaba en un estado de alerta erótica constante.

Cada vez que la mente evocaba la imagen de Alexandra abriéndose bajo Idris, la erección volvía con fuerza.

Y cada vez yo la contenía, obedeciendo la única regla que ella había dejado atrás.

Las horas se estiraron.

Cuando por fin oí la llave en la cerradura, eran casi las dos de la mañana.

Me levanté. Alexandra entró. Olió a sexo y a la colonia de él.

Tenía el pelo ligeramente desordenado y una expresión de satisfacción física que ya reconocía.

Me miró. Después bajó la vista a mi pantalón, donde la dureza se marcaba con claridad.

Sonrió, pequeña y peligrosa.

—Buen chico —dijo en voz baja.

Las dos palabras me atravesaron. No como una degradación. Como un reconocimiento. Me había sostenido en el lugar que ella me había pedido. Y eso, en la economía de poder que habíamos construido, tenía valor.

Se acercó. Me besó. Su boca sabía a vino y a algo más íntimo.

Después me tomó de la mano y me llevó al dormitorio.

Me hizo sentar otra vez en el borde de la cama.

Se quitó el vestido. No llevaba ropa interior.

El sexo estaba hinchado, brillante, claramente usado.

Se colocó a horcajadas sobre mí y, esta vez, sí me dejó entrar.

El calor me arrancó un gemido profundo. Estaba más abierta, más resbaladiza. Empecé a mover las caderas, pero ella me sujetó los hombros.

—No. Esta noche no diriges. Yo marco el ritmo.

Obedecí. Dejé las manos apoyadas a los lados del cuerpo.

Ella se movió sobre mí con lentitud al principio, después con más intensidad.

Me miraba mientras lo hacía. Cada vez que yo me acercaba demasiado al borde, se detenía, me apretaba con los músculos internos y esperaba a que bajara.

El control era absoluto. Y la entrega, por mi parte, era completa.

—Esto es lo que me gusta —susurró, jadeando—. Tenerte así. Sabiendo dónde he estado. Sabiendo que me esperaste. Sabiendo que tu placer ahora mismo depende de lo que yo decida darte.

—Sí —respondí, la voz rota—. Me gusta. Me gusta que decidas.

Cuando por fin me permitió correrme, fue con una profundidad que me dejó temblando. Me vacié dentro de ella mientras ella me sostenía la mirada. Después se quedó sentada sobre mí, todavía unida, acariciándome el pelo con una ternura que contrastaba con la autoridad de minutos antes.

—El poder no es un arma entre nosotros —dijo en voz muy baja—. Es un idioma. Y esta noche lo hemos hablado bien.

Asentí, todavía sin aliento. La rodeé con los brazos y escondí la cara entre sus pechos. Ella me sostuvo.

Más tarde, ya tumbados bajo la sábana, con las luces apagadas, Alexandra habló otra vez:

—Si algún día esta dinámica deja de sentirte como una elección y empieza a sentirte como una obligación, me lo dices. El poder solo es limpio mientras los dos podamos recuperarlo y devolverlo a voluntad.

—Lo sé —murmuré contra su piel—. Y te lo diré.

Me quedé dormido con el olor de Idris todavía presente en su cuello y con la certeza de que, en la arquitectura de deseo que habíamos construido, yo no ocupaba el lugar más alto… y, aun así, ocupaba el lugar exacto donde quería estar.