Capítulo 30
Hugo
Habían pasado cuatro días desde la última vez que Alexandra había vuelto oliendo a él.
Cuatro días en los que el olor se había ido disipando poco a poco de las sábanas, de su piel, de mi memoria inmediata. Pero lo que no se había disipado era la capa emocional que se había instalado debajo de todo. Una capa más quieta, más densa, más difícil de nombrar con las palabras del deseo.
Esa noche estábamos en el sofá. La ciudad murmuraba detrás de los cristales.
Dentro solo se oía el sonido bajo de una lista de música que ninguno de los dos estaba escuchando realmente.
Alexandra tenía las piernas encogidas sobre el asiento y la cabeza apoyada en mi hombro.
Yo le acariciaba el antebrazo con el dorso de los dedos, una y otra vez, sin propósito sexual. Solo para sentir que seguía ahí.
Había una ternura nueva entre nosotros. No reemplazaba a la excitación.
La acompañaba. A veces, cuando la miraba de reojo mientras ella leía o simplemente miraba al vacío, sentía un apretón en el pecho tan fuerte que casi me obligaba a cerrar los ojos.
No era miedo. Era la conciencia aguda de lo mucho que la quería… y de lo mucho que ahora sabía de ella.
—¿En qué piensas? —preguntó ella en voz baja, sin levantar la cabeza.
Tardé un momento en responder. Quería ser preciso.
—En lo extraño que resulta querer a alguien más después de haberla visto con otro hombre.
No menos. Más. —Tragué saliva—. Antes te quería desde un lugar que todavía tenía zonas de sombra.
Lugares donde yo proyectaba lo que creía que debías ser.
Ahora te quiero desde un sitio más despejado.
Te he visto desear. Te he visto elegir. Te he visto volver.
Y cada una de esas cosas me ha obligado a quererte con menos posesividad y con más… profundidad.
Alexandra se movió un poco. Su mano buscó la mía y nuestros dedos se entrelazaron.
—Yo también siento algo distinto —dijo—.
Hay una gratitud que antes no existía. No la gratitud de quien recibe un permiso.
Es más compleja. Es la gratitud de ser vista en una parte de mí que la mayoría de las personas esconderían.
Tú no solo la has tolerado. La has acompañado.
Incluso cuando te dolía. Eso me produce una lealtad hacia ti que no sabía que podía sentir con esta intensidad.
Sus palabras se me metieron debajo de la piel. Aparté la vista hacia la ventana para que no viera lo cerca que estaban las lágrimas. No de tristeza. De algo más grande y más frágil.
Había momentos, en medio del día, en los que la realidad de lo que estábamos haciendo me golpeaba de golpe.
Estaba en el hospital, lavándome las manos después de una intervención, y de pronto recordaba que mi mujer había tenido a otro hombre dentro de ella apenas setenta y dos horas antes.
La imagen me producía un latigazo de excitación seguido inmediatamente de una ola de cariño casi insoportable.
Como si el hecho de que ella pudiera vivir esa experiencia y aun así elegirme después agrandara el espacio que ocupaba en mi pecho.
—A veces tengo miedo —admití en voz muy baja—.
No al miedo antiguo de que te vayas. Ese ya casi no aparece.
Tengo miedo de no estar a la altura de la versión de mí mismo que esto está exigiendo.
Miedo de que un día la envidia pese más que el amor y yo no sepa sostenerla con la misma limpieza de ahora. Miedo de fallarte en el cuidado.
Alexandra se incorporó. Se giró hasta quedar mirándome de frente. Sus ojos estaban serios, húmedos, completamente presentes.
—Entonces no lo hagas solo —dijo—. Ese miedo también se sostiene a dos.
Si un día la envidia se vuelve demasiado pesada, me lo dices.
Si un día yo empiezo a usar el poder de forma descuidada, me lo dices.
No estamos improvisando en la oscuridad.
Estamos construyendo algo. Y las construcciones se revisan.
Se refuerzan. Se reparan cuando hace falta.
Me incliné y apoyé la frente contra la suya. Cerré los ojos. El olor de su piel —solo el suyo esta noche— me llenó. Sentí el calor de su respiración. El leve temblor de sus pestañas cuando parpadeó cerca de las mías.
—Te quiero —dije. La frase salió simple, casi desnuda—. Te quiero de una forma que a veces me asusta por lo grande que se está volviendo.
—Yo también te quiero —respondió—. Y estoy aquí. No a pesar de todo lo que estamos haciendo. Sino, de alguna manera extraña y verdadera, a causa de ello.
Nos quedamos así un rato largo. Frentes juntas. Manos entrelazadas. El silencio ya no era vacío. Estaba lleno de todo lo que habíamos nombrado y de todo lo que todavía no necesitábamos nombrar.
Más tarde, en la cama, nos hicimos el amor con una lentitud que rozaba lo ceremonial.
No hubo relatos de Idris. No hubo juegos de poder.
Solo el roce de la piel, la mirada sostenida, la respiración compartida.
Cuando entré en ella, lo hice como quien regresa a un lugar sagrado.
Ella me recibió con la misma reverencia.
El orgasmo, cuando llegó, fue quieto y profundo, más una marea que un estallido.
Me derramé dentro de ella sintiendo que algo más que placer se transfería entre los dos: una reafirmación, un voto silencioso.
Después nos quedamos abrazados en la oscuridad. Su cabeza en mi pecho. Mi mano en su pelo. El latido de su corazón contra el mío.
En algún lugar de la ciudad, la vida seguía.
Idris existía. El deseo por él seguía existiendo.
Pero en esa cama, en esa noche, lo único que importaba era el espacio emocional que Alexandra y yo habíamos conseguido crear: un espacio lo bastante grande como para contener el placer, la envidia, el miedo, la gratitud y el amor…
sin que ninguno de esos sentimientos expulsara a los demás.
Eso, pensé mientras ella se quedaba dormida contra mí, era quizás lo más radical que habíamos hecho.
No el sexo con otro hombre.
Sino la capacidad de seguir queriéndonos con los ojos abiertos después de él.