El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Alexandra

El olor fue lo primero que registré al entrar en el apartamento de Idris.

No el de su colonia. Algo más de fondo, más íntimo: madera caliente, sábanas limpias, la nota seca y ligeramente dulce de su piel después de una ducha reciente.

Cerró la puerta y el aroma se volvió más denso, como si la habitación lo hubiera estado guardando para mí.

Me atrajo hacia él y, al abrazarme, ese olor se mezcló con el de mi propio cuello: mi perfume, el jabón del bufete, un rastro de sudor nervioso.

Nos besamos. Su boca sabía a menta y a él. El aliento caliente me llenó. Cuando bajó la cara a mi cuello y respiró despacio, sentí la inhalación como un acto deliberado. Me estaba oliendo. El reconocimiento me mojó de inmediato.

—Hueles a trabajo y a anticipación —murmuró contra mi piel.

Me reí, baja, y le mordí suavemente el labio.

Esta vez no hubo demasiadas palabras. Nos desvestimos entre el recibidor y la cama.

Cada prenda que caía liberaba un nuevo matiz de olor: el algodón de su camisa, el calor acumulado en el hueco de sus brazos, el aroma más concentrado y masculino que subió cuando se bajó la ropa interior.

Yo ya estaba empapada. El aire entre mis piernas se volvió más espeso, más ácido y dulce a la vez.

Idris lo notó. Se arrodilló y acercó la cara sin tocarme todavía. Inhaló.

El sonido de esa inspiración profunda me hizo cerrar los ojos.

Cuando por fin me lamió, el olor de mi propio sexo se elevó, mezclado con el de su saliva y el de su piel.

Era crudo, íntimo, imposible de disfrazar.

Me abrí más. Él lamió con lentitud, respirando entre cada pasada, como si quisiera impregnarse.

Me corrí con las manos en su pelo y el olor de mi orgasmo flotando entre los dos.

Después me puso a cuatro patas. Entró en mí de un embestida profunda.

El sonido húmedo de su polla abriéndome se mezcló con el olor inmediato del sexo: piel, lubricación, el aroma ligeramente metálico y dulce de su precúmulo.

Cada vez que se hundía, el aire se volvía más denso.

Su sudor empezó a aparecer: una nota salada y limpia que me llegaba cada vez que se inclinaba sobre mi espalda.

Yo olía a él. Él olía a mí. La habitación olía a nosotros.

Me folló con ritmo constante, profundo. En un momento dado se detuvo, todavía dentro, y se inclinó hasta pegar el pecho a mi espalda. Respiró en mi nuca. Después bajó la cara y olió el lugar donde su cuerpo y el mío se unían. El gesto fue tan íntimo y tan animal que me arrancó un gemido tembloroso.

—Hueles a mí ahora —dijo, la voz ronca.

Se corrió poco después, clavándose hasta el fondo. Sentí los pulsos calientes. El olor del semen fresco se sumó al resto: espeso, ligeramente clorado y dulce, inconfundible. Cuando se retiró, el fluido empezó a resbalar. El aroma se intensificó.

Nos quedamos tumbados de lado, todavía tocando.

El sudor se enfriaba sobre la piel. El olor a sexo era ahora el olor dominante de la habitación: una mezcla de ambos cuerpos, de saliva, de semen y de la humedad de las sábanas.

Idris me acariciaba el brazo con dedos lentos.

De vez en cuando inclinaba la cabeza y respiraba contra mi hombro, como si quisiera memorizarme.

En la ducha, el vapor caliente levantó todos los olores otra vez. El jabón intentó cubrirlos, pero no lo consiguió del todo. Incluso después de enjuagarme, cuando me sequé, seguía oliendo a él entre las piernas y en la piel del cuello donde me había besado más.

Me vestí. El vestido atrapó parte de ese aroma. El abrigo, también.

Antes de que me fuera, Idris me abrazó por detrás y apoyó la nariz en mi pelo.

—Vas a llegar a casa oliendo a esto —susurró—. A mí. A lo que te he hecho. Quiero que él lo huela.

No respondí. Solo asentí, sintiendo un escalofrío que me bajó por toda la columna.

En el taxi, con la ventanilla entreabierta, el aire frío de la noche entraba a ratos.

Pero el olor no se iba. Estaba en mi pelo, en mi cuello, en la tela del vestido, y sobre todo entre mis muslos, donde el semen seguía resbalando despacio y liberando su aroma cada vez que movía las piernas.

Cerré los ojos y me concentré en eso. En cómo iba a oler para Hugo.

En cómo él iba a reaccionar al reconocerlo.

Saqué el teléfono y escribí:

Voy a casa. Huelo a él. A su semen. A su sudor. A su boca. Quiero que me huelas antes de lavarme.

El mensaje se envió.

Cuando el taxi se detuvo frente al edificio, el corazón me latía con fuerza. Subí en el ascensor sintiendo cómo el olor se concentraba en el espacio cerrado. Al llegar a la puerta, me detuve un segundo. Respiré. Después giré la llave.

Hugo estaba en el recibidor. Me miró. Después, sin decir nada, se acercó. No me besó en la boca. Bajó la cara a mi cuello y inhaló despacio, profundamente. Sentí la inspiración. Sentí cómo su cuerpo se tensaba. Cuando levantó la cabeza, sus ojos estaban oscuros y su respiración había cambiado.

—Joder… —murmuró.

Me tomó de la mano y me llevó al dormitorio.

Me quitó el abrigo. Después el vestido. Se arrodilló delante de mí e inclinó la cara hacia mi sexo.

No me lamió. Solo olió. Largo. Profundo.

Como si quisiera absorber cada nota: el semen de Idris, mi humedad, el sudor de ambos, el rastro de jabón que no había conseguido borrar del todo.

Un sonido bajo y gutural se le escapó de la garganta.

Cuando por fin me empujó hacia la cama y entró en mí, lo hizo con un gemido que venía de muy abajo.

Estaba dura y resbaladiza de otro hombre, y el olor de ese encuentro seguía flotando entre los dos mientras Hugo me follaba.

Cada embestida liberaba un poco más de aroma.

Cada vez que él bajaba la cara a mi cuello o a mis pechos, volvía a inhalar, como si no pudiera saciarse.

Nos corrimos casi al mismo tiempo. Él dentro. Yo alrededor. El olor final fue una mezcla densa e imposible de separar: Idris, yo, Hugo. Tres cuerpos presentes en una sola habitación a través del sentido más primitivo.

Después nos quedamos abrazados. Hugo tenía la cara enterrada en mi cuello y seguía respirando despacio, como si todavía estuviera leyéndome a través del olfato. Yo le acariciaba el pelo.

No hizo falta decir mucho.

El olor lo había contado todo.