Capítulo 28
Hugo
El mensaje de Alexandra llegó cuando ya estaba en casa:
Ya voy. Estoy llena de él. Y necesito que tú me llenes después.
Lo leí sentado en el sofá, con la luz baja. Las palabras me produjeron el efecto de siempre: un golpe bajo en el estómago seguido de una erección casi inmediata. Pero esta vez, debajo de la excitación, había una capa más compleja que necesitaba nombrar antes de que ella cruzara la puerta.
Envidia.
No era la primera vez que la sentía. Pero nunca la había mirado de frente con tanta calma.
Cuando oí la llave, me levanté. Alexandra entró. Olió a sexo, a la colonia de Idris y a la satisfacción física de alguien que acaba de ser bien follada. Me miró desde el umbral. Yo le sostuve la mirada.
—Antes de tocarte —dije—, necesito hablar.
Ella asintió. Se quitó el abrigo, lo dejó sobre la silla y se acercó. No intentó besarme todavía. Se sentó en el sofá y me esperó. Me senté a su lado, lo bastante cerca para sentir su calor, lo bastante lejos para poder pensar.
—Hay envidia —empecé—. Quiero que lo sepas.
No es solo excitación. También hay envidia.
Cuando imagino su boca entre tus piernas, o su polla dentro de ti, o el modo en que te hace gemir…
una parte de mí quiere eso para sí. Quiere ser el único.
Esa parte no ha desaparecido. Solo ha aprendido a convivir con la otra.
Alexandra no interrumpió. Me miraba con atención absoluta.
—La envidia que siento no es la misma que sentiría si me estuvieras engañando —continué—.
Esa sería una envidia cerrada, amarga, que busca destruir.
Esta es distinta. Es una envidia que se mantiene abierta porque tú me la traes.
Porque me la ofreces. Porque yo he consentido recibirla.
El consentimiento no elimina el pinchazo.
Pero lo transforma. Lo convierte en algo que puedo sostener sin que me envenene.
Ella extendió la mano y tocó mis dedos.
—¿Qué cambia exactamente el consentimiento? —preguntó con suavidad.
Busqué las palabras con cuidado.
—Cambia el significado del dolor. Sin consentimiento, la envidia dice: “me están quitando algo”.
Con consentimiento, la envidia dice: “estoy eligiendo mirar cómo alguien más te da algo que yo también quiero darte… y esa elección me pertenece”.
El pinchazo sigue ahí. Pero ya no soy víctima de él.
Soy participante. Y eso me devuelve dignidad incluso en el momento en que me siento más vulnerable.
Alexandra asintió despacio. Sus ojos brillaban.
—También yo siento algo parecido a la envidia —admitió—.
No hacia una mujer. Hacia la libertad que tú me estás dando.
A veces miro tu capacidad de sostener esto y pienso: “¿sería yo capaz de hacer lo mismo si los roles se invirtieran?”.
Y no estoy segura. Esa duda me produce una mezcla de admiración y de una envidia pequeña, casi vergonzosa.
El consentimiento también me obliga a mirar eso.
El silencio que siguió fue denso, pero limpio. Nos estábamos diciendo verdades que la mayoría de las parejas nunca articulan.
—Hay una trampa —dije después—. La trampa es creer que el consentimiento es un acto único.
Firmar una vez y ya está. Pero el consentimiento real es continuo.
Se renueva cada vez que tú sales por esa puerta.
Cada vez que yo te recibo. Cada vez que el pinchazo de envidia aparece y yo decido no convertirlo en control ni en castigo.
Si en algún momento dejo de consentir de verdad —si solo aguanto—, el dinamismo se vuelve podredumbre. Y no quiero eso.
Alexandra se acercó más. Apoyó la frente contra la mía.
—Entonces pregúntame ahora —susurró—. Pregúntame si sigo consintiendo. Y yo te preguntaré a ti.
Respiré hondo.
—¿Sigues queriendo esto? ¿De verdad? ¿Sin hacerlo por mí?
—Sí —respondió sin dudar—. Lo quiero. Me da placer. Me da poder. Me da una conexión más profunda contigo. Y si en algún momento deja de dármelo, te lo diré.
Le tocó el turno a ella.
—¿Sigues consintiendo, Hugo? ¿O solo estás soportando porque te excita demasiado para parar?
La pregunta me atravesó. Me obligó a revisar por dentro con honestidad brutal.
—Estoy consintiendo —dije al fin—. La excitación es real. La envidia también. Pero la elección de quedarme, de abrirte la puerta, de escucharte y de follarte después… esa elección es mía. No me siento atrapado. Me siento… expandido. Y asustado. Y muy vivo.
Alexandra me besó. Fue un beso lento, profundo, casi de alivio. Cuando se separó, sus ojos estaban húmedos.
—Entonces seguimos —dijo—. Pero seguimos mirando la envidia cada vez que aparezca. Sin avergonzarnos de ella. Sin dejar que tome el volante. El consentimiento no es la ausencia de celos. Es la decisión de no convertirlos en armas.
Me incliné y apoyé la frente en su hombro. Olió a Idris y a su propia piel y a sexo reciente. Esta vez dejé que la envidia subiera, la reconocí, y después la dejé asentarse junto a la excitación sin pelearme con ella.
—Quiero hacerte el amor ahora —murmuré—. No para borrar lo que ha pasado. Para afirmar que sigo eligiendo estar dentro de ti después de él.
Alexandra se levantó y me tendió la mano.
La seguí al dormitorio. La desvestí con cuidado.
El cuerpo todavía llevaba las marcas sutiles de la tarde: una leve rozadura en la cadera, la sensibilidad exagerada, el brillo entre sus muslos.
Entré en ella despacio. Estaba abierta, resbaladiza, llena de otro hombre.
La envidia y el deseo se fundieron en un solo pulso mientras me movía dentro.
Nos miramos todo el tiempo. No hizo falta decir más.
El consentimiento no había eliminado la sombra.
La había iluminado.
Y en esa luz, los dos podíamos seguir caminando.