Capítulo 27
Alexandra
Diez días después volví al apartamento de Idris.
No había la misma tensión nerviosa de la primera vez. Había, en cambio, una anticipación más densa, más consciente. El cuerpo ya sabía lo que venía. La mente, también. Antes de salir de casa, Hugo me había besado largo rato en el recibidor, con las manos en mi cara, y me había dicho al oído:
—Quiero que lo sientas todo. Y después quiero que me lo traigas.
El recuerdo de esas palabras me acompañó durante todo el trayecto.
Idris me estaba esperando. Abrió la puerta en cuanto llamé. Esta vez no había pretensión de conversación previa. Me miró, dio un paso atrás para dejarme entrar y, en cuanto la puerta se cerró, me atrajo hacia él.
El primer contacto fue solo calor y olor.
Su cuerpo contra el mío. La colonia especiada mezclada con la piel limpia.
El sabor de su boca cuando me besó: ligeramente mentolado, profundo.
Sus manos bajaron por mi espalda hasta el culo y me apretaron contra su erección, ya dura, ya presente.
Gemí dentro del beso. El sonido pareció abrirle algo.
Me levantó con facilidad y me llevó hacia el dormitorio.
Las sábanas estaban frías cuando mi espalda las tocó.
El contraste con la temperatura de su cuerpo me erizó la piel.
Idris se quitó la camisa sin prisas. La luz baja le dibujaba los hombros, el pecho, la línea oscura que bajaba hacia el pantalón.
Me senté en la cama y lo observé mientras se desvestía.
Cuando se bajó la ropa interior, su polla saltó libre, pesada, ya brillante en la punta.
El olor masculino, limpio y concentrado, me llegó antes de que él se acercara.
Me quité el vestido de un solo movimiento.
No llevaba nada debajo. Idris se detuvo un segundo a mirarme.
Después se arrodilló entre mis piernas abiertas y pasó la nariz por el interior de mi muslo, respirando despacio.
El simple hecho de que me oliera de esa forma me mojó de inmediato.
Cuando por fin su lengua me tocó, fue con una lentitud deliberada.
Plana. Caliente. Me abrió con los pulgares y lamió desde abajo hasta el clítoris, una y otra vez, con una presión constante que me hizo arquear la espalda.
El sonido de su boca trabajando contra mi sexo llenó la habitación.
Húmedo. Obsceno. Delicioso. Apreté los dedos en las sábanas y abrí más las piernas.
El orgasmo llegó como una ola baja y larga, sin gritos, solo con un temblor profundo y un gemido arrastrado.
Idris no se detuvo. Continuó lamiendo a través de las contracciones, suavizando la presión pero sin apartarse, hasta que el placer se volvió casi demasiado y tuve que empujarle la frente con la mano.
Subió. Me besó. Me hizo saborear mi propio gusto mezclado con el de su boca. Después se colocó entre mis muslos y empujó.
La entrada fue más fácil que la primera vez.
El cuerpo ya lo reconocía. Aun así, el estiramiento me arrancó un suspiro largo.
Idris se hundió hasta el fondo y se quedó quieto un momento, dejándome sentir el pulso de su polla dentro de mí.
El peso de sus caderas. El calor. La forma en que me llenaba de una manera distinta a Hugo: más ancha, más insistente.
Empezó a moverse. El roce era perfecto. Cada embestida rozaba un punto profundo que me hacía abrir la boca.
El sonido de la piel contra la piel se volvió rítmico, húmedo, constante.
Su aliento caliente me golpeaba el cuello.
El olor de nuestro sexo se elevó entre los dos, espeso y animal.
Yo enganché las piernas a su cintura y lo recibí todo.
En un momento dado me giró. Me puso a cuatro patas.
Entró desde atrás con un empujón profundo que me hizo bajar la frente hasta la almohada.
Sus manos grandes me sujetaron las caderas.
El ángulo era distinto. Más crudo. Cada vez que se clavaba, el impacto resonaba en todo el cuerpo.
Sentí cómo se me escapaba un hilo de saliva.
Cómo la humedad me resbalaba por el interior de los muslos.
El olor de la almohada, de mi propio pelo y de su piel se mezclaron.
—Habla —me pidió, la voz grave, sin dejar de moverse—. Dime qué sientes.
—Te siento… muy profundo —logré decir entre jadeos—. Me estás abriendo. Y me gusta. Me gusta mucho.
Idris gruñó y aceleró. Una de sus manos rodeó mi cintura y bajó hasta el clítoris.
Empezó a frotar en círculos precisos mientras seguía follándome.
El doble estímulo me destrozó. Me corrí con un grito ahogado, apretándome alrededor de su polla con fuerza.
Él no se detuvo. Continuó a través de mi orgasmo hasta que sus propias embestidas se volvieron irregulares.
Se clavó hasta el fondo y se corrió con un gemido largo y grave, derramándose dentro de mí en pulsos calientes que sentí con claridad.
Nos quedamos inmóviles. Él encima, todavía dentro. Yo debajo, temblando. El sudor nos pegaba la piel. El único sonido era nuestra respiración agitada y el leve goteo de algo que resbalaba entre mis muslos hasta la sábana.
Después se retiró con cuidado. Sentí la salida como una pérdida física. El semen empezó a escurrir de inmediato. Idris se acostó a mi lado y me atrajo hacia su pecho. Su corazón latía fuerte bajo mi oreja. Me acarició la espalda con la yema de los dedos, lento, repetitivo.
No hablamos durante varios minutos. Solo existía el calor de su cuerpo, el olor a sexo, el latido residual entre mis piernas y la conciencia clara de que, en pocas horas, le contaría cada detalle de esto a Hugo.
Cuando por fin me levanté para ducharme, el semen me resbaló por el interior del muslo hasta la rodilla.
Me miré en el espejo del baño: labios hinchados, mejillas sonrojadas, el cuello marcado por la sombra de su barba, el sexo hinchado y brillante.
Me toqué con dos dedos. Seguí abierta. Seguí llena.
En la ducha, el agua caliente me recorrió el cuerpo.
Idris entró detrás de mí, tomó la esponja y me lavó con una calma casi doméstica.
Me enjabonó los hombros, los pechos, el vientre.
Cuando bajó entre mis piernas, limpió su propio semen con movimientos cuidadosos.
El gesto me produjo un escalofrío que no tenía nada que ver con el deseo y todo que ver con la intimidad extraña y poderosa que estábamos construyendo.
Al vestirme, el cuerpo me pesaba de satisfacción y de una fatiga dulce. Idris me acompañó hasta la puerta. Me besó una última vez, despacio, y murmuró contra mis labios:
—Dile a Hugo que esta vez también te he cuidado.
Asentí.
En el taxi de vuelta, apoyé la cabeza en el asiento y cerré los ojos.
El balanceo del coche me hacía consciente de cada centímetro de mi cuerpo: la sensibilidad de los pezones contra la tela, el latido sordo entre las piernas, el olor de Idris pegado a mi cuello y a mi pelo, la humedad que todavía resbalaba.
Saqué el teléfono y escribí:
Ya voy. Estoy llena de él. Y necesito que tú me llenes después.
Envié el mensaje.
El resto del trayecto lo pasé sintiendo. Solo sintiendo.
El cuerpo como un archivo abierto de sensaciones que, en cuanto llegara a casa, le entregaría entero a mi marido.