Capítulo 26
Alexandra
Me desperté tarde.
La luz del mediodía filtraba por las cortinas entreabiertas y dibujaba una franja dorada sobre la sábana.
Hugo ya no estaba en la cama. Oí el ruido lejano de la cafetera y el claqueteo suave de una taza contra la encimera.
El cuerpo me pesaba de una forma nueva: una sensibilidad generalizada, un cansancio placentero en los muslos y una conciencia persistente de haber sido abierta y llenada por alguien que no era mi marido.
Me giré despacio. Entre las piernas noté la humedad residual, ya no caliente, pero todavía presente.
El recuerdo físico de Idris se superponía al de Hugo de la noche anterior.
Dos hombres. Dos formas distintas de estar dentro de mí.
La idea ya no era abstracta. Era una realidad que mi cuerpo llevaba consigo.
Me levanté, me puse la camiseta de Hugo que estaba en el suelo y salí al pasillo. Él estaba en la cocina, de espaldas, con el pelo todavía revuelto y la misma camiseta de dormir de siempre. Al oírme, se giró. Sus ojos me recorrieron despacio, como si necesitara comprobar que seguía allí, entera.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Me acerqué. Él abrió los brazos y yo me metí en ellos.
El abrazo fue largo, silencioso. Enterré la cara en su pecho y respiré el olor familiar de su piel.
Debajo de ese olor, todavía podía detectar rastros del sexo de la noche: el mío, el suyo, y un eco más lejano del de Idris. Hugo no dijo nada. Solo me sostuvo.
Después me sirvió café. Nos sentamos uno frente al otro en la mesa de la cocina. La normalidad de los gestos contrastaba con el peso de lo que habíamos atravesado apenas unas horas antes.
—¿Cómo estás de verdad? —preguntó él.
Dejé la taza entre las manos y busqué la respuesta honesta.
—Siento el cuerpo distinto. Como si hubiera cruzado un umbral y el cuerpo lo recordara en cada músculo.
No me arrepiento. Pero tampoco es ligero.
Hay una gravedad nueva. Y al mismo tiempo…
una sensación de integridad. Como si una parte de mí que había estado contenida por fin hubiera ocupado su espacio.
Hugo asintió. No intervino. Me dejó hablar.
—También siento mucho cariño hacia ti —continué—.
Más del que sentía antes de salir de casa anoche.
No sé si tiene sentido. Pero es verdad. Cuando estaba con él, había momentos en los que pensaba en ti.
No como un freno. Como un ancla. Como la persona a la que iba a volver.
Eso cambió la experiencia. La hizo más profunda, no menos.
Sus ojos se humedecieron un instante. Apartó la mirada hacia la ventana y después volvió a mí.
—Yo también te quiero más esta mañana —admitió—. Y estoy confuso. Y excitado. Y un poco triste. Y muy orgulloso de ti. Todo al mismo tiempo. Es agotador. Y no cambiaría nada de lo que ocurrió.
Extendí la mano sobre la mesa. Él la tomó. Nos quedamos así, unidos por los dedos, mientras el café se enfriaba.
Más tarde, mientras nos duchábamos juntos, Hugo me lavó el pelo con una ternura casi ritual.
Sus dedos masajearon mi cuero cabelludo con movimientos lentos y precisos.
Después bajó por mi cuello, por los hombros, por la espalda.
Cuando llegó entre mis piernas, limpió con una delicadeza extrema.
No había intención sexual en el gesto. Solo cuidado.
Yo apoyé la frente en su clavícula y dejé que el agua caliente nos envolviera a los dos.
—Gracias por recibirme así —susurré.
—Gracias por volver —respondió.
Salimos de la ducha envueltos en toallas. En el dormitorio, mientras me secaba el pelo, el teléfono vibró sobre la mesita. Era un mensaje de Idris:
Espero que hayas llegado bien. Me importa. Si necesitas espacio o si quieres hablar, aquí estoy.
Le mostré la pantalla a Hugo. Él la leyó en silencio y después me miró.
—Responde lo que necesites responder —dijo—. No tienes que filtrarlo a través de mí.
Escribí:
Llegué bien. Estoy con Hugo. Gracias por el cuidado de anoche. Hablamos pronto.
Envié. Dejé el teléfono boca abajo.
El resto del día transcurrió en una especie de burbuja.
Pedimos comida. Vimos una película sin prestar demasiada atención.
Nos tocamos con frecuencia: una mano en la espalda, unos dedos entrelazados, la cabeza apoyada en el hombro del otro.
El sexo no apareció hasta la noche, y cuando lo hizo fue lento, silencioso y profundamente reconectivo.
Hugo me hizo el amor como si quisiera recordarme —y recordarse— que mi cuerpo seguía siendo un lugar al que él pertenecía. Yo lo recibí con la misma intención.
Después, en la penumbra, con las piernas todavía enredadas, él habló:
—Hay algo que necesito decirte. Cuando te limpié esta mañana… cuando sentí lo que él había dejado en ti… me puse duro. Y al mismo tiempo se me cerró la garganta. Esa mezcla es ahora parte de mí. No sé si algún día se separará en dos sentimientos distintos. Por ahora conviven.
Me giré hacia él y le acaricié la mejilla.
—Entonces dejemos que convivan —dije—. No tenemos que limpiar las contradicciones para que esto sea válido. Podemos sostenerlas juntas.
Hugo asintió. Me atrajo más cerca. Su corazón latía contra mi pecho, constante y real.
En algún lugar de la ciudad, Idris existía. Había estado dentro de mí. Había dejado marca. Pero en esa cama, en esa noche, el centro seguía siendo el hombre que me sostenía entre los brazos y que había elegido recibirme con las manos abiertas en lugar de cerradas.
Eso, más que cualquier orgasmo, era lo que me permitía respirar hondo y cerrar los ojos sin miedo.