El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Hugo

El mensaje llegó a las once y diecisiete.

Ya voy a casa. Ha ocurrido. Estoy bien. Te necesito.

Me quedé mirando las palabras en la pantalla. El corazón me latía con fuerza, pero no de la forma agitada de las primeras veces. Era un latido profundo, contenido, como si el cuerpo hubiera entendido la magnitud de lo que acababa de pasar antes de que la cabeza terminara de procesarlo.

Ha ocurrido.

Tres sílabas que cambiaban el mapa de nuestro matrimonio.

Apagué la televisión que no estaba mirando.

Bebí un vaso de agua. Después otro. Me lavé la cara con agua fría y me miré en el espejo del baño.

Los ojos me devolvieron una versión de mí mismo que ya no era exactamente la de semanas atrás.

Había menos miedo. Había más algo que todavía no sabía nombrar del todo: una gravedad serena, una aceptación activa.

Cuando oí el ascensor, salí al recibidor.

La llave giró. La puerta se abrió.

Alexandra entró. Cerró a su espalda. Se quedó un segundo inmóvil, mirándome. El pelo un poco revuelto. El vestido negro ligeramente arrugado. Olió a su perfume, a sexo y a la colonia especiada de Idris. El contraste me golpeó en el pecho con una fuerza limpia, sin adornos.

—Hola —dijo, la voz ronca.

—Hola.

No me lancé sobre ella. No la interrogé.

Di un paso adelante y abrí los brazos. Ella caminó hacia mí y se dejó envolver.

El abrazo fue apretado, casi desesperado por ambos lados.

Enterré la cara en su cuello y respiré. El olor ajeno estaba ahí, inequívoco.

Debajo, el olor de su piel. Más abajo todavía, el olor de su excitación y del semen de otro hombre.

Mi polla reaccionó de inmediato, pero la mantuve a raya. Ahora no se trataba de eso.

—¿Estás bien? —pregunté contra su pelo.

—Sí. —Su voz tembló apenas—. Estoy bien. Un poco… llena. Y muy necesitada de ti.

La guié hasta el sofá sin soltarla del todo.

Me senté y la atraje a mi regazo, de lado, como tantas otras noches.

Ella se acurrucó contra mi pecho. Durante un rato largo no hablamos.

Solo respiramos juntos. Yo le acariciaba la espalda con movimientos lentos y repetitivos.

Ella tenía una mano cerrada en mi camiseta, como si necesitara anclarse.

Después de un tiempo, habló:

—Quiero contártelo. Pero no de golpe. ¿Puedes preguntarme?

Asentí.

—¿Te ha tratado bien?

—Sí. Con cuidado. Con atención. Me preguntó varias veces. Me miró a los ojos cuando entró en mí.

La imagen se formó con claridad brutal. Tragué saliva.

—¿Dolió?

—Un poco al principio. Es más grueso. Después ya no. Solo… plenitud.

Mi mano se detuvo un segundo en su espalda. Después continuó el movimiento.

—¿Te corriste?

—Tres veces. La primera con su boca. Las otras dos con él dentro.

Cerré los ojos. El aire me entró irregular en los pulmones. La excitación y algo más profundo —una mezcla de dolor dulce y de orgullo oscuro— se disputaban espacio en mi pecho.

—¿Se corrió dentro?

Hubo una pausa mínima.

—Sí.

Abrí los ojos. La miré. Ella me sostenía la mirada sin desafiarme, solo ofreciéndome la verdad.

Levanté una mano y le aparté el pelo de la cara.

Después bajé los dedos hasta su muslo, subí el vestido despacio y toqué entre sus piernas.

Estaba hinchada, resbaladiza, y al separar un poco los labios sentí la textura distinta del semen ajeno mezclado con su propia humedad.

Un sonido bajo se me escapó de la garganta.

Alexandra no apartó mi mano. Me dejó explorar. Me dejó comprobar.

—Estoy aquí —susurró—. He vuelto.

Me incliné y la besé. El beso fue profundo, casi hambriento, pero no violento. Sabía a ella y a algo más. Cuando nos separamos, apoyé la frente contra la suya.

—Necesito estar dentro de ti —dije—. No para borrar nada. Para estar. ¿Puedo?

—Por favor.

La llevé al dormitorio. La desvestí con cuidado.

Cada prenda que caía revelaba más evidencias: un leve enrojecimiento en el lateral del cuello, la sensibilidad exagerada de sus pechos, el brillo entre sus muslos.

Me quité la ropa y me coloqué entre sus piernas.

Entré en ella despacio. El calor fue inmediato.

Estaba más abierta de lo habitual, más resbaladiza.

El pensamiento de por qué me arrancó un gemido ronco.

Empecé a movernos. Lento. Profundo. La miré todo el tiempo. Ella me devolvió la mirada. En ese contacto visual había una conversación entera: sé lo que has hecho. Sé con quién has estado. Y aun así te elijo. Y tú me eliges de vuelta.

No hizo falta que me diera más detalles en ese momento. El cuerpo lo estaba contando todo. Cada vez que me hundía hasta el fondo, sentía la evidencia de lo que había ocurrido horas antes. Cada vez que ella se apretaba alrededor de mí, me devolvía a casa.

Nos corrimos cerca el uno del otro. Primero ella, con un temblor largo y un gemido ahogado contra mi cuello. Después yo, derramándome dentro de ella, mezclándome con lo que ya había allí. El orgasmo me dejó vacío y lleno al mismo tiempo.

No me retiré de inmediato. Me quedé dentro, sosteniendo parte de mi peso en los antebrazos, respirando contra su piel. Ella me acariciaba el pelo con dedos lentos.

—Aftercare —susurró—. Ahora.

Asentí.

Me retiré con cuidado. Fui al baño, mojé una toalla limpia con agua tibia y volví.

La limpié entre las piernas con una ternura casi ceremonial.

Ella me miraba en silencio, los ojos brillantes.

Después la abrigué con la sábana, me eché a su lado y la atraje contra mi pecho. Le ofrecí agua. Bebió. Yo también.

Durante un rato largo solo hubo contacto. Mi mano en su espalda. Su respiración contra mi clavícula. El olor a sexo —nuestro y el otro— flotando en la habitación como una verdad que ya no necesitaba esconderse.

—¿Cómo te sientes? —preguntó ella al cabo de un tiempo.

Busqué la respuesta honesta.

—Como si algo se hubiera roto y, al mismo tiempo, se hubiera asentado. Duele un poco. Y me excita. Y te quiero más de lo que te quería esta mañana. Todo a la vez.

Alexandra levantó la cara y me besó el pecho, justo encima del corazón.

—Yo también te quiero más —dijo—. Y estoy cansada. Y llena. Y muy agradecida de que estés aquí.

Apagué la luz. En la oscuridad, su cuerpo seguía siendo el lugar más familiar del mundo. Acaricié su pelo hasta que su respiración se hizo profunda y regular. Yo me quedé despierto un rato más, sintiendo el peso de ella contra mí y el eco de todo lo que acabábamos de atravesar.

Había ocurrido.

Ella había ido.

Había vuelto.

Y yo la había recibido.

Eso, más que cualquier fantasía, era ahora nuestra realidad.