El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Alexandra

El día llegó un viernes.

Habíamos elegido esa noche porque Hugo no tenía guardia al día siguiente. Podría esperarme despierto. Podría cuidarme después. La decisión había sido conjunta, como casi todas desde que empezamos a caminar este camino.

Por la mañana, mientras me vestía para el bufete, Hugo se acercó por detrás y me rodeó la cintura. Apoyó la barbilla en mi hombro y respiró despacio contra mi cuello.

—Esta noche —dijo simplemente.

—Esta noche —confirmé.

No hizo falta decir más. El acuerdo estaba claro. Las reglas, escritas. El aftercare, prometido.

Durante el día intenté trabajar con normalidad. Lo conseguí solo a ratos. El cuerpo me mantenía en un estado de conciencia anticipada: el roce de la ropa, la temperatura de la piel, el latido bajo el ombligo. A media tarde recibí un mensaje de Idris:

A las nueve. Ya sabes dónde. Si cambias de opinión, solo dímelo.

Respondí:

Nos vemos a las nueve.

Cuando llegué a casa para cambiarme, Hugo ya estaba allí.

Me estaba esperando en el sofá, con la misma calma contenida de siempre.

Me miró mientras me quitaba la ropa de trabajo y me ponía un vestido sencillo, negro, de tirantes.

Sin sujetador. Ropa interior mínima. Él no dijo nada.

Solo me observó con una intensidad que me calentó por dentro.

Antes de salir, me tomó la cara entre las manos y me besó con lentitud.

—Vuelve a mí —susurró.

—Siempre.

El trayecto hasta el apartamento de Idris se me hizo largo y corto al mismo tiempo.

El taxi olía a ambientador barato y a cuero.

Yo olía a mi perfume y a la excitación contenida.

Entre las piernas ya estaba húmeda. No de forma urgente, sino constante, como una marea baja que no termina de retirarse.

Idris abrió la puerta en cuanto llamé. Llevaba una camisa oscura arremangada y pantalones negros. Pies descalzos otra vez. Su mirada bajó por mi cuerpo una sola vez, despacio, y después volvió a mis ojos.

—Hola —dijo.

—Hola.

Entré. La puerta se cerró a mi espalda con un sonido suave y definitivo. El apartamento olía a él: madera, piel limpia, una nota especiada. Había bajado las luces. En la mesita del salón había una botella de vino abierta y dos copas.

No bebimos mucho. Solo lo suficiente para humedecer la boca. Nos sentamos en el sofá, cerca pero sin tocarnos todavía. Hablamos poco. El aire entre nosotros ya estaba cargado de todo lo que no necesitaba palabras.

Cuando Idris me tendió la mano, la tomé. Me levantó con suavidad y me llevó hacia el dormitorio. La cama era grande, con sábanas oscuras. La luz entraba tenue desde el pasillo. Me giró hacia él y me besó.

El beso fue profundo desde el primer segundo.

Sus manos bajaron por mi espalda, encontraron la cremallera del vestido y la bajaron con calma.

El tejido resbaló hasta el suelo. Me quedé en ropa interior.

Él dio un paso atrás y me miró. No con lascivia apresurada.

Con atención. Como si quisiera grabar la imagen.

—Puedes decir que pares cuando quieras —recordó, la voz grave.

—Lo sé.

Me quitó la ropa interior restante. Después se desvestió él. Su cuerpo era distinto al de Hugo: más alto, más ancho de hombros, la piel oscura contrastando con la mía cuando me atrajo contra sí. Sentí la dureza de su erección contra mi vientre. Caliente. Pesada. El contacto me arrancó un temblor.

Me acostó sobre la cama. Se colocó entre mis piernas y empezó a besarme el cuello, el pecho, el vientre.

Cuando su boca llegó a mi sexo, ya estaba abierta y mojada.

Lamió con la misma lentitud insistente de la vez anterior, pero esta vez no se detuvo cuando me corrí.

Continuó hasta que el segundo orgasmo me atravesó con las piernas temblando alrededor de su cabeza.

Solo entonces subió. Se apoyó sobre sus antebrazos y me miró.

—¿Segura?

—Sí.

Noté la cabeza de su polla rozándome. Presionando. Pedí un segundo con un gesto y él esperó. Busqué su mirada. Quería estar presente. Quería recordar cada sensación para después poder contársela a Hugo con honestidad.

Cuando asentí otra vez, Idris empujó.

El estiramiento fue lento y profundo. Más grueso de lo que estaba acostumbrada.

Un ardor breve, seguido de una plenitud que me hizo abrir la boca en un gemido silencioso.

Él se detuvo cuando estuvo completamente dentro, dejándome adaptarme.

El peso de su cuerpo, el olor de su piel, el latido que sentía dentro de mí…

todo era nuevo y, al mismo tiempo, extrañamente inevitable.

Empezó a moverse. Despacio al principio.

Profundo. Cada embestida me llenaba hasta el fondo.

Yo enganché las piernas a su cintura y lo recibí.

El sonido de nuestros cuerpos encontrándose llenó la habitación.

El roce de su pecho contra mis pezones. El calor de su aliento en mi cuello.

La forma en que sus manos me sujetaban las caderas, firmes pero no posesivas.

En un momento dado, me giró con cuidado hasta dejarme encima.

Me dejó encontrar el ritmo. Me dejé llevar.

Mis manos en su pecho. Su mirada oscura fija en la mía.

El placer subía en oleadas cada vez más intensas.

Cuando me corrí por tercera vez, lo hice con la espalda arqueada y un gemido largo, sintiéndolo latir dentro de mí.

Idris me sostuvo por las caderas y aceleró. Su respiración se volvió irregular. Me miró como pidiendo permiso. Asentí. Se corrió con un gruñido grave, clavándose hasta el fondo y derramándose dentro de mí en pulsos calientes y densos. Sentí cada uno.

Después nos quedamos quietos. Él todavía dentro. Yo desplomada sobre su pecho. El sudor nos pegaba la piel. El olor a sexo era fuerte, íntimo, inequívoco. Su mano grande me acariciaba la espalda con lentitud, arriba y abajo.

No dijimos mucho. No hacía falta. El cuerpo había hablado.

Más tarde, en la ducha, el agua caliente nos recorrió mientras él me limpiaba con una ternura que me sorprendió. Me lavó el pelo. Me pasó la esponja por los hombros. Cuando sus dedos bajaron entre mis piernas y limpiaron el semen que resbalaba de mí, el gesto fue cuidadoso, casi reverente.

Al vestirme, sentí el cuerpo distinto. Usado de una forma nueva. Marcado por dentro. No de manera dolorosa. De manera consciente.

Antes de que me fuera, Idris me tomó la cara entre las manos y me besó una última vez.

—Dile a Hugo —susurró—. Dile que has vuelto entera. Y que lo he respetado.

Asentí, incapaz de hablar.

En el taxi de regreso, apoyé la frente en el cristal frío. Entre las piernas, el semen de Idris seguía resbalando lentamente. El olor de su piel se me había pegado al cuello. Saqué el teléfono y escribí:

Ya voy a casa. Ha ocurrido. Estoy bien. Te necesito.

El mensaje se envió.

Cerré los ojos. El latido entre mis muslos y el latido de mi corazón parecían querer sincronizarse con otro latido que me esperaba a pocos kilómetros de distancia.

Hugo.

Mi marido.

El hombre al que volvía.