El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Alexandra

Tres días después, quedamos otra vez.

No en un bar. En su apartamento.

La invitación llegó por mensaje a media tarde, directa y sin adornos:

Si quieres continuar lo de la otra noche, puedes venir esta tarde. Sin presión. Solo si lo deseas.

Le mostré el teléfono a Hugo en cuanto llegó del hospital. Él lo leyó en silencio. Vi cómo se le tensaba la mandíbula y cómo, al mismo tiempo, se le oscurecían los ojos. Me miró, asintió una sola vez y dijo, con la voz baja:

—Ve. Y después vuelve y dame todo.

Me duché con agua caliente. El vapor me llenó los pulmones.

El jabón resbaló por mis pechos, por el vientre, por el interior de los muslos.

Me afeité con cuidado, no porque él lo hubiera pedido, sino porque el simple acto de preparar mi cuerpo me hacía sentir el peso de lo que estaba a punto de hacer.

Al salir, el aire frío del baño me erizó la piel.

Me miré en el espejo: mejillas sonrojadas, pupilas dilatadas, el cuerpo ya en un estado de alerta sensorial anticipada.

Elegí un vestido de punto fino, gris oscuro, que se pegaba al cuerpo sin ser vulgar. Debajo, nada. La decisión me dejó consciente de cada roce de la tela contra los pezones y el sexo durante todo el trayecto.

El apartamento de Idris estaba en un edificio moderno, silencioso. Subí en el ascensor sintiendo el corazón en la garganta y el pulso entre las piernas. Cuando llamé a la puerta, mis dedos temblaban ligeramente.

Idris abrió. Llevaba una camisa negra sin abotonar del todo y pantalones oscuros. Pies descalzos. El olor que salió a mi encuentro fue una mezcla de su colonia especiada, jabón de hombre y algo más cálido, más íntimo: piel limpia y habitación cerrada.

—Entra —dijo.

El piso era amplio, de líneas limpias. Grandes ventanales. Luz cálida de lámparas bajas. Olió a madera y a un incienso suave que ya se había apagado. Cerró la puerta detrás de mí y el sonido del pestillo me recorrió la espalda como un dedo.

Nos quedamos mirándonos en el recibidor. El aire entre nosotros tenía peso. Él dio un paso hacia mí. Yo no retrocedí. Cuando levantó una mano y me apartó un mechón de pelo de la cara, el simple roce de sus dedos en mi mejilla me arrancó un escalofrío visible. Él lo notó. Su mirada bajó a mi boca.

—Puedo parar cuando quieras —murmuró.

—No pares.

Me besó.

No fue un beso tentativo. Fue profundo, lento y seguro.

Sus labios eran más firmes que los de Hugo, su lengua más ancha.

El sabor de su boca me llenó: limpio, ligeramente dulce, masculino.

Una de sus manos se cerró en mi nuca, la otra bajó a la cintura y me atrajo contra su cuerpo.

Sentí la dureza de su pecho, el calor que atravesaba la camisa, y más abajo, la presión inequívoca de su erección contra mi vientre.

Gemí dentro de su boca. El sonido pareció animarlo.

Me empujó suavemente hacia atrás hasta que mi espalda tocó la pared.

Su rodilla se abrió paso entre las mías.

El vestido subió con el movimiento. Cuando su muslo presionó directamente contra mi sexo desnudo, la humedad que ya llevaba se hizo evidente para los dos.

Idris soltó un sonido grave, casi un gruñido, al sentir lo mojada que estaba.

—Joder… —susurró contra mi cuello.

Sus labios bajaron por mi mandíbula, por el lateral del cuello, hasta la clavícula.

Cada beso dejaba una sensación húmeda y caliente que el aire enfriaba después.

Sus manos subieron por mis costados, arrastrando el vestido.

Cuando me lo quitó por encima de la cabeza, me quedé completamente desnuda delante de él, todavía con los tacones puestos.

Idris se detuvo un segundo a mirarme. Su respiración se había vuelto más profunda.

Pasó el dorso de los dedos por la curva de un pecho, rozando el pezón.

La sensibilidad fue tan aguda que se me doblaron un poco las rodillas.

Después bajó la mano por mi vientre hasta el sexo y abrió los labios con dos dedos, despacio, explorando.

—Estás empapada —dijo, la voz ronca de asombro y deseo.

Metió un dedo dentro de mí. Después otro.

Los movimientos fueron lentos, profundos, buscando.

El sonido húmedo que produjo mi cuerpo me avergonzó y me excitó al mismo tiempo.

Apoyé la cabeza contra la pared y abrí más las piernas.

El olor de mi propia excitación subió entre los dos, mezclado con el de su piel.

Idris se arrodilló.

El primer roce de su lengua me arrancó un gemido alto y tembloroso.

Era distinta a la de Hugo: más ancha, más plana, más insistente.

Lamió con lentitud, abriéndome con los pulgares, bebiéndome.

El contraste de su piel oscura contra la mía, el calor de su boca, el sonido obsceno de su lengua trabajando…

todo se superponía en una sobrecarga sensorial.

Apreté los dedos en su pelo y empujé suavemente sus caderas hacia adelante. Él respondió aumentando la presión.

Me corrí de pie, contra la pared, con las piernas temblando y un grito ahogado. Las contracciones me atravesaron en oleadas. Idris no se apartó hasta que el último temblor se apagó. Después se levantó, me besó y me hizo saborear mi propio gusto en su boca.

Todavía jadeando, bajé las manos a su cinturón.

Quería tocarlo. Quería sentir el peso de lo que había provocado.

Él me dejó. Cuando lo saqué, pesado y caliente, contra mi palma, soltó un sonido gutural.

La piel estaba sedosa y tensa. La cabeza brillaba con un hilo de líquido.

Empecé a masturbarlo despacio, aprendiendo el grosor, la longitud, la forma en que reaccionaba cuando giraba la muñeca.

No llegamos más lejos esa tarde.

Idris me sujetó la muñeca con suavidad y detuvo el movimiento. Apoyó la frente contra la mía. Los dos respirábamos agitados.

—Si seguimos —dijo, la voz entrecortada—, no voy a poder parar. Y la primera vez que esté dentro de ti… quiero que sea porque los tres lo habéis decidido con claridad. No porque nos hayamos dejado llevar.

La mención de Hugo en ese momento me atravesó el pecho. Asentí, todavía con su polla palpitando en mi mano.

Nos vestimos en silencio. Él me ayudó a bajar el vestido por encima de la cabeza. Sus dedos se demoraron en mi espalda. Antes de abrir la puerta, me besó otra vez, más despacio, casi con ternura.

—Dile a Hugo —susurró—. Dile exactamente lo que hice. Y cómo reaccionaste. Quiero que sepa.

Salí al pasillo con las piernas todavía débiles. El ascensor olía a metal y a limpieza. Yo olía a sexo, a su boca y a mi propio orgasmo. Entre las piernas, la humedad seguía resbalando.

En el taxi de vuelta a casa, apoyé la frente contra el cristal frío. La ciudad pasaba borrosa. Sacó el teléfono y escribí:

Voy a casa. Me ha comido el coño hasta hacerme correr. He tenido su polla en la mano. No hemos follado. Pero necesito que tú me folles en cuanto abra la puerta.

Envié el mensaje.

El resto del trayecto lo pasé sintiendo el latido residual entre las piernas y el peso de lo que acababa de permitir que ocurriera… y de lo que todavía estaba por ocurrir.