Capítulo 17
Hugo
El mensaje de Alexandra me llegó mientras todavía estaba en la cocina, intentando comer algo que no tenía sabor.
Terminé. Voy para casa. Estoy empapada. Y necesito que me folles mientras te cuento todo.
Leí las palabras tres veces. Cada una se me instaló en el cuerpo de forma distinta.
“Empapada” me golpeó primero en la ingle, una respuesta física inmediata y casi dolorosa.
“Necesito que me folles” me abrió el pecho con una mezcla de alivio y de hambre.
“Mientras te cuento todo” me dejó en un estado de alerta psicológica absoluta: iba a recibir las imágenes, las sensaciones y las palabras de lo que había ocurrido entre ella y otro hombre, y mi papel era absorberlas sin cerrarme.
Apagué la luz de la cocina y me quedé esperando en el sofá, a oscuras. El tiempo se volvió elástico. Cada minuto que pasaba me obligaba a sostener dos verdades contradictorias al mismo tiempo:
La primera: mi mujer había estado a solas con un hombre que la deseaba y al que ella deseaba.
La segunda: ese hecho, lejos de destruirme, me estaba construyendo una excitación más profunda y más compleja de la que había experimentado nunca dentro del matrimonio.
Oí el ascensor. Después la llave. Cuando la puerta se abrió, el olor entró antes que ella: frío de la calle, su perfume, y debajo una nota especiada que no le pertenecía.
Mi estómago se contrajo. La polla, que ya estaba semi-dura, terminó de ponerse completamente erecta solo con ese olor ajeno pegado a su abrigo.
Alexandra cerró la puerta y se quedó un segundo en el umbral, mirándome. Tenía las mejillas sonrojadas y los ojos más oscuros de lo normal. Se quitó el abrigo con lentitud. Debajo, el vestido negro se le pegaba al cuerpo con la tensión de alguien que ha estado contenido demasiado tiempo.
—Ven —le dije.
No me obedeció de inmediato. Se acercó despacio, como si estuviera midiendo el espacio entre lo que acababa de vivir y lo que estábamos a punto de hacer.
Cuando estuvo frente a mí, me tomó la cara entre las manos y me besó.
El beso sabía a vino tinto y a algo metálico, nervioso.
Yo le abrí la boca y profundicé, buscando rastros, buscando información. Mi lengua quería saber.
Cuando nos separamos, ella apoyó la frente contra la mía.
—Estoy temblando por dentro —admitió—. No de miedo. De intensidad. Llevo horas en un estado de alerta que no se apaga.
—Cuéntame —pedí—. Desde el principio. No te saltes nada.
Nos sentamos. Ella no se alejó. Se quedó medio sentada sobre una de mis piernas, de lado, lo bastante cerca como para que yo sintiera el calor de su muslo y el temblor fino que le recorría el cuerpo. Empezó a hablar.
Me describió el bar, la luz, el olor. Me describió la forma en que Idris la había mirado sin disimulo.
Me describió el momento en que le dijo que llevaba días en su cabeza.
Mientras hablaba, yo observaba no solo las palabras sino lo que ocurría en su rostro y en su cuerpo: la dilatación de las pupilas, el leve jadeo cuando recordaba el roce de las manos sobre la mesa, el modo en que se mordía el labio inferior al evocar la frase “quiero tocarte”.
Psicológicamente, algo complejo estaba ocurriendo en mí.
Una parte —la más antigua, la más territorial— registraba amenaza. Otro hombre había entrado en el espacio emocional y erótico de mi matrimonio. Había hecho que mi mujer se mojara. Había dejado su olor en su ropa. Esa parte quería reclamar, marcar, borrar.
Otra parte, más nueva y más oscura, se alimentaba precisamente de esa amenaza.
Cada detalle que ella me daba no disminuía mi deseo por ella: lo multiplicaba.
Verla deseada me la devolvía como alguien más grande, más luminosa, más fuera de mi control exclusivo…
y por eso mismo más mía en un sentido más profundo.
Había elegido volver. Había elegido contármelo.
Había elegido que yo fuera el destinatario final de toda esa excitación.
Esa paradoja me tenía al borde.
—Cuando me dijo que quería tocarme —continuó Alexandra, la voz un poco rota—, sentí un calor tan fuerte entre las piernas que casi me mareo.
Y en ese mismo segundo pensé en ti. No como un freno.
Como un multiplicador. Pensé en cómo te ibas a poner al escucharlo.
Y eso me mojó todavía más. Es como si mi deseo por él y mi deseo de compartirlo contigo se hubieran fundido en una sola cosa.
La escuché en silencio. Mi mano estaba en su muslo, inmóvil, pero sentía el latido de mi propia sangre en las yemas de los dedos. Internamente, estaba reorganizando categorías enteras de lo que significaba amar y desear.
Durante años había creído que el deseo conyugal se sustentaba en la exclusividad.
Ahora estaba descubriendo que, para mí, el deseo se sustentaba en la profundidad de la verdad compartida.
Cuanto más honesta era ella con lo que sentía por otro hombre, más cerca me sentía de ella.
La vulnerabilidad de ambos se había convertido en el verdadero acto íntimo.
—Tengo miedo —dije de pronto.
Alexandra se giró más hacia mí. Sus ojos buscaron los míos.
—¿De qué exactamente?
—De que esto me esté cambiando en una dirección de la que no se vuelve.
De que dentro de un tiempo ya no sepa excitarme contigo sin la sombra de otro hombre de fondo.
De que te esté empujando, aunque sea en silencio, hacia algo que después no pueda soportar.
Y, al mismo tiempo… —respiré hondo— tengo miedo de que paramos.
De volver a la versión anterior de nosotros, donde estas capas no existían.
Esa versión ahora me parece más pequeña. Más segura. Y menos viva.
Ella me acarició la mejilla. Su pulgar limpió una tensión que yo no sabía que tenía en la mandíbula.
—Yo también estoy cambiando —susurró—. Estoy descubriendo una parte de mí que disfruta del poder de ser el centro de este triángulo.
Disfruta sabiendo que dos hombres me desean y que yo decido el ritmo.
Esa parte me da miedo porque es voraz. Pero también me da una sensación de integridad que no había sentido antes.
Como si estuviera reuniendo trozos de mí que había mantenido separados.
Nos miramos en silencio. El aire entre nosotros estaba cargado de una honestidad casi dolorosa. Ya no había fantasía abstracta. Había un hombre real, un deseo real, y dos personas intentando integrar esa realidad sin destruirse.
Me incliné y la besé otra vez. Esta vez el beso fue más lento, más profundo, casi reverente.
Cuando la tumbé en el sofá y subí el vestido, encontré exactamente lo que ella había prometido: estaba empapada.
El encaje negro se le pegaba a la piel. El olor de su excitación se mezcló con el resto de olores que había traído de fuera.
Entré en ella con un gemido que venía de muy abajo.
No fue solo sexo. Fue una conversación sin palabras.
Cada embestida decía: te veo. Cada vez que ella se apretaba alrededor de mí decía: sigo aquí.
El orgasmo, cuando llegó, fue largo y silencioso, más una ola que un estallido.
Me derramé dentro de ella sintiendo que algo más que semen se transfería entre los dos: una confirmación, un pacto renovado.
Después nos quedamos abrazados, todavía vestidos a medias, oliendo a sexo y a la colonia de otro hombre. Alexandra acariciaba mi pelo con dedos lentos.
—No sé hasta dónde vamos a llegar —dijo en voz muy baja—. Pero sé que no quiero mentirme ni mentirte sobre lo que siento mientras caminamos hacia allá.
Besé su frente.
—Tampoco yo.
Fuera, la ciudad seguía indiferente. Dentro de nuestra casa, dos personas acababan de mirar de frente el abismo de su propio deseo compartido… y habían decidido, una vez más, no cerrar los ojos.