El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Alexandra

Durante el día en el bufete cada hora se estiró.

El roce de la blusa contra la piel me mantenía en un estado de conciencia corporal constante.

Había elegido la ropa con cuidado: un vestido negro de manga larga, ceñido en la cintura y fluido en la falda, lo bastante elegante para un after-work y lo bastante sencillo para no gritar intenciones.

Debajo, ropa interior de encaje oscuro que me rozaba cada vez que me movía.

El contraste entre la tela exterior discreta y la sensación íntima del encaje me mantuvo húmeda de forma intermitente desde por la mañana.

A las ocho y media salí del despacho. El aire de la calle me golpeó la cara con olor a lluvia reciente y escape de coches.

Caminé hacia el bar que Idris había propuesto.

Estaba en una calle lateral, con una fachada discreta y una puerta de madera oscura.

Al empujarla, un timbre suave anunció mi entrada.

El interior olía a madera encerada, a whisky y a la nota dulce de las naranjas que alguien estaba cortando detrás de la barra.

La luz era baja, dorada, proyectada desde lámparas de latón.

Había pocas mesas ocupadas. El murmullo de las conversaciones formaba un fondo continuo, roto de vez en cuando por el tintineo del hielo contra el cristal.

Idris ya estaba allí.

Ocupaba una mesa al fondo, semi-reservada por la curva de la pared.

Al verme, se levantó. El movimiento hizo que la luz le rozara la mandíbula y el cuello.

Llevaba una camisa negra de algodón fino con las mangas subidas hasta los codos y el primer botón abierto.

La piel de sus antebrazos contrastaba de forma marcada con la tela.

Cuando me tendió la mano, el contacto fue breve pero deliberado: palma seca, caliente, dedos largos que se cerraron alrededor de los míos con una presión exacta.

—Puntual —dijo. Su voz me llegó al pecho más que a los oídos.

—Lo intento.

Nos sentamos. La mesa era pequeña. Nuestras rodillas quedaron a pocos centímetros de distancia. Pedí un vino tinto. Él un whisky solo. Cuando el camarero dejó las copas, el aroma del alcohol se mezcló con el de su colonia: algo especiado, con fondo de madera y una nota limpia de piel caliente.

Bebí un sorbo. El vino me tiñó la lengua de tanino y fruta oscura. Idris me observaba por encima del borde de su vaso. No disimulaba. Su mirada bajó un instante a mi boca cuando pasé la lengua por el labio inferior para recoger una gota, y después volvió a mis ojos.

—Llevas días en mi cabeza —dijo, sin preámbulos.

La frase me golpeó bajo el ombligo. Noté cómo se me contraía el vientre y cómo la humedad entre las piernas dejaba de ser intermitente para volverse constante. El encaje de la braga se me pegó a la piel de forma casi incómoda.

—Eso es una confesión peligrosa —respondí, y mi voz salió más baja de lo que pretendía.

—Lo sé. —Giró el vaso entre los dedos. El hielo no estaba; solo el líquido ámbar—. Igual que sé que tú no habrías aceptado esta copa si no estuvieras en el mismo sitio.

El calor me subió por el pecho hasta el cuello.

Sentí el latido en las sienes y, más abajo, el latido más sordo y insistente entre los muslos.

Crucé las piernas. El roce de la tela del vestido y del encaje me arrancó un escalofrío mínimo que esperé que él no notara.

Por la forma en que sus ojos se oscurecieron, sí lo notó.

Hablamos. De trabajo primero, casi como un ritual de seguridad.

Después de libros, de ciudades, de la sensación de llegar a un país nuevo y tener que reconstruirse.

Su acento se volvía más marcado cuando hablaba de casa.

Cada vez que se inclinaba hacia adelante, el olor de su colonia se intensificaba y yo percibía el calor que desprendía su cuerpo.

En un momento dado, al gesticular, el dorso de su mano rozó mis dedos sobre la mesa.

No retiró el contacto de inmediato. Yo tampoco.

La piel de él estaba más caliente que la mía.

El punto exacto donde nos tocábamos parecía concentrar toda la electricidad de la mesa.

Pasaron cuarenta minutos. O una hora. Perdí la noción. El vino me había dejado una calidez en el estómago y una sensibilidad exagerada en los labios. Idris dejó el vaso vacío y apoyó ambos antebrazos sobre la mesa. Las venas se le marcaban bajo la piel oscura.

—Quiero tocarte —dijo, tan bajo que casi se perdió en el murmullo del bar—. No aquí. Pero quiero. Y necesito saber si eso es algo que tú también estás considerando… o si me estoy adelantando.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que lo sentí en la garganta. La humedad entre mis piernas era ya imposible de ignorar. Cada pequeño movimiento me hacía consciente del estado de mi propio cuerpo: hinchada, sensible, abierta de una forma que no tenía nada que ver con el vino.

Miré sus manos. Imaginé el contraste de esa piel oscura contra la mía. Imaginé la presión de esos dedos. Y después imaginé a Hugo, en casa, esperando exactamente este relato.

—No te estás adelantando —respondí.

Idris no sonrió. Solo respiró hondo, como si hubiera estado conteniendo el aire, y asintió una sola vez.

No nos tocamos más esa noche. Pagó la cuenta.

Me ayudó a ponerme el abrigo y, al hacerlo, sus dedos se demoraron un segundo en la nuca, justo donde el pelo se encontraba con la piel.

Un escalofrío me bajó por toda la columna.

Él lo sintió. Lo supe por la mínima presión extra de sus dedos antes de apartarse.

Salimos a la calle. El aire frío me golpeó la cara y me olía a lluvia y a ciudad. Idris me miró bajo la luz de una farola.

—¿Puedo escribirte?

—Sí.

No nos besamos. No fue necesario. El no-beso pesaba más que muchos contactos reales.

Caminé hacia la avenida principal con las piernas un poco inestables. Cada paso me recordaba el estado de mi ropa interior. El olor de su colonia se me había pegado al abrigo y al pelo. Sacé el teléfono y le escribí a Hugo mientras caminaba:

Terminé. Voy para casa. Estoy empapada. Y necesito que me folles mientras te cuento todo.

Guardé el teléfono. El aire frío no conseguía apagar el calor que me subía por dentro.

Hugo iba a oler a Idris en mi piel en cuanto abriera la puerta.

Y los dos sabíamos exactamente qué iba a ocurrir después.