Capítulo 15
Hugo
Llevábamos tres días sin hablar abiertamente de Idris.
No porque lo estuviéramos evitando. Sino porque el eco de aquella reunión en la sala de juntas seguía demasiado presente.
Cada vez que Alexandra y yo nos tocábamos, la tensión de aquel encuentro profesional se colaba entre nosotros.
Yo la follaba con una necesidad casi rabiosa.
Ella me devolvía el deseo con una seguridad nueva, como si el poder que había ejercido delante de los dos hombres se le hubiera quedado pegado a la piel.
El jueves por la noche, después de cenar, ella dejó el plato a un lado y me miró con esa calma que usaba cuando iba a decir algo importante.
—Necesitamos hablar de los siguientes pasos —dijo—. De verdad. Sin rodeos.
Asentí. Me limpié la boca con la servilleta y me recliné en la silla.
—Estoy escuchando.
Alexandra entrelazó los dedos sobre la mesa. Se tomó unos segundos antes de hablar, eligiendo las palabras.
—El café fue un primer contacto. La reunión del hospital fue…
otra cosa. Ya no es solo atracción abstracta.
Hay una corriente real. Él está interesado.
Yo estoy interesada. Y tú estás excitado precisamente por eso.
Si seguimos fingiendo que podemos mantenerlo indefinidamente en el terreno de lo profesional y las fantasías de dormitorio, vamos a mentirnos.
El corazón me empezó a latir más fuerte. Tragué saliva.
—¿Qué estás proponiendo?
—Un encuentro privado. Solo él y yo. Nada de sexo la primera vez, si no se da. Pero un espacio donde la conversación no tenga que esconderse detrás de informes periciales. Una cena. O una copa. Algo que nos permita ver qué ocurre cuando quitamos el pretexto del trabajo.
Me quedé en silencio. La imagen se formó con demasiada facilidad: Alexandra sentada frente a Idris en un lugar con luz baja, sin yo presente, hablando, riendo, dejando que la tensión creciera sin el freno de mi mirada directa.
El pinchazo de celos fue inmediato. Y detrás de él, como siempre, llegó la oleada de calor que me bajó directo a la entrepierna.
—¿Y yo dónde quedo en eso? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
—Tú quedas donde has estado desde el principio —dijo ella con suavidad—.
Dentro. Yo te cuento todo. Antes, durante si puedo, y después con detalle.
Tú decides si quieres que te escriba desde el baño, si quieres que te llame, o si prefieres esperarme en casa y recibirme con todas las imágenes frescas.
El poder de saber y de elegir cómo consumir esa información sigue siendo tuyo tanto como mío.
La forma en que lo formuló me removió por dentro. No me estaba pidiendo permiso desde la sumisión. Me estaba ofreciendo un lugar activo en la cesión. Era una distinción sutil y profundamente erótica.
Me levanté, di la vuelta a la mesa y me quedé de pie junto a ella. Alexandra levantó la cara. Le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos.
—Tengo miedo de que una vez que cruce esa línea —admití en voz baja—, ya no quiera volver atrás. De que ver te con él, aunque solo sea a través de tus palabras, me cambie de una forma que no pueda deshacer.
—Yo también tengo miedo —respondió—. Miedo de descubrir cuánto me gusta el poder que siento cuando tú me miras deseándome a través de otro hombre. Miedo de hacerte daño sin querer. Pero prefiero tener ese miedo contigo, nombrándolo, que tragármelo sola.
Me agaché y la besé. Fue un beso lento, casi solemne. Cuando nos separamos, apoyé la frente contra la suya.
—Entonces hazlo —dije—. Propónle la cena. O la copa. Lo que te sienta bien. Y después ven a casa y desttózame con los detalles. Quiero que me cuentes cómo te miró. Cómo te habló. Si te tocó. Si te mojaste. Quiero todo.
Alexandra cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había una mezcla de alivio y de hambre en ellos.
—¿Ahora?
—Ahora.
Sacó el teléfono. Yo me quedé de pie a su lado, mirando cómo escribía. No le dicté las palabras. Solo observé. El mensaje era breve, elegante, directo:
He estado pensando en nuestra última conversación. Me gustaría continuar fuera del contexto profesional. ¿Una copa esta semana?
Lo envió. El sonido de confirmación fue pequeño y definitivo.
Menos de diez minutos después, el teléfono vibró. Idris había respondido.
Me alegra oírlo. ¿Jueves a las nueve? Conozco un sitio discreto.
Alexandra me mostró la pantalla. Yo leí el mensaje dos veces. La palabra “discreto” se me clavó en el pecho con una mezcla de ansiedad y excitación casi dolorosa.
—Jueves —repetí.
—Jueves —confirmó ella.
Esa noche nos hicimos el amor con una lentitud deliberada.
No hubo descripciones explícitas de Idris.
No hicieron falta. La conciencia de lo que acabábamos de decidir flotaba entre nuestros cuerpos como un tercer latido.
Cada vez que entraba en ella, pensaba en el jueves.
Cada vez que ella se apretaba alrededor de mí, supe que ella también estaba pensándolo.
Después, tumbados en la oscuridad, Alexandra habló en voz muy baja:
—Hay una dinámica de poder que se está consolidando.
Yo elijo el paso. Tú eliges cómo recibirlo.
Él… todavía no sabe hasta qué punto está dentro de un juego que nosotros dos estamos diseñando juntos.
Eso me da una sensación de control que nunca había experimentado.
Y al mismo tiempo me hace sentir extremadamente vulnerable, porque el control solo existe mientras tú sigas eligiéndolo conmigo.
Le besé el hombro.
—Entonces seguimos eligiéndolo juntos —respondí—. Un paso cada vez. Con derecho a parar. Con derecho a cambiar de opinión. Pero sin mentiras.
Ella asintió contra mi pecho.
Fuera, la ciudad seguía su ritmo. Dentro de nuestra cama, el jueves se había convertido en una fecha concreta. Ya no era una posibilidad abstracta.
Era una cita.
Con nombre.
Con hora.
Y con la certeza de que, cuando ella volviera esa noche, yo estaría esperándola para escuchar cada detalle… y para reclamarla después con todo el peso de lo que habíamos construido.