Capítulo 14
Alexandra
La reunión se celebró en una de las salas de juntas del hospital.
Habían pedido mi presencia para revisar el alcance del informe pericial. Idris estaría allí como cirujano experto. Hugo, aunque no estaba directamente involucrado en el caso, había sido citado por protocolo interno como referente del servicio. Los tres en la misma mesa. La ironía no se me escapó.
Llegué diez minutos antes. La sala olía a café institucional y a madera barnizada. Me senté en el lado de la mesa que me daba la espalda a la ventana y el control visual de la puerta. Era un gesto automático de abogada: elegir la posición de poder antes de que nadie más entrara.
Idris llegó primero.
Traje oscuro, sin corbata, la misma calma imponente de siempre. Al verme, sonrió apenas, lo suficiente para que yo lo notara y nadie más hubiera podido interpretarlo como algo inadecuado. Dejó su carpeta sobre la mesa y se sentó frente a mí. No a mi lado. Frente a mí. Una elección deliberada.
—Alexandra.
—Idris.
El uso de los nombres de pila en un entorno tan formal ya era, en sí mismo, una pequeña grieta en el protocolo. Él lo sabía. Yo también.
Hugo entró dos minutos después. Nos saludó a los dos con profesionalidad impecable. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, hubo un destello rápido, privado. Después se sentó a mi derecha. Cerca. Lo bastante cerca como para que yo sintiera el calor de su muslo a pocos centímetros del mío.
La reunión empezó.
Durante los primeros veinte minutos todo fue técnica: plazos, alcance del dictamen, posibles líneas de cuestionamiento en juicio.
Yo tomé la palabra con claridad. Corté divagaciones.
Reformulé preguntas para que quedaran precisas.
Era mi terreno. El derecho era mi quirófano.
Cada vez que corregía un matiz o imponía un límite al informe, sentía cómo la autoridad se asentaba en mi voz.
Y, al mismo tiempo, era hiperconsciente de las otras dos corrientes que cruzaban la mesa.
Idris me miraba mientras hablaba. No con la deferencia neutra de un colega.
Con atención sostenida. Cada vez que yo marcaba una posición firme, el rabillo de su boca se movía apenas, como si el hecho de verme ejercer poder le resultara interesante…
o atractivo. Esa mirada me calentaba por dentro.
No porque me desafiara, sino porque la reconocía.
Era la misma mirada del café, solo que ahora filtrada por el lenguaje profesional.
Hugo, a mi lado, estaba tenso de una forma que solo yo podía detectar.
La mandíbula apretada. Los dedos de la mano derecha cerrados sobre el bolígrafo con demasiada fuerza.
Cada vez que Idris me dirigía la palabra con ese tono bajo y pausado, notaba el leve cambio en la respiración de mi marido.
No era celos abiertos. Era la excitación de ver cómo otro hombre reaccionaba a mi autoridad… y cómo yo no retrocedía.
En un momento dado, Idris inclinó el cuerpo hacia adelante y dijo:
—Si me permiten, creo que la abogada está siendo excesivamente restrictiva en el punto tres. Limitar el alcance de esa forma podría debilitar la posición de su propio cliente a largo plazo.
La frase estaba formulada con corrección. Pero el desafío era claro. Me estaba probando.
Sostuve su mirada sin pestañear.
—Al contrario, doctor. Estoy protegiendo la posición de mi cliente al impedir que el informe se convierta en un arma de doble filo. Si usted se extralimita, la contraparte lo usará en contra. Mi trabajo es anticipar ese movimiento. El suyo es ceñirse al encargo. ¿Estamos de acuerdo?
El silencio que siguió duró un segundo de más. Idris no apartó los ojos. Después asintió, lento, y esbozó una sonrisa mínima.
—Estamos de acuerdo.
Había cedido. Pero en la cesión había un reconocimiento. Como si el hecho de que yo lo hubiera puesto en su sitio le hubiera gustado. La dinámica de poder se había invertido un instante delante de Hugo, y los tres lo sabíamos.
Debajo de la mesa, la rodilla de Hugo rozó la mía. Un contacto breve, firme. Un recordatorio silencioso: te estoy viendo. Me estás poniendo duro.
Continué la reunión con la voz estable, pero el cuerpo me traicionaba.
Sentía el calor subir por el pecho. La seda de la blusa me rozaba los pezones cada vez que me movía.
Entre las piernas, la humedad empezaba a ser un problema consciente.
El poder profesional que estaba ejerciendo se había mezclado con el otro poder, el erótico, el que Hugo me había cedido conscientemente semanas atrás.
Y Idris, sin decir una sola palabra fuera de lugar, estaba alimentando ambos.
Cuando la reunión terminó, nos levantamos. Los apretones de manos fueron correctos. Idris retuvo el mío un instante más de lo estrictamente necesario. Sus dedos presionaron los míos con una fuerza contenida, calculada.
—Siempre es un placer trabajar con alguien que sabe exactamente dónde están los límites… y cómo usarlos —dijo en voz baja, solo para mí.
No respondí. Solo sostuve el contacto un segundo y después lo solté.
Hugo y yo salimos juntos por el pasillo. No hablamos hasta que estuvimos dentro del ascensor, solos. En cuanto las puertas se cerraron, él me atrajo hacia sí y me besó con una urgencia que me dejó sin aire. Su erección presionaba dura contra mi vientre.
—Acabas de follarme la cabeza durante una hora —murmuró contra mi boca—. Verte marcarlo así… joder, Alexandra. Estoy destrozado.
Pasé la mano sobre la tela de su pantalón y confirmé lo que ya sabía. Estaba completamente duro.
—Él también lo notó —susurré—. Le gustó que lo pusiera en su sitio. Y a ti te gustó que a él le gustara.
Hugo apoyó la frente contra la mía. El ascensor bajaba demasiado despacio.
—Sí. Me gustó. Me gustó de una forma que me asusta. Te vi ejercer poder sobre él y sobre mí al mismo tiempo. Y en lugar de sentirme desplazado, me sentí… elegido. Como si ese poder que estabas usando fuera también mío por el hecho de que me lo estuvieras mostrando.
Las puertas se abrieron. Nos separamos solo lo justo para parecer profesionales. Pero el aire entre nosotros seguía cargado.
Mientras caminábamos hacia el parking, yo todavía sentía el eco de la mirada de Idris y la tensión de Hugo a mi lado. Dos hombres. Dos formas distintas de deseo. Y yo en el centro, sosteniendo el equilibrio de poder que los tres, de formas diferentes, estábamos eligiendo alimentar.
Esa noche, en casa, no hizo falta mucho preámbulo.
Hugo me tomó contra la pared del recibidor, todavía con la ropa del trabajo puesta, susurrándome al oído lo mucho que le había excitado verme dominar la sala.
Yo le conté, entre gemidos, cada detalle de la mirada de Idris, de la presión de sus dedos, del modo en que había cedido sin dejar de desearme.
El poder no había quedado en la sala de juntas.
Lo habíamos traído a casa.
Y lo estábamos usando.