Capítulo 13
Hugo
Llegué a casa antes que ella a propósito.
Dejé la maleta del hospital junto a la puerta, me quité la chaqueta y me quedé en la cocina con la luz baja. El mensaje de Alexandra seguía en la pantalla de mi teléfono:
Ya he terminado. Vengo a casa esta noche y te cuento todo. Cada detalle.
Lo había leído docenas de veces. Cada lectura me dejaba un poco más tenso. Había pasado la tarde en el hospital con una media erección incómoda que no conseguía disipar del todo. La idea de ella sentada frente a Idris, hablando, dejando que la mirara, me tenía en un estado de alerta constante.
Cuando oí la llave en la cerradura, el corazón me dio un vuelco.
Alexandra entró. Se quitó el abrigo despacio. Olió a frío de la calle y, debajo, a su perfume… y a algo más. Algo que no era suyo. Una nota especiada, masculina, que me apretó el estómago de inmediato.
Nuestros ojos se encontraron.
—Hola —dijo.
—Hola.
Se acercó y me besó. Fue un beso lento, profundo. Cuando se separó, dejé que mis manos bajaran por su espalda hasta la curva de su culo y la apreté contra mí. Estaba duro. Ella lo notó y soltó una risa baja contra mi boca.
—Llevas así desde que te escribí, ¿verdad?
—Desde antes —admití—. Cuéntame.
Nos sentamos en el sofá. Ella se quitó los tacones, se acomodó con las piernas dobladas bajo el cuerpo y me miró con una mezcla de nervios y excitación contenida. Yo me quedé frente a ella, inclinado hacia adelante, con los codos en las rodillas, preparado para escuchar cada palabra.
—Empezó en cuanto lo vi —dijo—. Estaba sentado junto a la ventana. Se levantó cuando entré. Es más alto de cerca. Y su mano… cuando me la estrechó, era grande. Caliente. Me envolvió la mía por completo. El contacto duró un segundo de más. Lo noté. Y me gustó.
Tragué saliva. Mi polla latía contra el pantalón.
—Sigue.
—Pedimos café. Hablamos del caso primero.
Pero la conversación se desvió. Él me miraba de una forma…
directa. Sin disimulo. Como si no tuviera ningún interés en fingir que solo estábamos hablando de trabajo.
En un momento dado, su rodilla rozó la mía bajo la mesa.
No fue accidental. Dejó el contacto ahí.
Yo no aparté la pierna. Sentí el calor a través de la media. Y me mojé. Casi de inmediato.
Un sonido bajo se me escapó de la garganta. Alexandra lo escuchó y sus ojos se oscurecieron.
—Estaba tan consciente de mi cuerpo, Hugo.
De las medias contra la silla. Del roce de la blusa contra los pezones.
Del olor de su colonia. Cada vez que se inclinaba hacia adelante, yo sentía el tirón en el vientre.
Me dijo que era fácil de escuchar y difícil de dejar de mirar.
Se lo dije que era peligroso. Me respondió que por eso lo decía.
Me pasé una mano por la cara. Estaba más duro de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo. La descripción era tan precisa, tan sensorial, que casi podía verlos.
—¿Y al final? —pregunté, la voz ronca.
—Me ayudó con el abrigo. Sus dedos me rozaron la nuca a propósito. Me recorrió un escalofrío entero. Me dijo que quería verme otra vez. Le dije que yo también. No hubo más. Pero el aire entre nosotros era… denso. Como si los dos supiéramos exactamente qué estábamos abriendo.
Alexandra se mordió el labio inferior. Después añadió, más bajo:
—Todo el camino de vuelta a casa seguía sintiendo el lugar donde me había tocado la rodilla. Y pensaba en ti. En cómo te ibas a poner cuando te lo contara. Eso me mojó todavía más.
No pude esperar más. Me incliné, la tomé por la nuca y la besé con urgencia. Ella respondió de inmediato, abriéndome la boca, dejándome saborearla. Había un resto casi imperceptible de algo que no era su sabor habitual. O quizá era solo mi cabeza inventándolo. No me importó.
La tumbé en el sofá. Subí la falda hasta la cintura. Las medias y la ropa interior estaban visiblemente húmedas. Gemí al verlo. Aparté la tela y la toqué con dos dedos. Estaba empapada, caliente, hinchada.
—Joder, Alexandra…
—Todo eso es por la conversación —susurró—. Y por saber que tú estabas esperando escucharlo.
Me bajé el pantalón lo justo. No hubo preliminares largos.
No hacían falta. Me coloqué entre sus piernas y entré en ella de un solo empujón profundo.
Los dos soltamos un sonido gutural al mismo tiempo.
Estaba tan mojada que me recibió sin resistencia, pero tan apretada que casi me hace correrme en el primer movimiento.
Empecé a follarla con ganas. Sin sutilezas. Ella enganchó las piernas a mi cintura y me empujaba hacia dentro cada vez que yo retiraba. La falda seguía subida. La blusa todavía puesta. El contraste entre la ropa de oficina y la crudeza de lo que estábamos haciendo lo hacía todavía más intenso.
—Cuéntame más —le pedí contra su cuello, sin dejar de moverme—. Quiero oírlo mientras te follo.
Alexandra hablaba entre gemidos, la voz entrecortada:
—Su voz… era grave… me la sentía en el pecho. Cuando se reía, se me contraía el vientre. Pensé en sus manos… en cómo se sentirían abriéndome las piernas. Y me avergoncé. Y me calenté más por la vergüenza…
Cada frase suya me empujaba más cerca del borde. Yo le contaba, a cambio, lo que había sentido durante la tarde: la erección persistente, la dificultad para concentrarme en las rondas, la imagen de ella sentada frente a él que no conseguía sacarme de la cabeza.
El orgasmo la atravesó de forma súbita y violenta. Se arqueó bajo de mí, se apretó alrededor de mi polla y soltó un gemido largo, casi sorprendido. La seguí segundos después, enterrándome hasta el fondo y derramándome dentro de ella con un temblor que me recorrió toda la espalda.
Nos quedamos quietos, jadeando. Yo todavía dentro. Ella con los ojos cerrados y las uñas clavadas en mis hombros.
Después de un rato me retiré con cuidado. Un hilo de semen resbaló entre sus muslos. Los dos lo miramos en silencio. Había algo profundamente íntimo y posesivo en esa imagen… y al mismo tiempo, algo que apuntaba hacia fuera, hacia la persona que había provocado todo ese deseo.
Alexandra me acarició el pelo.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Sí. —Besé el interior de su muñeca—. Estoy… muy bien. Y un poco asustado. Y muy duro otra vez solo de pensar en lo que viene.
Ella sonrió, cansada y luminosa a la vez.
—Yo también.
Nos quedamos abrazados en el sofá, todavía medio vestidos, oliendo a sexo y a la colonia ajena que ella había traído pegada a la piel. Fuera, la ciudad seguía su ritmo normal. Dentro de nuestra casa, algo había vuelto a cambiar de densidad.
El café había sido solo el primer paso.
Y los dos lo sabíamos.