El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Alexandra

El día del café amaneció con un cielo bajo y gris.

Me desperté antes de que sonara el despertador.

El cuerpo me pesaba de una forma distinta: no era cansancio, era una alerta suave y constante, como si cada nervio estuviera un poco más cerca de la piel.

Hugo dormía a mi lado, de cara a mí, con un brazo echado sobre mi cintura.

Su respiración caliente me rozaba la clavícula.

Olió a él, a la sábana y al jabón neutro que usábamos los dos.

Me quedé quieta un rato, absorbiendo las sensaciones.

El calor de su piel contra la mía. El peso ligero de su brazo.

El latido lento y profundo que le sentía en el pecho cuando me pegaba más.

Debajo de todo eso, más abajo, entre mis piernas, había una humedad temprana, traicionera, que no venía de ningún sueño concreto sino de la simple conciencia de lo que iba a ocurrir horas más tarde.

Me deslicé fuera de la cama con cuidado.

En la ducha dejé que el agua caliente me golpeara la nuca y los hombros.

El vapor llenó el cuarto de baño. El olor del gel de ducha —cítrico, limpio— se mezcló con el vapor.

Pasé las manos por mis pechos, por el vientre, por el interior de los muslos.

La piel estaba hipersensible. Cada roce del agua me producía un escalofrío pequeño y preciso.

Cuando salí, el espejo estaba empañado. Lo limpié con la palma y me miré. Las pupilas un poco dilatadas. Los labios más oscuros de lo normal. El cuerpo tenía esa tensión contenida que aparece cuando uno sabe que está a punto de cruzar una línea.

Elegí la ropa con una atención casi ritual.

Una blusa de seda color crema que se pegaba apenas al pecho cuando me movía.

Una falda lápiz gris oscuro que me llegaba justo por debajo de la rodilla.

Medias finas. Tacones moderados. Nada demasiado evidente.

Nada que gritara. Solo la certeza de que me veía bien.

El roce de la seda contra los pezones me mantuvo consciente de mi cuerpo todo el tiempo que tardé en maquillarme.

Hugo me observaba desde la puerta del dormitorio mientras me ponía los pendientes. No dijo nada al principio. Solo me miraba con esa intensidad quieta que se le ponía cuando estaba excitado y conteniendo.

—Hueles bien —dijo por fin, la voz todavía ronca de sueño.

Me acerqué y le ofrecí el cuello. Él inclinó la cabeza y respiró despacio contra mi piel. Sentí el calor de su exhalación y el leve roce de su nariz. Después me besó justo debajo de la oreja, donde el perfume era más fuerte.

—Vas a volver y me vas a contar todo —murmuró—. Cada detalle. Cómo te miró. Cómo te habló. Cómo te sentiste aquí —su mano bajó y presionó suavemente entre mis piernas, sobre la falda—. Quiero saberlo.

Asentí, incapaz de hablar. El contacto, incluso a través de la tela, me arrancó un temblor.

Salí de casa con el corazón latiéndome en la garganta.

El café que había elegido estaba a quince minutos andando del bufete.

Un local pequeño, con mesas de madera clara y el olor constante a espresso y pan recién hecho.

Entré y el timbre de la puerta sonó con un tintineo suave.

El aire caliente del interior contrastó con el frío de la calle.

Me humedecí los labios sin darme cuenta.

Idris ya estaba allí.

Ocupaba una mesa junto a la ventana. Traje oscuro, camisa blanca sin corbata, las mangas subidas hasta los codos.

Cuando levantó la vista y me vio, se puso de pie.

El movimiento fue fluido, natural. Su altura se hizo evidente de inmediato.

La mano que me tendió era grande, cálida, con callos suaves de cirujano.

Al estrecharla, sentí el calor seco de su piel y la fuerza contenida de sus dedos.

—Alexandra. Gracias por venir.

—Gracias a ti por proponérmelo.

Nos sentamos. Él pidió un café solo. Yo un cortado.

Mientras esperábamos, el silencio no fue incómodo, pero sí cargado.

Yo era hiperconsciente de todo: el olor ligeramente especiado de su colonia, el sonido de su respiración, la forma en que sus antebrazos se veían bajo la camisa arremangada, la oscuridad de su piel contrastando con la tela blanca.

Cuando llegaron los cafés, el vapor subió entre nosotros.

Idris envolvió la taza con las dos manos.

Tenía los dedos largos, las uñas cortas y limpias.

Me pregunté, sin poder evitarlo, cómo se sentirían esos dedos en mi cintura, en la nuca, abriéndome las piernas.

La imagen me llegó tan nítida que tuve que cruzar los tobillos bajo la mesa y apretar los muslos.

Hablamos primero del caso. Después la conversación se desvió, lenta pero inevitablemente, hacia terrenos más personales.

Él preguntó por mi trabajo con un interés real.

Yo pregunté por el suyo. Su voz tenía un timbre grave que sentía físicamente en el pecho.

Cada vez que reía —una risa baja, breve— algo se me contraía en el vientre.

En un momento dado, al inclinarse hacia adelante para escuchar mejor algo que yo decía, su rodilla rozó la mía bajo la mesa.

El contacto duró apenas un segundo. Fue suficiente.

Un calor preciso subió desde ese punto hasta la entrepierna.

Noté cómo se me humedecía la ropa interior.

El roce de las medias contra la silla de repente me pareció demasiado evidente, demasiado ruidoso.

Idris no apartó la rodilla de inmediato. Dejó el contacto un instante más de lo necesario. Después se reclinó, como si nada hubiera pasado. Pero sus ojos se habían oscurecido un poco.

—Eres fácil de escuchar —dijo—. Y difícil de dejar de mirar.

La frase me golpeó directamente entre las piernas. Tragué saliva. El sabor del café todavía me impregnaba la boca.

—Eso es peligroso decirlo —respondí, y mi voz salió más baja de lo que pretendía.

—Lo sé. —No sonrió. Solo me sostuvo la mirada—. Por eso lo digo.

El resto de la hora transcurrió en un estado de alerta sensorial casi doloroso.

Cada movimiento de sus manos. Cada vez que se pasaba la lengua por el labio inferior.

El olor de su colonia mezclado con el café.

El calor que me subía por el pecho hasta el cuello.

La humedad constante entre mis muslos. La conciencia de que Hugo estaba en el hospital, trabajando, sabiendo exactamente dónde estaba yo y con quién.

Cuando por fin nos levantamos, Idris me ayudó con el abrigo. Sus dedos rozaron deliberadamente la nuca mientras acomodaba el cuello de la prenda. Un escalofrío me recorrió la espalda entera.

—Me gustaría verte otra vez —dijo, sin adornos.

Yo sostuve su mirada. El corazón me latía tan fuerte que casi lo oía.

—También a mí.

No dijimos nada más. Él me abrió la puerta.

El aire frío de la calle me golpeó la cara y me devolvió, parcialmente, al mundo real.

Caminé de regreso al bufete sintiendo cada paso.

El roce de las medias. El latido entre las piernas.

El olor de su colonia que todavía me impregnaba la solapa del abrigo.

Antes de entrar en el edificio saqué el teléfono y le escribí a Hugo un único mensaje:

Ya he terminado. Vengo a casa esta noche y te cuento todo. Cada detalle.

Guardé el teléfono. Todavía podía sentir el lugar exacto donde la rodilla de Idris había tocado la mía.

Y sabía, con una claridad física y absoluta, que Hugo iba a ponerse duro solo de leer el mensaje.