Capítulo 11
Hugo
El mensaje de Idris estaba abierto en la pantalla del teléfono de Alexandra.
Lo leí dos veces. El tono era correcto, profesional en la superficie, pero inequívoco en el fondo. Aceptaba el café. Proponía un día y una hora. Dejaba que ella eligiera el lugar.
Alexandra me observaba desde el otro lado de la mesa de la cocina. No había triunfo en su expresión. Había expectación, un nerviosismo contenido y algo más profundo: la conciencia de que acabábamos de mover una pieza que cambiaba el tablero.
—Dime qué sientes —me pidió—. Ahora mismo. Sin filtrar.
Me senté. El teléfono quedó entre nosotros, como un tercer presente.
—Siento que el control se me está escapando de las manos —dije con honestidad—.
Y que, al mismo tiempo, esa pérdida de control me está excitando de una forma que no termino de entender.
Es contradictorio. Me duele un poco aquí —me toqué el pecho— y me pone duro al mismo tiempo. Las dos cosas son reales.
Alexandra asintió despacio. No intentó suavizarlo.
—Eso que describes… es exactamente lo que yo también estoy sintiendo, pero desde el otro lado. Yo siento que estoy ganando un poder que antes no tenía. El poder de ser deseada abiertamente por alguien más mientras tú miras. Y ese poder me da miedo porque me gusta. Me gusta demasiado.
El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Nos estábamos diciendo verdades que la mayoría de las parejas nunca se atreven a poner sobre la mesa.
Me levanté y di la vuelta a la mesa hasta quedar frente a ella. Me agaché un poco para quedar a su altura y le tomé la cara entre las manos.
—Hay una dinámica de poder formándose entre nosotros —dije—.
Y necesito que la nombremos antes de que se nos vaya de las manos.
Tú estás empezando a ocupar un lugar de decisión.
Yo estoy empezando a ocupar un lugar de…
cesión. No de debilidad. De elección. Estoy eligiendo cederte espacio.
Y esa elección me está dando una excitación que nunca había experimentado.
Sus ojos se oscurecieron. Vi cómo tragaba saliva.
—¿Te sientes menos hombre por eso? —preguntó en voz muy baja.
—No. —La respuesta salió inmediata y verdadera—. Me siento más expuesto. Más vulnerable. Pero no menos hombre. Me siento… más tuyo. De una forma distinta. Como si al darte este margen de libertad estuviera atándome más fuerte a ti, no menos.
Alexandra cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había humedad en ellos, pero no era tristeza.
—Eso es lo más íntimo que me has dicho nunca —susurró.
Me incliné y la besé. Fue un beso lento, profundo, cargado de todo lo que acabábamos de verbalizar. Sus manos subieron a mi cuello y me atrajeron más cerca. Sentí el temblor que le recorría el cuerpo. El mismo temblor que me recorría a mí.
Cuando nos separamos, apoyé la frente contra la suya.
—El deseo compartido no es simétrico —continué, porque necesitaba decirlo en voz alta—.
Tú deseas ser mirada y elegida. Yo deseo verte ser mirada y elegida.
Hay un desequilibrio inherente. Y ese desequilibrio es precisamente lo que nos está calentando.
Si intentamos fingir que somos iguales en esto, vamos a mentirnos.
Prefiero que seamos honestos con la desigualdad erótica que estamos creando.
Alexandra respiró hondo. Sus dedos jugaban con el cuello de mi camisa.
—Entonces nombremos también el peligro —dijo—. El peligro es que yo me acostumbre a ese poder y ya no quiera soltarlo. El peligro es que tú te acostumbres a ceder y empieces a necesitarlo para excitarte. El peligro es que Idris deje de ser un invitado y se convierta en una necesidad.
Asentí.
—Sí. Esos son los peligros. Y aun así, los dos estamos aquí, eligiendo seguir.
Ella se levantó de la silla y me empujó suavemente hacia atrás hasta que mi espalda tocó la pared de la cocina. Se quedó mirándome desde abajo, con una expresión que nunca le había visto del todo: una mezcla de ternura y de dominio emergente.
—Quiero probar algo —dijo.
—Dime.
—Quiero que te quedes quieto. Sin tocarme. Solo mirarme. Mientras yo… decido.
Mi polla reaccionó de inmediato, pesada contra el pantalón. Asentí, incapaz de hablar.
Alexandra dio un paso atrás. Se desabrochó la blusa con calma, sin prisa, sosteniendo mi mirada todo el tiempo.
La dejó caer al suelo. Después el sujetador.
Sus pechos quedaron libres, los pezones ya duros.
Siguió con la falda y la ropa interior. En menos de un minuto estaba completamente desnuda delante de mí, en medio de la cocina, mientras yo seguía vestido y con las manos apretadas a los costados, obedeciendo la orden de no tocarla.
El contraste de poder era brutal. Y exquisito.
Ella se acercó despacio. Pasó una mano por encima de la tela de mi pantalón, sintiendo lo duro que estaba, pero no me liberó. Solo presionó la palma contra mi erección y la mantuvo ahí, quieta.
—Esto es lo que sientes cuando cedes —susurró—. Dime si quieres que pare.
—No —respondí, la voz rota—. No pares.
Se puso de rodillas. Desabrochó el pantalón, bajó la cremallera y me sacó.
El aire frío de la cocina contrastó con el calor de su boca cuando me envolvió.
No fue un mamada urgente. Fue lenta, deliberada, controlada.
Ella marcaba el ritmo. Yo solo podía recibir.
Cada vez que mis caderas intentaban moverse hacia adelante, ella se apartaba un milímetro, recordándome quién estaba dirigiendo.
La psicología del momento era tan fuerte como el placer físico.
Yo, el cirujano que pasaba las horas controlando situaciones de vida o muerte, estaba de pie en su propia cocina, con los pantalones abiertos, mientras su mujer decidía cuánto placer daba y cuánto retenía.
Y esa inversión me estaba llevando al borde más rápido de lo que cualquier técnica sexual había conseguido nunca.
—Alexandra… —advertí, la voz entrecortada.
Ella se apartó solo lo justo para hablar, los labios brillantes.
—Quiero que te corras sabiendo que esta noche voy a responderle a Idris. Que voy a confirmar el café. Y que tú vas a saberlo. Y que te va a poner todavía más duro.
La frase me destrozó. Me corrí con un gemido profundo, temblando, derramándome en su boca mientras ella me sostenía la mirada. No apartó la boca hasta que terminé. Después se levantó, me besó con sabor a mí, y apoyó la frente contra la mía.
—Así se siente el deseo compartido cuando dejamos de pretender que el poder está equilibrado —susurró—. ¿Todavía quieres seguir?
La rodeé con los brazos, todavía temblando, y la aparqué contra mí con fuerza.
—Sí —dije contra su pelo—. Quiero seguir. Contigo. Exactamente así.
Esa noche, antes de dormirnos, Alexandra tomó el teléfono y escribió la respuesta a Idris delante de mí. Confirmó el día. Propuso un café cerca del bufete. Firmó solo con su nombre.
Cuando envió el mensaje, dejó el teléfono en la mesita y se acurrucó contra mi pecho.
Ninguno de los dos dijo nada más.
No hacía falta.
Habíamos nombrado el deseo.
Habíamos nombrado el poder.
Y habíamos elegido, conscientemente, seguir adelante.