El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Alexandra

Cuatro días en los que la presencia de Idris se instaló en nuestra casa sin necesidad de que nadie lo nombrara demasiado.

Estaba en las miradas que nos dedicábamos cuando el silencio se alargaba.

Estaba en la forma en que Hugo me tocaba por las noches, más intensa, más consciente.

Estaba en mi propio cuerpo, que reaccionaba con demasiada facilidad al recuerdo de aquella mano envolviendo la mía un segundo de más.

El jueves por la tarde, mientras revisaba un contrato en el despacho, el teléfono del trabajo sonó. La secretaria me avisó de que el doctor Okonkwo estaba en la línea. Pedía hablar conmigo directamente.

Me quedé mirando el intermitente del teléfono un segundo antes de descolgar.

—Alexandra speaking.

—Alexandra. Soy Idris Okonkwo. Espero no interrumpir.

Su voz era exactamente como la recordaba: grave, calmada, con ese leve acento que no terminaba de situar.

—No interrumpe. ¿En qué puedo ayudarle?

—Estoy preparando un informe pericial para un caso de responsabilidad médica. Me pasaron su nombre como posible abogada de la parte contraria. Antes de avanzar, preferí hablar directamente. Por transparencia.

Era una excusa profesional perfectamente válida. Y ambos lo sabíamos.

Hablamos durante casi veinte minutos. El caso era complejo, interesante.

Idris se expresaba con precisión, sin adornos innecesarios.

Yo respondí con la misma claridad. Pero debajo de las frases técnicas había otra corriente.

Cada silencio se sentía un poco más largo de lo normal.

Cada vez que él decía mi nombre, la sílaba se quedaba un instante suspendida.

Al final, cuando ya no quedaba mucho más que decir sobre el informe, Idris añadió:

—Fue un placer coincidir la otra noche. Tu marido es un gran cirujano. Y tú… haces que las conversaciones legales sean menos áridas de lo habitual.

Sonreí a pesar mío, aunque él no pudiera verme.

—Eso es casi un cumplido, doctor.

—Lo es —respondió, sin dudar—. Si en algún momento quiere continuar la conversación fuera del contexto profesional, estaré disponible. Sin presión.

El corazón me dio un vuelco. No era una invitación explícita. Era una puerta dejada entreabierta con elegancia.

—Lo tendré en cuenta —dije, midiendo cada palabra—. Gracias por la llamada.

Cuando colgué, me quedé mirando la pantalla del teléfono. Las manos me temblaban ligeramente. No de miedo. De adrenalina.

Esa noche se lo conté a Hugo en cuanto llegamos los dos a casa.

Nos sentamos en la cocina, todavía con el abrigo puesto, y le repetí la conversación casi palabra por palabra.

Él escuchó en silencio, apoyado contra la encimera, los brazos cruzados.

Cuando terminé, su expresión era una mezcla de tensión y algo más oscuro, más caliente.

—¿Te propuso verse? —preguntó.

—No exactamente. Dejó la posibilidad abierta. De forma muy limpia.

Hugo asintió despacio. Vi cómo su garganta se movía.

—¿Y tú qué sientes?

Me tomé un momento antes de responder. Quería ser precisa.

—Me excitó. La llamada en sí. Su voz. El hecho de que se atreviera a dejar la puerta abierta sabiendo que estoy casada. Y me excitó todavía más la idea de contártelo. De verte reaccionar. Estoy húmeda desde que colgué, Hugo. Y eso me confunde y me enciende a partes iguales.

Él cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, sus pupilas estaban dilatadas.

—Ven aquí.

Me acerqué. Él me tomó la cara entre las manos y me besó con una intensidad que me dejó sin aire. Su cuerpo estaba completamente tenso contra el mío. Sentí su erección presionarme el vientre a través de la ropa.

—Quiero que sepas una cosa —dijo contra mis labios—. Si decides responderle… si decides explorar esto aunque sea un poco… yo quiero estar dentro. No como un obstáculo. Como parte de ello. ¿Entiendes?

—Sí —susurré—. Lo entiendo.

Nos quedamos abrazados en medio de la cocina, respirando el mismo aire agitado.

El deseo era tan denso que casi se podía tocar.

Pero ninguno de los dos lo convirtió en sexo inmediato.

Había algo más importante ocurriendo: estábamos decidiendo, en tiempo real, hasta dónde estábamos dispuestos a llegar.

Más tarde, ya en la cama, apagadas las luces, Hugo habló en la oscuridad:

—Si le escribes… ¿qué le dirías?

Yo miraba el techo. El corazón todavía me latía demasiado deprisa.

—Algo sencillo. Que agradecí la transparencia. Que la conversación profesional fue interesante. Y que… si quiere tomar un café en algún momento, no me opondría. Nada más. Sin promesas.

Hugo guardó silencio unos segundos.

—Hazlo —dijo por fin, la voz baja pero firme—. Si es lo que quieres. Hazlo. Y después me cuentas cada detalle. Cada palabra. Cada sensación. Quiero saberlo todo.

Me giré hacia él. En la penumbra solo se veía el brillo de sus ojos.

—¿Estás seguro?

—No —admitió—. Pero quiero intentarlo. Contigo. No a tus espaldas. Contigo.

Le busqué la mano bajo la sábana y entrelacé mis dedos con los suyos. Su pulso era rápido. El mío también.

Al día siguiente, a media mañana, abrí el correo profesional y escribí un mensaje breve, cuidadoso, elegante. Sin dobles sentidos demasiado evidentes, pero sin cerrar la puerta.

Lo releí tres veces.

Después pulsé enviar.

Cuando el mensaje desapareció de la bandeja de salida, sentí un escalofrío recorrer todo el cuerpo. No era solo miedo. Era la sensación nítida de haber dado un paso que ya no se podía desandar del todo.

Esa noche, cuando Hugo llegó a casa, le mostré la pantalla del teléfono con el mensaje enviado y la respuesta que había llegado dos horas después.

Idris había contestado.

Y había aceptado.