El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Hugo

Me desperté antes que ella.

La luz de la mañana entraba tenue por las cortinas.

Alexandra dormía de lado, de espaldas a mí, con una mano metida bajo la almohada y el pelo derramado sobre su hombro desnudo.

La sábana le cubría solo hasta la cintura.

En la curva de su espalda todavía se veía la marca ligera de mis dedos de la noche anterior.

Me quedé mirándola un rato largo.

La excitación de la cena y de lo que había venido después seguía en mi cuerpo como un eco.

No era solo recuerdo mental. Era físico.

Un calor bajo la piel, una tensión sorda en la ingle, la sensación de haber cruzado un umbral que ya no se podía deshacer.

Había visto a otro hombre desearla. Había visto cómo ella sostenía esa mirada.

Y en lugar de destruirme, me había dejado más duro y más necesitado de ella que en mucho tiempo.

Me levanté con cuidado para no despertarla y fui a la cocina. Puse café. El gesto cotidiano me ancló un poco. Mientras el agua calentaba, apoyé las manos en la encimera y respiré hondo.

Idris Okonkwo.

El nombre ya no era abstracto. Tenía voz. Tenía altura. Tenía una forma de mirar que no pedía permiso. Y Alexandra había respondido a esa mirada. No con descaro, pero tampoco con indiferencia. Había una chispa. Ambos lo sabíamos.

El café terminó de hacerse. Serví dos tazas. Cuando volví al dormitorio, ella estaba incorporada contra el cabecero, la sábana subida hasta el pecho, mirándome con esos ojos todavía medio dormidos que siempre me habían parecido peligrosamente honestos.

—Hola —dijo, la voz ronca de sueño.

—Hola. —Le tendí la taza y me senté a su lado en la cama—. ¿Cómo estás?

Ella sostuvo la taza entre las manos y sopló el vapor antes de beber un sorbo.

—Como si anoche hubiera pasado algo importante. Tú.

—Igual.

Nos quedamos en silencio un momento, bebiendo café. El aire entre nosotros no era incómodo, pero sí cargado. Había preguntas que todavía no habíamos formulado del todo.

—Cuando lo viste mirarme —empezó ella, sin necesidad de decir el nombre—, ¿qué fue lo primero que sentiste en el cuerpo?

No mentí.

—Un golpe en el estómago. Como cuando vas en coche y frenas de golpe.

Después calor. Mucho calor. Bajó directo a la polla.

Estuve duro casi toda la cena. Tuve que concentrarme en la respiración para que no se me notara demasiado.

Y al mismo tiempo quería ponerme delante de ti.

Las dos cosas a la vez. Fue… violento de lo claro que fue.

Alexandra escuchaba sin apartar la vista de mí. Sus mejillas habían tomado un color ligeramente más vivo.

—A mí me pasó algo parecido —admitió—. Cuando me tomó la mano. El contacto duró un segundo de más. Lo noté. Y en lugar de incomodarme, me calentó. Después me sentí culpable por calentarme. Y después me calenté más por el hecho de que tú estuvieras viéndolo.

Asentí. Entendía perfectamente ese círculo.

—¿Te asusta? —pregunté.

—Sí. —No dudó—. Me asusta lo rápido que mi cuerpo respondió. Me asusta que ahora, cuando cierro los ojos, ya no veo un hombre genérico. Veo a alguien concreto. Y me asusta lo mucho que eso me gusta.

Dejé la taza en la mesita y le quité la suya también. Me acerqué y le aparté un mechón de pelo de la cara. Ella se inclinó hacia mi toque, casi por reflejo.

—No tenemos que hacer nada con esto —le recordé, igual que le había dicho días atrás—. Podemos dejarlo aquí. En la fantasía. En las conversaciones. En lo que hacemos tú y yo cuando estamos solos.

Alexandra sostuvo mi mirada.

—¿Y si no quiero dejarlo solo en la fantasía?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros. Mi corazón empezó a latir más deprisa. Sentí cómo la sangre le respondía de inmediato, traicionera, llenándome otra vez.

—Entonces —dije despacio— hablamos de cómo sería dar un paso. Sin prisas. Con reglas. Con la posibilidad de parar en cualquier momento.

Ella asintió. Se acercó más y apoyó la frente contra la mía. Su aliento olía a café y a sueño.

—No quiero que esto nos rompa, Hugo.

—Tampoco yo. —Le acaricié la nuca—. Por eso vamos despacio. Por eso seguimos hablando aunque duela un poco.

Nos besamos. Fue un beso lento, profundo, sin la urgencia de la noche anterior. Más una confirmación que una reclamación. Cuando nos separamos, ella se acomodó contra mi pecho y yo la rodeé con un brazo.

Estuvimos así un buen rato, en silencio. Yo le acariciaba el brazo distraídamente. Ella dibujaba círculos invisibles sobre mi abdomen con la yema de los dedos.

—¿Qué sabes de él? —preguntó de pronto, en voz baja.

No necesitaba aclarar de quién hablaba.

—Poco. Es bueno en lo suyo. Tranquilo. Respetado. No es de los que alardean. Vino de fuera hace unos años. Sudáfrica, creo. O Nigeria. No estoy seguro. Vive solo, que yo sepa. No habla mucho de su vida personal.

Alexandra no dijo nada más. Solo siguió acariciándome la piel. Pero noté el leve cambio en su respiración. La idea de Idris ya no era solo un rostro en una cena. Empezaba a convertirse en una posibilidad real.

Yo también lo sentía.

Y la reacción de mi cuerpo fue inmediata y vergonzosamente honesta: me puse duro otra vez, solo de imaginar que ella pudiera estar pensándolo en serio. Alexandra lo notó. Su mano bajó un poco más y rozó la tela del boxer. No me agarró. Solo dejó los dedos ahí, conscientes.

—Estás igual de afectado que yo —susurró.

—Más —admití—. Y eso me aterra un poco.

Ella levantó la cara y me besó la mandíbula.

—A mí también. Pero prefiero aterrarme contigo que mentirme sola.

Me quedé callado, absorbendo sus palabras.

En ese momento supe que el punto de no retorno no había sido la confesión inicial ni la cena.

Estaba siendo este: la mañana en la que los dos reconocíamos, en voz alta y sin adornos, que la fantasía ya tenía nombre y que ninguno de los dos quería cerrar la puerta del todo.

Más tarde, cuando nos levantamos a ducharnos, me quedé mirándola bajo el agua. El jabón resbalaba por sus pechos, por su vientre, por el interior de sus muslos. Recordé cómo se había sentido dentro de ella la noche anterior, todavía temblando por lo que había visto. Recordé la mirada de Idris.

Y por primera vez permití que la imagen se formara completa: ella, con él. Yo, presente. No como un marido engañado, sino como un hombre que había elegido estar ahí.

La excitación me golpeó tan fuerte que tuve que apoyarme un segundo en la pared de la ducha.

Alexandra se dio cuenta. Se acercó, me rodeó la cintura con los brazos bajo el agua caliente y apoyó la cabeza en mi pecho.

No dijo nada.

No hacía falta.

Los dos sabíamos exactamente en qué punto estábamos.