El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 8
20%

Capítulo 8

Alexandra

El silencio dentro del coche era espeso.

Hugo conducía con las dos manos firmes en el volante, la mirada fija en la carretera. La luz de los faroles le cortaba el rostro a intervalos, iluminándole la mandíbula tensa y el pequeño músculo que se le movía en la sien. No había dicho casi nada desde que el valet nos entregó las llaves.

Yo lo observaba de reojo.

Su respiración era más profunda de lo normal.

El pecho subía y bajaba con un ritmo controlado, demasiado controlado, como cuando intentaba disimular nervios en quirófano.

La mano derecha, la que no estaba en el volante, descansaba sobre su muslo…

pero los dedos se contraían de vez en cuando, apretando la tela del pantalón.

Supe que estaba duro.

No porque lo hubiera tocado. Lo supe por la forma en que se sentaba, ligeramente desplazado hacia adelante, por la tensión en sus caderas y por ese calor contenido que emanaba de él.

La misma tensión que yo había sentido en su voz cuando admitió, delante del hotel, que le había gustado ver el interés de Idris.

—Estás ardiendo —dije en voz baja.

Hugo no apartó la vista de la carretera. Solo asintió una vez, breve.

—Sí.

—¿Desde que él te miró? ¿O desde que me miró a mí?

Hubo una pausa.

—Desde que te miró a ti —respondió, la voz ronca—. Y desde que tú no apartaste la mirada de inmediato.

El calor me subió por el cuello. No negué. No podía.

Llegamos a casa en silencio. Hugo aparcó, apagó el motor y se quedó unos segundos con las manos todavía en el volante, como si necesitara reunir fuerzas.

Cuando por fin salimos y entramos en el ascensor, el espacio reducido nos obligó a estar cerca.

Sentí el calor de su cuerpo a través de la ropa.

Su erección rozó mi cadera un instante cuando el ascensor arrancó. Ninguno de los dos se apartó.

En cuanto cerramos la puerta de casa, Hugo me empujó suavemente contra la pared del recibidor.

No fue brusco. Fue necesitado. Sus labios encontraron los míos con una urgencia que no le había sentido en mucho tiempo.

Sus manos bajaron por mi cintura hasta la curva de mi culo y me apretó contra él.

Estaba completamente duro. Latente. Caliente incluso a través de la tela del traje.

—Alexandra… —murmuró contra mi boca.

—Shhh. —Le quité la chaqueta del traje y la dejé caer al suelo—. Quiero verte.

Lo guié hasta el sofá. Lo obligué a sentarse y me arrodillé entre sus piernas. Desabroché el cinturón con dedos firmes. El pantalón y la ropa interior bajaron lo justo. Su polla saltó libre, gruesa, oscura de sangre, la punta ya brillante. Hugo soltó un sonido gutural cuando la envolví con la mano.

—Mírame —le pedí.

Él obedeció. Tenía las pupilas dilatadas y la respiración agitada. Mientras lo masturbaba despacio, con la presión exacta que sabía que le volvía loco, empecé a hablar.

—Cuéntame. No de la fantasía. De ti. De por qué esto te afecta tanto. Quiero entender de dónde sale.

Hugo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había una vulnerabilidad cruda en ellos.

—Empecé a estudiar medicina porque quería arreglar cosas —dijo, la voz entrecortada por el placer—.

Quería tener el control. Entrar en un cuerpo, encontrar el problema y solucionarlo.

Ser útil. Ser preciso. Durante la residencia dormía tres horas diarias.

Perdí amigos, perdí el hábito de tener una vida fuera del hospital.

Y cuando te conocí… pensé que por fin tenía algo que no dependía de mi capacidad de no cometer errores.

Su cadera se movió hacia mi mano. Yo aflojé el ritmo a propósito, obligándolo a quedarse en ese borde.

—Sigue.

—Los primeros años contigo fueron perfectos.

Después empezaron las guardias más duras, las cirugías de doce horas, la responsabilidad de tener la vida de alguien entre las manos.

Llegaba a casa vacío. Te tocaba con las mismas manos que habían estado dentro de un pecho abierto horas antes…

y a veces sentía que no me quedaba nada bueno que ofrecerte.

La fantasía empezó ahí. En esa sensación de que yo no era suficiente para darte todo el placer que merecías.

Y en lugar de pedirte ayuda, mi cabeza inventó otra forma de dártelo.

Me incliné y lamió la punta de su polla, despacio. Hugo arqueó la espalda y soltó un gemido ronco.

—No eres insuficiente —le dije contra su piel—. Nunca lo has sido. Pero entiendo el peso. Llevas años cargando con la sensación de que tienes que ser perfecto en todo… también en la cama.

Él me miró desde arriba, el pecho subiendo y bajando con fuerza.

—Cuando te vi con él esta noche… cuando vi cómo te miraba…

sentí dos cosas al mismo tiempo. Quería empujarlo.

Y quería que te tocara. Las dos cosas a la vez.

Mi polla estaba dura mientras todavía estábamos en la cena.

Tuve que fingir que me ajustaba la chaqueta para disimularlo.

Estaba tan excitado que me dolía. Y tan avergonzado que casi no podía mirarte a la cara.

La confesión me golpeó directo en el vientre. Seguí moviendo la mano, más firme ahora, girando la muñeca del modo que lo deshacía.

—Y ahora —susurré—. ¿Cómo te sientes ahora?

—Como si estuviera a punto de correrme solo de recordarlo. Como si llevara toda la noche al borde. Como si necesitara follarte hasta que no puedas pensar en nadie más… o hasta que me pidas que te deje pensarlo.

La crudeza de sus palabras me empapó. Me levanté, me quité el vestido de un solo movimiento y me senté a horcajadas sobre él, sin llegar a tomarlo todavía. Solo frotándome contra su longitud, dejándole sentir lo mojada que estaba.

Hugo agarró mis caderas con fuerza. Sus dedos se clavaron en mi carne.

—Alexandra… por favor.

Me hundí sobre él despacio. Los dos gemimos al mismo tiempo. Estaba tan duro que me costó bajar del todo. Cuando por fin lo tuve completo dentro, me quedé quieta un momento, adaptándome, mirándolo a los ojos.

—No tienes que ser perfecto —le dije—. Solo tienes que ser honesto. Como ahora.

Empecé a moverme. Él me sujetaba, me guiaba, me empujaba hacia abajo cada vez que yo subía. El sofá crujía. Su respiración se volvió irregular, casi desesperada. Vi el momento exacto en que la culpa y el deseo se fundieron en su rostro y solo quedó el segundo.

—Correrme dentro —le pedí—. Quiero sentirte.

Hugo no necesitó más. Me atrajo contra su pecho, enterró la cara en mi cuello y se corrió con un gemido largo, profundo, temblando bajo de mí. El pulso de su orgasmo me empujó al mío segundos después. Me aferré a sus hombros y me dejé ir, contrayéndome alrededor de él mientras su semen me llenaba.

Después nos quedamos abrazados, todavía unidos, sudorosos y temblando. Hugo me acariciaba la espalda con dedos torpes. Su corazón latía desbocado contra mi pecho.

—Nunca había tenido una reacción física tan fuerte solo por una mirada —admitió en un susurro—. Me asustó. Y me gustó. Las dos cosas.

Le besé la sien.

—A mí también me asustó. Y también me gustó.

Nos separamos con cuidado. Me levanté, todavía temblando un poco, y le tendí la mano para llevarlo a la cama. Él la tomó.

Mientras caminábamos hacia el dormitorio, sentí su semen resbalar lentamente por el interior de mi muslo. Un recordatorio caliente y íntimo de lo que acababa de pasar.

Y de lo que, inevitablemente, estaba por venir.