Capítulo 7
Hugo
Habían pasado casi dos semanas desde aquella primera confesión.
Seguíamos hablando. Seguíamos follando con una intensidad que no recordábamos desde los primeros años.
A veces ella me pedía que le contara la fantasía mientras la tomaba.
Otras veces éramos solo nosotros, sin palabras extra, solo el cuerpo del otro.
Pero la idea ya no se iba. Se había instalado entre nosotros como un invitado silencioso que los dos habíamos aceptado.
Esa noche teníamos un evento.
Una cena benéfica del hospital. Trajes oscuros, vestidos largos, copas de vino y conversaciones que oscilaban entre lo profesional y lo superficial. Normalmente odiaba ese tipo de noches, pero esa vez me vestí con un nudo distinto en el estómago.
Alexandra salió del vestidor y me dejó sin palabras.
Llevaba un vestido negro ajustado, elegante sin ser ostentoso, que le marcaba la cintura y dejaba al descubierto los hombros. El pelo suelto, maquillaje sobrio, solo un toque de rojo en los labios. Me miró por encima del hombro mientras se ponía un pendiente.
—¿Demasiado?
—Estás… —tragé saliva—. Estás preciosa.
Sonrió, se acercó y me ajustó la corbata aunque no hacía falta.
—Tú también estás muy bien, doctor.
La besé despacio, saboreando el sabor de su pintalabios, y por un segundo pensé en proponle quedarnos en casa. Pero ya era tarde. El coche nos esperaba.
La cena se celebraba en un salón amplio de un hotel del centro.
Luces bajas, mesas redondas, música suave.
En cuanto entramos sentí las miradas. No eran descaradas, pero estaban ahí.
Hombres que se detenían medio segundo más de la cuenta cuando Alexandra pasaba.
Mujeres que la evaluaban con esa mezcla de admiración y cálculo.
Yo posé la mano en la parte baja de su espalda, un gesto posesivo que rara vez hacía en público. Ella lo notó y me lanzó una mirada de reojo, divertida y un poco cómplice.
—Tranquilo —susurró—. Sigo siendo tuya.
—Lo sé. —Apreté un poco los dedos contra su piel—. Eso no impide que me esté costando no notar cómo te miran.
Ella no respondió con palabras. Solo dejó que mi mano permaneciera ahí mientras saludábamos a colegas.
Estábamos hablando con el jefe de traumatología y su mujer cuando lo vi.
Un hombre alto, de piel oscura, vestido con un traje gris perfecto.
Se movía entre las mesas con una seguridad tranquila, saludando a unas personas, sonriendo a otras.
Debía de medir casi un metro noventa. Hombros anchos, postura relajada.
Cuando se giró de perfil, la luz le dibujó la mandíbula marcada y la nariz recta.
Idris Okonkwo.
Lo había visto un par de veces en el hospital. Cirujano vascular que venía de vez en cuando a operar casos complejos. Habíamos coincidido en un comité médico meses atrás. Inteligente, educado, con ese tipo de presencia que no necesitaba alzar la voz para que la gente lo escuchara.
En ese momento sus ojos barrieron el salón… y se detuvieron en Alexandra.
No fue un vistazo rápido. Fue una mirada completa, apreciativa, sin disimulo pero tampoco grosera. Alexandra, que estaba riendo por algo que había dicho la mujer del traumatólogo, notó la atención. Giró ligeramente la cabeza y sus miradas se encontraron.
Hubo un segundo de reconocimiento mutuo.
Una chispa breve.
Después ella devolvió la atención a la conversación, pero yo vi cómo se le tensaba casi imperceptiblemente el cuello.
El estómago se me contrajo.
No era celos puros. Era esa mezcla exacta que había descrito en mis fantasías: un pinchazo de posesión, seguido inmediatamente de una oleada de calor que me bajó directo a la entrepierna.
Ver que otro hombre —especialmente alguien como él— la miraba con ese interés me excitó de una forma cruda y vergonzosa.
Alexandra se inclinó hacia mí y habló sin mover apenas los labios:
—Ese hombre te está mirando a ti también, ¿verdad? No solo a mí.
—Se llama Idris. Trabaja a veces con nosotros. Cirujano vascular.
—Es… imponente.
La palabra salió de ella con un tono cuidadoso, como si estuviera probando cómo sonaba.
Antes de que pudiera responder, Idris se acercó al grupo. Saludó al traumatólogo con un apretón de manos firme y después se giró hacia nosotros.
—Hugo. Hacía tiempo.
—Idris. —Le estreché la mano—. No sabía que venías esta noche.
—Me invitaron a última hora. —Su voz era grave, calmada, con un leve acento que no supe situar del todo—. Y esta debe de ser tu mujer. He oído hablar de ella.
Alexandra sonrió con esa elegancia profesional que usaba en los juicios.
—Alexandra. Encantada.
—El placer es mío —respondió él, y cuando le tomó la mano, el contacto duró exactamente un segundo más de lo estrictamente necesario.
Yo lo vi todo.
La forma en que los dedos de él envolvieron los de ella.
La manera en que Alexandra sostuvo la mirada sin apartarla.
El leve sonrojo que le subió al pecho, apenas visible sobre el escote del vestido.
Mi corazón latía demasiado deprisa. Parte de mí quería interponerme. Otra parte, más oscura y más honesta, quería quedarse exactamente donde estaba, observando.
La conversación fluyó con naturalidad. Medicina, un caso complejo que Idris había operado la semana anterior, un comentario de Alexandra sobre las implicaciones legales de ciertos consentimientos informados.
Ella estaba brillante, como siempre. Él la escuchaba con atención real, no solo cortesía.
De vez en cuando sus ojos bajaban un instante a la boca de ella o al punto donde el vestido se ajustaba a su cintura, y después volvían a su rostro sin disimular del todo.
Cuando por fin se despides, Idris nos deseó una buena noche y se alejó hacia otra mesa. Alexandra se quedó mirando un segundo su espalda antes de girarse hacia mí.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Pero cuando volvimos a nuestra mesa, ella buscó mi mano bajo el mantel y apretó mis dedos con fuerza. Yo respondí al apretón. Nuestros ojos se encontraron.
Había una pregunta silenciosa en los suyos.
Y en los míos, seguramente, una respuesta que todavía no nos atrevíamos a poner en palabras.
La cena continuó. Brindis, discursos, postres.
Yo comía sin saborear casi nada. Cada vez que Alexandra reía o se inclinaba hacia adelante, sentía la mirada de Idris en algún punto del salón.
No era constante. Era lo bastante frecuente como para que yo lo notara.
Y cada vez que lo notaba, la excitación y el nerviosismo me recorrían el cuerpo por igual.
Al final de la noche, mientras esperábamos el coche, Alexandra se acercó a mi oído.
—Él me gustó —susurró, tan bajo que casi se lo llevó el viento—. Y creo que a ti también te gustó que me gustara.
No negué.
Solo la miré, le aparté un mechón de pelo de la cara y le respondí con la misma honestidad que ella me había ofrecido:
—Sí. Me gustó. Y eso me está volviendo loco.
Ella sonrió, pequeña y peligrosa, y apoyó la cabeza en mi hombro mientras el coche se acercaba.
Esa noche, por primera vez, la fantasía había tenido cara.
Nombre.
Voz.
Y una mirada que ninguno de los dos podía olvidar fácilmente.