Capítulo 6
Alexandra
Al día siguiente me costó concentrarme en el trabajo.
Estaba en una reunión de estrategia con dos socios del bufete cuando, de pronto, la imagen de la noche anterior se coló sin permiso: yo encima de Hugo, escuchándolo describirme con otro hombre mientras me movía sobre él.
El recuerdo fue tan nítido que sentí un calor subirme por el cuello.
Tuve que beber un sorbo de agua y fingir que revisaba unas notas para recuperar la compostura.
Nunca me había pasado algo así. Nunca el deseo se me había escapado del dormitorio para perseguirme hasta la sala de juntas.
Cuando por fin quedé sola en mi despacho, cerré la puerta y me quedé mirando por la ventana. La ciudad se extendía abajo, indiferente. Yo, en cambio, no lograba estar indiferente a lo que había ocurrido entre nosotros.
Hugo me había confesado una fantasía que, en teoría, debería haberme hecho sentir insegura o cuestionada. En su lugar, me había dejado una inquietud eléctrica bajo la piel. No era solo que a él le excitara la idea. Era que a mí también me había excitado oírla. Y eso me obligaba a mirarme de frente.
¿Desde cuándo el hecho de ser deseada por alguien nuevo me resultaba tan potente?
¿Era solo porque él lo deseaba y eso me daba permiso?
¿O había algo en mí que llevaba tiempo dormido?
Saqué el móvil y escribí un mensaje:
¿Estás ocupado?
La respuesta de Hugo llegó tres minutos después:
Entre cirugías. ¿Todo bien?
Sí. Solo… anoche fue intenso. Estoy pensándolo mucho.
Yo también. ¿Quieres que hablemos esta noche?
Sí. Sin prisa. Pero sí.
Guardé el teléfono y sonreí a pesar mío. Incluso en medio de su turno, él encontraba la forma de estar presente. Esa era una de las cosas que siempre había amado de Hugo: su capacidad de sostener el peso de las cosas difíciles sin salir corriendo.
Esa noche llegué a casa antes que él. Preparé una cena sencilla, me cambié a una camiseta cómoda y esperé. Cuando oyó la llave en la cerradura, el estómago se me contrajo con una mezcla de nervios y anticipación.
Hugo entró, se quitó la chaqueta y me encontró en el sofá. Se acercó, me besó con lentitud y se sentó a mi lado. Olía a hospital y a él. Un olor que me resultaba profundamente familiar y, de pronto, también un poco nuevo.
—Cuéntame —dijo simplemente.
Respiré hondo.
—He pasado el día intentando entender qué siento.
No es rechazo. Tampoco es un “sí” inmediato.
Es… curiosidad. Y un poco de miedo. Miedo a que, si abrimos esta puerta, ya no podamos volver a cerrarla del todo.
Miedo a hacerte daño aunque los dos digamos que lo queremos.
Y, al mismo tiempo, una excitación que no consigo apagar.
Hugo escuchaba en silencio, con esa atención absoluta que usaba cuando un diagnóstico era delicado.
—¿Qué es exactamente lo que te excita? —preguntó al cabo de un rato, con suavidad—. Quiero entenderlo.
Me tomó un momento encontrar las palabras.
—La idea de ser mirada de una forma distinta.
Nueva. La idea de que tú estés presente, no como alguien a quien se engaña, sino como alguien que…
elige estar ahí. Que mi placer te enciende incluso si no eres tú quien lo provoca directamente.
Hay algo en eso que me hace sentir poderosa y vulnerable al mismo tiempo.
Él asintió despacio. Vi cómo su garganta se movía al tragar.
—Eso es exactamente lo que yo siento —admitió—. El poder está en ti. Yo solo… quiero ser testigo de él. Y amarte mientras lo ejerces.
El silencio que siguió fue denso, pero no incómodo. Nos miramos. Yo sentía el corazón latiéndome en la garganta.
—No quiero que esto se convierta en algo que hacemos por mí —dijo Hugo—. Si en algún momento sientes que lo estás haciendo solo para complacerme, paramos. Sin discusiones. Sin resentimientos.
—Lo mismo digo —respondí—. Si en algún momento la culpa te come más de lo que te excita, me lo dices. Y paramos.
Él extendió la mano y yo la tomé. Nuestros dedos se entrelazaron sobre el cojín.
—Entonces… ¿qué hacemos ahora? —pregunté.
—Nada precipitado. Seguimos hablando. Seguimos follando como anoche, si nos apetece. Y si en algún momento la idea de dar un paso más se siente bien para los dos… lo hablamos otra vez. Con calma.
Asentí. Me pareció la única respuesta sensata. Y, al mismo tiempo, sentí un pequeño tirón de decepción. Como si una parte de mí ya hubiera empezado a imaginar cómo sería cruzar esa línea.
Hugo lo notó. Siempre lo notaba.
—¿Estás decepcionada de que no queramos lanzarnos ya? —preguntó con una media sonrisa.
—Un poco —confesé, sorprendida de mi propia honestidad—. Y eso también me asusta.
Él soltó una risa baja, casi aliviada, y me atrajo hacia su pecho. Yo me acurruqué contra él, escuchando el latido firme de su corazón.
—Somos un desastre —murmuré.
—Somos un desastre que se ama —corrigió él—. Y que está intentando no romperlo mientras explora algo nuevo.
Me quedé callada un rato, disfrutando del calor de su cuerpo y del olor de su camisa. Por primera vez desde que la fantasía había salido a la luz, sentí que no estábamos caminando sobre una cuerda floja. Estábamos construyendo un puente. Lento. Cuidadoso. Pero un puente al fin.
Antes de acostarnos, mientras apagábamos las luces, Hugo me detuvo en el pasillo y me besó con una profundidad que me dejó temblando.
—Gracias por no asustarte de mí —susurró contra mis labios.
—Gracias por confiar en mí lo suficiente como para contármelo —respondí.
Esa noche nos hicimos el amor otra vez. Más lento. Más silencioso. Sin describir fantasías en voz alta. Solo nosotros dos, el peso de lo dicho todavía flotando entre nuestros cuerpos, y una certeza nueva: ya no éramos exactamente la misma pareja que una semana antes.
Y, aunque todavía no sabíamos hasta dónde íbamos a llegar, los dos habíamos dejado de pretender que no queríamos averiguarlo.