Capítulo 5
Hugo
Los días siguientes fueron extraños.
No malos. Solo… distintos. Como si el aire de la casa hubiera cambiado de densidad.
Alexandra no me miraba con rechazo ni con lástima.
Me miraba con una atención nueva, más aguda, como si estuviera reevaluando cada gesto mío.
A veces la sorprendía observándome mientras yo preparaba el café o me abrochaba la camisa para ir al hospital.
No decía nada. Solo sostenía la mirada un segundo más de lo habitual y después sonreía con esa media sonrisa suya que siempre me había desarmado.
Yo, por mi parte, me sentía expuesto. El secreto ya no estaba solo dentro de mi cabeza. Ahora vivía entre nosotros, invisible pero presente, como un tercer cuerpo en la habitación.
La primera noche después de la confesión dormimos abrazados, pero sin cruzar esa línea. La segunda noche, en cambio, ella se acercó a mí en la oscuridad.
Sus labios buscaron los míos con una lentitud deliberada. No había prisa. Había intención. Cuando su mano bajó por mi abdomen y me encontró ya duro, soltó una risa suave contra mi boca.
—¿Estás pensando en ello ahora mismo? —susurró.
El corazón me dio un vuelco.
—Sí —admití, porque mentirle en ese momento habría sido absurdo.
Ella no se apartó. Al contrario: se subió a horcajadas sobre mí, todavía con la camiseta del pijama, y frotó su calor contra mi erección a través de la tela. Sus ojos brillaban en la penumbra.
—Dime qué ves —pidió en voz baja.
Tragué saliva. Nunca habíamos hablado así mientras nos tocábamos. Nunca había puesto palabras a la fantasía delante de ella.
—Te veo… —empecé, y la voz me salió ronca—. Te veo dejándote besar el cuello por alguien más. Sus manos en tu cintura. Tú arqueándote hacia él. Y yo… estoy ahí. Mirándote. Deseándote más precisamente porque otro hombre te está tocando.
Alexandra cerró los ojos un instante y exhaló un temblor. Sentí cómo se humedecía contra mí. Su reacción fue tan inmediata, tan honesta, que casi me hace correrme solo con eso.
—Sigue —murmuró.
La ayudé a quitarse la camiseta. Mis manos subieron por sus costados hasta sus pechos y los acaricié con la lentitud que a ella le gustaba. Ella se movía sobre mí con un ritmo cada vez menos controlado.
—Te imagino gimiendo de una forma que yo no había escuchado nunca —continué—. Más libre. Más entregada. Y cuando me miras… me miras como si quisieras que yo viera todo. Como si mi excitación formara parte de la tuya.
—Joder, Hugo…
Su voz se quebró. Se levantó un segundo, se quitó la ropa interior y bajó sobre mí despacio, tomándome dentro de ella con un suspiro largo. Estaba más caliente y más húmeda de lo habitual. El contraste entre lo conocido de su cuerpo y lo nuevo de la conversación me dejó sin aire.
Empezamos a movernos juntos. Yo la sujetaba por las caderas, pero dejaba que ella marcara el ritmo. Cada vez que bajaba, yo le decía una frase más. Nada gráfico ni sucio en exceso. Solo imágenes. Sensaciones. La idea de ella siendo deseada por otro y de mí amándola precisamente en ese momento.
Alexandra se corrió antes que yo, con un gemido ahogado contra mi cuello y las uñas clavadas en mis hombros. El modo en que se contrajo a mi alrededor me arrastró detrás de ella segundos después. Fue intenso, casi doloroso de lo fuerte que fue.
Después nos quedamos quietos, todavía unidos, respirando agitados. Ella tenía la frente apoyada en mi clavícula. Yo le acariciaba la espalda con dedos torpes.
Durante un rato ninguno habló.
Al final, ella levantó la cabeza y me miró. Tenía las mejillas sonrojadas y los ojos oscuros.
—Eso… fue diferente —dijo.
—¿Bueno diferente o malo diferente?
—Bueno. Muy bueno. —Se mordió el labio inferior—. Y un poco aterrador también.
Asentí. Sabía exactamente a qué se refería.
—No tenemos que hacer nada con esto —le recordé en voz baja—. Hablarlo ya es mucho. No hay ninguna obligación de ir más allá.
Ella asintió, pero no apartó la mirada.
—Lo sé. Pero ya no puedo fingir que la idea no me afecta. Porque me afecta. Me calienta. Y también me hace preguntas sobre mí misma que no me había hecho nunca.
Me incorporé un poco, todavía dentro de ella, y le aparté un mechón de pelo de la cara.
—¿Qué tipo de preguntas?
—Si alguna vez he deseado ser mirada de esa forma. Si el hecho de que tú lo desees me da permiso para explorarlo… o si simplemente me está despertando algo que ya estaba ahí.
El pecho se me apretó. No de celos. De algo más complejo: orgullo, miedo, amor y una excitación residual que aún no se había apagado del todo.
—Sea lo que sea lo que descubras —le dije—, quiero estar ahí para escucharlo. Aunque duela. Aunque me asuste.
Alexandra sonrió, pequeña y sincera, y me besó con una ternura que contrastaba con la intensidad de lo que acabábamos de hacer.
—Eres un hombre imposible, ¿lo sabías?
—Lo sé.
Nos separamos con cuidado y nos acomodamos de lado, frente a frente. Ella entrelazó sus dedos con los míos sobre la almohada.
Esa noche dormí mejor que en semanas. El secreto ya no era solo mío. Ahora era nuestro. Y aunque todavía no sabíamos qué íbamos a hacer con él, por primera vez sentí que no estaba solo cargando el peso.
Antes de quedarme dormido, pensé en la forma en que ella se había movido sobre mí mientras le describía la fantasía. En cómo su cuerpo había respondido sin mentiras.
Y supe, con una claridad tranquila y aterradora a la vez, que ya no había vuelta atrás a la versión anterior de nosotros.