El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Alexandra

El silencio que siguió a sus palabras fue denso, casi físico.

Hugo me miraba como si esperara que me levantara de golpe, que le gritara o que me apartara de él con asco.

Tenía la mandíbula apretada y los ojos demasiado abiertos, vulnerables de una forma que rara vez le había visto.

Su mano seguía sobre mi pierna, inmóvil ahora, como si temiera que cualquier movimiento rompiera el momento.

Yo no me aparté.

Intenté ordenar lo que acababa de oír.

Él me imaginaba con otro hombre.

No como un miedo, sino como un deseo.

Y ese deseo lo excitaba… y después lo destrozaba de culpa.

Una parte de mí se sintió golpeada. No por rechazo, sino por la sorpresa.

Llevábamos años construyendo una intimidad que creía conocer al dedillo.

Sabía cómo le gustaba que lo tocara, qué frases lo desarmaban, cuándo necesitaba silencio y cuándo necesitaba que lo empujara.

Y sin embargo, esto se me había escapado por completo.

Otra parte de mí —más quieta, más profunda— empezó a removerse.

—¿Me estás diciendo —hablé despacio, midiendo cada palabra— que cuando estamos juntos… a veces piensas en eso?

Asintió. Un movimiento corto, tenso.

—No siempre. Pero sí. Más de lo que me gustaría admitir.

Me incorporé un poco en el sofá, sin separar del todo las piernas de las suyas. Necesitaba verle la cara completa.

—¿Y cómo es? —pregunté—. La fantasía. ¿Qué ves exactamente?

Hugo parpadeó, sorprendido de que no hubiera cambiado de tema ni lo hubiera cortado. Tragó saliva.

—Te veo… dejándote llevar. Con alguien que no soy yo.

Alguien que te mira como si no pudiera creerse que estás ahí.

Te imagino respondiendo de una forma más libre, más intensa.

Y yo… estoy presente. A veces mirando. A veces solo sabiendo que está pasando.

Y en lugar de destruirme, me enciende. Después viene la culpa. Siempre viene la culpa.

Su voz se quebró un poco en la última frase.

Me quedé callada varios segundos, procesando.

La imagen que él describía se instaló en mi cabeza con una claridad inesperada.

No era abstracta. Podía sentirla. El calor de una mirada ajena.

La novedad. El riesgo controlado. Y, sobre todo, la idea de que Hugo estuviera ahí, deseándome precisamente mientras otro hombre me tocaba.

Una corriente lenta me recorrió el vientre.

La reconocí. Era excitación. Disfrazada de sorpresa, pero excitación al fin.

—Hugo… —dije con suavidad—. ¿Tú crees que yo no te deseo lo suficiente?

Él negó con la cabeza de inmediato.

—No. No es eso. Eres la mujer más deseable que he conocido. El problema soy yo. A veces siento que el ritmo del hospital, el cansancio, la rutina… me están dejando atrás. Y en lugar de pedirte más, mi cabeza ha empezado a imaginar formas de darte más. Aunque eso me haga sentir como un traidor.

Me inclinó hacia él y le tomé la cara entre las manos. Sus mejillas estaban calientes.

—No eres un traidor por pensar. Eres mi marido. Y me estás contando algo que te da miedo. Eso no es traición. Es confianza.

Sus ojos se humedecieron un instante. Apartó la mirada, avergonzado, pero no se separó de mis manos.

—Tenía miedo de que pensaras que no te amo lo suficiente —admitió—. O que quiero que te vayas con otro. No es eso. Te quiero aquí. Contigo. Pero la idea de verte… disfrutando de esa forma… me vuelve loco. Y me avergüenza.

Respiré hondo. El corazón me latía más rápido de lo normal.

—Necesito tiempo para pensar —le dije con honestidad—. No porque me repugne. Sino porque es grande. Y porque una parte de mí… —dudé un segundo— una parte de mí no está tan asustada como debería estar.

Hugo levantó la vista de golpe. En sus ojos había una mezcla de alivio y un nuevo miedo, más afilado.

—¿Qué quieres decir?

—Que la idea no me deja fría —confesé—. Me sorprende. Me incomoda un poco. Pero también… me calienta. Y eso me confunde.

El aire entre nosotros cambió. Se volvió más denso, más cargado. Su mano, que había permanecido quieta sobre mi pierna, se tensó ligeramente.

—Alexandra…

—No estoy diciendo que sí —aclaré rápido—. Ni que no. Estoy diciendo que te he oído. Y que no te estoy rechazando. Necesito procesarlo. Necesito saber qué siento yo realmente, no solo qué sientes tú.

Él asintió, lento. La tensión en sus hombros bajó un poco, aunque no desapareció del todo.

—Está bien. Todo el tiempo que necesites.

Me acerqué y apoyé la frente contra la suya. Cerré los ojos. Su respiración se mezcló con la mía.

—Solo una cosa —susurré—. No cargues esto solo otra vez. Si la fantasía vuelve, si la culpa vuelve… háblame. Aunque sea a medias. Aunque no sepas cómo decirlo. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondió, la voz ronca.

Nos quedamos así un rato largo, frente a frente, respirando el mismo aire. Yo sentía el latido acelerado de mi propio corazón y el de él, tan cerca. La conversación había abierto una puerta. No sabía todavía qué había al otro lado, pero ya no podíamos pretender que la puerta no existía.

Cuando por fin nos levantamos para ir a dormir, Hugo me tomó de la mano en el pasillo y me apretó los dedos con fuerza, como si necesitara recordarse que yo seguía eligiendo quedarme.

Esa noche nos acostamos abrazados, desnudos bajo la sábana, pero sin llegar a hacer el amor. No hacía falta. El cuerpo de él estaba tenso contra el mío, y el mío respondía con una inquietud nueva, un hormigueo bajo la piel que no venía solo del deseo habitual.

Antes de quedarme dormida, una imagen fugaz cruzó mi mente: yo, en una cama que no era la nuestra, con manos distintas recorriéndome la espalda… y Hugo mirándome desde algún lugar cercano, con los ojos oscuros de deseo.

Me estremecí.

No aparté la imagen de inmediato.

Y eso, más que cualquier otra cosa, me dijo que algo dentro de mí también había empezado a cambiar.