El Despertar de Alexandra (El despertar de mi esposa nº 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Hugo

El día se me hizo eterno.

En el hospital todo era ruido controlado: monitores, pasos rápidos, el olor a desinfectante y café quemado.

Operé dos intervenciones programadas y asistí en una tercera de urgencia.

Mis manos no temblaron. Nunca lo hacen cuando tengo un bisturí entre los dedos.

Pero cada vez que había un segundo de silencio entre una sutura y la siguiente, la imagen volvía.

Alexandra.

La noche anterior.

Su cuerpo dormido contra el mío.

Y esa otra escena que no conseguía expulsar: ella arqueándose bajo manos que no eran las mías.

Terminé el turno más tarde de lo previsto.

En el vestuario me cambié con movimientos mecánicos.

Varios compañeros hablaron de un partido, de un nuevo protocolo, de vacaciones.

Yo asentía y sonreía en los momentos correctos, pero mi cabeza estaba en otra parte.

En ella. En lo que casi le dije esa mañana y no me atreví a terminar.

Cuando llegué a casa eran casi las nueve. La luz del salón estaba encendida. Oí su voz desde la cocina, hablando por teléfono con tono profesional. Debía de ser un cliente o un compañero del bufete. Me quité la chaqueta, dejé la maleta y esperé en el umbral hasta que colgó.

Al girarse y verme, su expresión se suavizó de inmediato.

—Llegas tarde otra vez.

—Urgencia de última hora. —Me acerqué y le besé la sien—. ¿Todo bien?

—Sí. Solo un contrato que se está complicando más de la cuenta.

Me rodeó la cintura con los brazos y apoyó la frente en mi pecho un momento.

El gesto era tan natural, tan nuestro, que el nudo en mi estómago se apretó todavía más.

Olió a su perfume y a la comida que había estado preparando.

Sentí el calor de su cuerpo a través de la ropa y tuve que cerrar los ojos un segundo para no delatarme.

—Has estado raro desde anoche —dijo en voz baja, sin acusarme, solo constándolo.

—Lo sé.

No negué. Ya no tenía sentido.

Ella levantó la cara y me miró a los ojos. Había paciencia en su mirada, pero también una determinación tranquila. Alexandra no empujaba cuando alguien se cerraba… hasta que decidía que ya era suficiente.

—Cuando quieras hablar, estoy aquí —repitió, igual que por la mañana—. No se va a romper nada por lo que me digas.

Quise creerle. De verdad que lo quise.

Cenamos en la mesa de la cocina, frente a frente. Hablamos de su caso, de un residente nuevo que estaba dando problemas, de si debíamos cambiar las cortinas del dormitorio. Conversación normal. Doméstica. Segura. Y debajo de cada frase yo sentía el peso de lo que no estaba diciendo.

Después ella se levantó a recoger. Yo la observé moverse por la cocina con esa elegancia natural que siempre había tenido.

La forma en que se recogía el pelo cuando tenía calor.

El arco de su cuello. La curva de su cintura bajo la blusa.

Todo en ella me resultaba dolorosamente deseable…

y al mismo tiempo insuficiente. No porque ella no lo fuera, sino porque mi mente ya había abierto una puerta que no sabía cómo volver a cerrar.

Cuando terminamos, nos sentamos en el sofá. Ella apoyó las piernas sobre las mías, como siempre. Yo le acaricié la pantorrilla distraídamente mientras mirábamos algo en la televisión que ninguno de los dos estaba prestando atención real.

De pronto ella apagó la pantalla con el mando y se giró hacia mí.

—Hugo.

—Dime.

—Ya no es solo cansancio. Lo veo en cómo me miras. En cómo me tocas. Hay algo que estás cargando solo y me está empezando a doler no saber qué es.

El pecho se me cerró. Tragué saliva.

Podía seguir callando. Podía inventar una excusa sobre el estrés del hospital, sobre el miedo a cometer un error en quirófano, sobre cualquier cosa que sonara razonable.

Ella se lo creería… durante un tiempo. Pero yo ya no aguantaba la distancia que estaba creando entre nosotros precisamente por intentar protegerla.

Inspiré hondo.

—Tengo miedo de que me mires diferente si te lo digo.

Ella no apartó la vista.

—Prueba.

El silencio se estiró. Mis pulgares seguían dibujando círculos lentos en su pierna, como si el contacto físico pudiera anclarme.

—Hay… una fantasía —empecé, y la palabra me sonó ridícula y peligrosa al mismo tiempo—. Algo que pienso desde hace meses. Cuando estamos juntos. Cuando te miro dormir. Cuando estoy solo en el hospital a las tres de la mañana.

Alexandra no dijo nada. Solo esperó, con esa calma atenta que usaba en los interrogatorios difíciles, solo que ahora dirigida a mí con todo el amor del mundo.

—Te imagino con otro hombre —solté por fin, y el corazón me latía tan fuerte que casi no oía mi propia voz—.

No de forma abstracta. Te imagino siendo tocada por él.

Deseada. Disfrutando de una forma que a veces siento que yo ya no consigo provocarte del todo.

Y lo peor no es que lo imagine… es que me excita.

Me excita mucho. Y después me siento como el peor marido del mundo por pensarlo.

Me quedé callado, esperando el golpe. La decepción. El asco. Cualquier cosa.

Alexandra parpadeó una sola vez. Su expresión no se cerró. No se apartó. Solo respiró despacio, como si estuviera acomodando la información dentro de ella.

—¿Desde hace meses? —preguntó con suavidad.

Asentí.

—¿Y nunca se lo habías dicho a nadie?

—A nadie. Hasta ahora.

Ella bajó la mirada un instante hacia mis manos, que seguían sobre su pierna, y después volvió a mis ojos. Había sorpresa, sí. Pero no rechazo. Había algo más complejo: curiosidad, una chispa de comprensión… y un calor que no supe interpretar del todo.

—Gracias por decírmelo —susurró.

Tres palabras. Y sin embargo me dejaron sin aire.

No me dijo que estaba bien. No me dijo que estaba mal. Solo agradeció la verdad. Y en ese momento supe que acababa de cruzar una línea de la que ya no había retorno fácil.

La noche seguía delante de nosotros, larga y cargada de todo lo que todavía no habíamos dicho.