Capítulo 2
Alexandra
Me desperté antes que él.
La luz de la mañana entraba suave por las cortinas entreabiertas y dibujaba una línea dorada sobre la sábana.
Hugo dormía de lado, de cara a mí, con una mano todavía apoyada en mi cintura, como si incluso dormido necesitara comprobar que seguía ahí.
Tenía ojeras profundas. El turno de la noche anterior se le notaba en cada línea del rostro.
Me quedé mirándolo un rato.
Había algo distinto en él desde hacía semanas.
No era distancia exacta. Era una intensidad extraña, como si estuviera conteniendo algo detrás de los ojos.
La noche anterior, cuando me hizo el amor, lo sentí más presente y a la vez más ausente.
Me tocó con esa ternura habitual, pero había una urgencia debajo, una especie de hambre que no acababa de entender.
Y después, cuando ya me estaba quedando dormida sobre su pecho, noté que su respiración no se calmaba. Se quedó despierto. Lo supe.
Deslicé los dedos por su brazo, despacio. La piel se le erizó. Abrió los ojos casi de inmediato.
—Buenos días —murmuré.
Él parpadeó, enfocándome, y sonrió con esa media sonrisa cansada que siempre me derretía un poco.
—Buenos días, abogada.
Me acerqué y le besé la comisura de los labios. Él correspondió, pero el beso fue breve. Demasiado breve. Cuando me separé, sus ojos se quedaron en los míos un segundo de más, como si estuviera a punto de decir algo y se arrepintiera en el último instante.
—¿Dormiste mal? —pregunté.
—Más o menos. Tú sí. Roncas un poco cuando estás agotada.
—Mentiroso.
Sonrió de verdad esta vez y me atrajo hacia él. Me acurruqué contra su pecho y escuché los latidos de su corazón. Rápidos. Demasiado rápidos para alguien que acababa de despertar.
Había una tensión en su cuerpo que no lograba disimular del todo.
—Hugo…
—Mm.
—¿Pasa algo?
El silencio se alargó dos segundos de más.
—No —dijo al fin—. Solo cansancio. El quirófano de anoche fue largo.
Le creí a medias. Llevaba años leyéndolo. Sabía cuándo mentía por protección y cuándo mentía por miedo. Esta vez era la segunda.
No insistí. Aún no.
Desayunamos juntos en la cocina, como casi siempre que ambos tenían la mañana libre.
Él preparó el café. Yo corté fruta. La domesticidad nos quedaba bien; siempre nos había quedado bien.
Pero esa mañana el aire entre nosotros pesaba de una forma nueva.
Cada vez que nuestras manos se rozaban al pasar el azúcar o la leche, sentía que él se tensaba un instante, como si el contacto le quemara y al mismo tiempo lo necesitara.
Me miró varias veces cuando creía que yo no me daba cuenta. Era la misma mirada de la noche anterior: deseo mezclado con algo que se parecía peligrosamente a la culpa.
Me pregunté qué podía estar ocurriendo en su cabeza.
Hugo no era un hombre de secretos grandes. Era leal hasta la médula, metódico, de esos que prefieren cargar con el peso ellos solos antes que preocupar a nadie. Si había algo que le estaba comiendo por dentro, lo más probable era que tuviera miedo de hacerme daño solo con nombrarlo.
Después del desayuno me duché. Cuando salí del baño envuelta en la toalla, él estaba sentado al borde de la cama, ya vestido con el pantalón del pijama, mirando el suelo.
Levantó la vista al oírme y su expresión cambió.
Los ojos se le oscurecieron de una forma que me conocía bien: deseo puro.
Pero debajo había esa otra capa otra vez. Esa sombra.
Me quedé quieta frente a él.
—¿Me vas a decir qué te pasa o tengo que sacártelo a base de preguntas?
Él pasó una mano por la cara, suspiró y negó con la cabeza, pero no con mucha convicción.
—No es nada malo.
—Eso suena exactamente a “es algo malo”.
Se levantó y se acercó. Me rodeó la cintura por encima de la toalla y apoyó la frente contra la mía. Su aliento olía a café y a él.
—Te quiero —dijo en voz baja—. Más de lo que a veces sé expresar.
—Eso ya lo sé. No responde a mi pregunta.
Sus pulgares dibujaron círculos lentos en mi piel, justo encima de la toalla. Sentí el calor de sus manos y el temblor casi imperceptible que las recorría.
—Hay cosas que a veces pienso… —empezó, y se detuvo.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué tipo de cosas?
Él cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había una vulnerabilidad tan cruda en ellos que me apretó el pecho.
—Cosas que me dan miedo admitir siquiera delante de ti.
Me quedé en silencio. Esperé. No empujé. Solo dejé que el momento se estirara entre nosotros, denso y frágil.
Al final, Hugo negó con la cabeza, como si todavía no estuviera listo.
—No hoy —susurró—. Pronto. Te lo prometo.
Le besé los labios, despacio, con toda la suavidad de la que fui capaz.
—Cuando quieras —le dije—. Estoy aquí.
Él me abrazó con fuerza, casi con desesperación, y escondió el rostro en mi cuello. Sentí su respiración irregular contra mi piel.
No sabía qué estaba conteniendo.
Pero por primera vez en mucho tiempo tuve la certeza de que, sea lo que fuese, iba a cambiar algo entre nosotros.
Y, extrañamente, la idea no me asustó tanto como debería.